Columna del sacerdote Hugo Tagle: "Invictus"

Por Padre Hugo Tagle / Capellán UC

“Agradezco a cualquier dios que pudiera existir por mi alma invencible. Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma”. Así dice el poema que acompañó a Nelson Mandela en sus 27 años de prisión en la Sudáfrica del apartheid, de la segregación racial, de la irracionalidad hecha gobierno y cultura. Hoy, ese texto simple recuerda la lucha de un hombre por lo más elemental y sagrado: la libertad y, de paso, nos enrostra los errores y horrores en que puede caer la frágil conciencia humana; capaz de lo más sublime, pero también de lo peor ¿Cómo se puedo tolerar algo así a fines del siglo XX? Hoy nos resulta absurdo, primitivo, salvaje. Fueron necesarios esos 27 años de cárcel para que cayéramos en la cuenta que, así, nunca más.

Mandela no era un santo. El mismo lo aclaró muchas veces. “No olvides nunca que un santo es un pecador que persevera” decía. Y seguro lo decía por él mismo.

Despedimos a un grande de la Historia. Entre sus lecciones de humanidad, destaco la más significativa. Al salir de la cárcel, cuando muchos apostaban por la violencia, buscó la reconciliación en un país dividido, lo que se coronaría en la célebre final del campeonato mundial de rugby en 1995. Demostró que un gesto de perdón puede más que mil discursos. Invitó a construir la paz desde el perdón. Lo que vivió Sudáfrica a partir de su liberación y a través de sus reiterados gestos de paz está lejos de ser obvio. Es producto de un alma grande, que supo mirar por sobre los odios, los intereses personales, sus miserias y errores. El arzobispo Desmond Tutu, gran figura de la lucha contra la segregación racial y también Nobel de la Paz, lo calificó de “icono mundial de la reconciliación”.

No se convive como enemigos. El encuentro lleva a la paz. “Si quieres hacer las paces con tu enemigo, tienes que trabajar con él, entonces se vuelve tu compañero”, es una de sus célebres frases.

Mandela nos enseñó que la libertad va unida a las posibilidades del hombre de desarrollar esa virtud: “La libertad es inútil si la gente no puede llenar de comida sus estómagos, si no puede tener refugio, si el analfabetismo y las enfermedades siguen persiguiéndoles”. “Yo no nací con hambre de ser libre, yo nací libre, libre en cualquier sentido que yo pueda entender”.

Dios le regaló a Mandela la gracia de prepararse con tiempo para su muerte. “Cuando un hombre ha hecho lo que él considera como su deber para con su pueblo y su país, puede descansar en paz. Creo que he hecho ese esfuerzo”. Nelson Mandela le deja la vara alta a la humanidad. Nos ayudó a ser algo más humanos, más fraternos, más justos.

Contenido Patrocinado
Loading...
Revisa el siguiente artículo