Felipe Vergara: Abramos el clóset

Por Felipe Vergara @felipevergaram

Ha vuelto a aparecer en la agenda político-noticiosa el tan comentado proyecto de Ley de Acuerdo de Vida en Pareja. Fue un tema ampliamente discutido durante la campaña presidencial de Sebastián Piñera, con promesas de por medio, y que sigue entrampado entre visiones divergentes que trascienden a los credos y partidos políticos. La presidenta electa, Michelle Bachelet, también ha plasmado su visión sobre el tema, dejando clara su postura de abrirse a dicha realidad.

Pese a las largas discusiones valóricas sobre el tema, aún no logro dilucidar cuál es el problema de fondo para asumir la homosexualidad como un hecho real y no casi como un mito urbano que deambula por las calles. Es sorprendente ver como algunos políticos rasgan vestiduras sobre la imposibilidad de aceptar las uniones entre parejas del mismo sexo, por encontrarlas antinatura o amenazantes del núcleo familiar. Muchos de esos políticos conservadores han sido cercanos a los sacerdotes envueltos en hechos aberrantes de abuso sexual, dejando de manifiesto esta contradicción vital entre el ser y el parecer.

Las sociedades que aceptan hoy los matrimonios gay, no han visto mermada su vida de familia, sino que simplemente han ampliado el concepto de ésta más allá de las fronteras en que la sociedad nos ha encasillado por años.
La esencia de una comunidad que evoluciona, está dada por la capacidad para ser tolerantes, abiertos y diversos. Tolerantes para aceptar la homosexualidad, como los homosexuales aceptan la heterosexualidad; abiertos para ver en el otro todas sus potencialidades, competencias y virtudes independiente de su raza, color o sexualidad; y diversos para complementarnos con los rasgos y espiritualidades que me aporta aquel que no vive, no actúa, ni piensa como yo. Todo eso hace que una sociedad sea más rica, más potente y más global; y en un mundo como el actual quienes logran insertarse en la globalización avanzar rápidamente al desarrollo, y no sólo aquel desarrollo económico -que muchas veces más potencia la desigualdad que el crecimiento equitativo-, sino que aquel en que el país avanza en el respeto de las libertades individuales, la apertura a nuevas miradas y el desarrollo sustentable.

Siendo así, no veo cual es el pavor que produce la palabra gay. A uno le puede producir pavor un nazi o los caníbales, pero ¿un gay? No sabría por qué. Entonces cual es el problema de darle los derechos que los demás chilenos tenemos. Si quieren establecerse como parejas, compartir sus bienes y proyectarse bajo una unión legal hasta casarse, no puedo más que felicitarlos y desearles lo mejor. Hoy en Chile se divorcian más matrimonios de los que se casan, entonces ¿por qué no dar la opción a parejas del mismo sexo a transformase legalmente en familia?

La sociedad está cada vez está más abierta y receptiva a la diversidad, cada vez vemos con mejores ojos la capacidad y las virtudes de quienes no piensan como uno y lo digo en el espectro más amplio de la palabra, entonces porque no abrir la ventana a nuevas formas de expresión y cariño.
En Chile ya hace un buen tiempo que respetamos los derechos del otro, hace ya años que pensar distinto no es una amenaza. Si ya nos aceptamos en nuestra diversidad ideológica. ¿No es tiempo entonces para aceptarnos en nuestra diversidad afectiva? Se luchó tanto por el respeto de los derechos humanos, pues hay uno que es clave y que no podemos olvidar “Toda persona tiene los mismos derechos y libertades, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición”.
 

En este caso, la verdad absoluta es objetivamente tan relativa como para asegurar que la mía es la única verdad, entonces para qué enfrascarse en imponer mis convicciones como la única realidad existente. Ya lo hemos vivido en el pasado, no caigamos en la incapacidad de diálogos unidireccionales que generan quiebres comunicacionales y por ende sociales. La inclusión de credos diversos, de afinidades políticas, culturales y deportivas, y de las más variadas formas de expresión afectiva, son cimientos en los que se sostiene una sociedad que avanza y crece con fortaleza y humanidad.
 

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