Cristóbal Bellolio y la polémica de Eyzaguirre: "Acorralar la cultura del pituto es uno de los desafíos como país"

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“Yo fui a un colegio cuico. Fue al Verbo Divino, y les puedo decir que muchos alumnos de mi clase eran completamente idiotas; hoy día son gerentes de empresa. Lógico, si tenían redes. En esta sociedad no hay meritocracia de ninguna especie”, Estas palabras lapidarias causaron revuelo primero en las redes sociales y luego en una carta enviada por el abogado e integrtante de Red Liberal, Cristóbal Bellolio, en una carta enviada a El Mercurio. El académico de la Universodad Adolfo Ibáñez, y ex alumno del Verbo Divino explica su posición: defiende, con matices, la tesis del ex ministro de Hacienda.

¿Cómo describirías la manera en que se cultivan las redes sociales en un colegio de “elite” en Chile. La gente que no pertenece a estas capas y logra matricularse en ellos ¿recibe igual hostigamiento? ¿Qué es lo que en verdad “une” a la elite que luego ocupará los puestos de poder?

En los colegios como en todas las organizaciones, se forman redes sociales y se cultivan contactos. Lo que pasa es que las organizaciones que están en la cúspide la pirámide social tienen a ser herméticas porque el poder es un recurso escaso y compartirlo es mal negocio. Los colegios de la elite reproducen a la elite. Y son pocos colegios porque ese proceso de reproducción debe ser acotado. En Chile ése es un fenómeno bastante natural, aunque no tengo muy claro qué los une salvo ciertas tradiciones y costumbres de clase que son bastante identificables. Sobre si los advenedizos sufren hostigamiento me imagino que habrá casos a favor y en contra de esa hipótesis. Debe ser más fácil para quien tuvo a sus padres y a sus hermanos en el mismo lugar, sin duda. Ese niño o adolescente se siente más dueño de su entorno. Pero para quien no lo es, a veces los eventuales malos ratos se rentabilizan…

Me temo que incluso la discriminación parte desde las clases más medias o bajas: un chileno tiende a confiar más en un edwards que en un gonzález, por ejemplo a la hora de ir al médico, depositar su dinero o elegir invitados para la televisión ¿por qué?

No lo sé realmente. Mi doctor es González y no lo cambio por nada. Creo que hay ciertos ámbitos donde la clase social es más determinante que en otros. Tengo la impresión –respaldada por mi limitada experiencia- que el campo del Derecho y las Ciencias Sociales es levemente más clasista que el ámbito de las ciencias duras o exactas. Por eso no creo que la gente mire el apellido a la hora de confiar en un doctor, pero quizás sí a la hora de contratar un abogado para un vinoso bufete. Entre los estudiantes de posgrado en el extranjero me he dado cuenta que los humanistas –especialmente los que viene a estudiar asuntos relativos a la política- parecen conocerse entre todos, pero los genios que hacen ciencia y matemáticas provienen de otro grupo social. Quizás esto no tenga nada de raro: la elite sabe desde cuáles posiciones se sigue ejerciendo el poder. Discrepo eso sí con lo de los invitados a la televisión: como decía ME-O hace unos años, la farándula me parece, comparativamente hablando, un espacio bastante más meritocrático que otros. Ahí la competencia es más dura. Ya no hay que haber estado en el Villa María para ser Miss Chile, según me han contado.

Usando el lenguaje de Eyzaguirre ¿hay “idiotas” gerenteando empresas grandes? Si así fuera generaría efectos prácticos en el desarrollo de estas empresas y también para la economía. Puedo pensar entonces que el “clasismo” también tiene consecuencias macroeconómicas….

Mi problema para responder esa pregunta es que no conozco personalmente a los gerentes de las empresas chilenas, básicamente por una cuestión generacional. Los coetáneos de Eyzaguirre son quienes están en esa posición. Los míos están empezando o en la mitad. Cuando tenga la edad de Eyzaguirre te podré contestar con mayor autoridad. En cualquier caso, habría que precisar a qué se refiere el ex ministro con “idiota”. Teóricamente un idiota puede ser un tipo culturalmente atrofiado pero muy hábil en los negocios. O quizás Eyzaguirre era macho-alfa en su curso y siempre pensó que los idiotas eran sus compañeros más quedados, los pernos, los nerds del curso. Bueno, si uno de esos idiotas resulta ser Bill Gates, bienvenida sea esa idiotez. Y bueno, finalmente está siempre el caso de idiotas que dejaron de serlo cuando salieron de la burbuja y trataron de comprender las complejidades del mundo. La pregunta relevante es otra: cuantas personas talentosas quedaron en el camino porque fueron desplazados por personas con menos capacidad pero mejores contactos. Ahí está el nudo gordiano de la meritocracia: la tentación de elegir a quienes en el papel tienen menos mérito pero mayor afinidad social con nosotros. Nadie está libre de ese pecado, desde el parlamentario que contrata a sus familiares hasta el que discrimina por la foto del currículum. Acorralar –digo acorralar porque de vencer ni hablar- la cultura del pituto es uno de los desafíos que tenemos como país.

¿No es acaso natural que las personas se inclinen por lo que conocen? Por ejemplo a la hora de escoger entre dos personas con las misma referencia para optar a un trabajo? ¿En qué minuto el detalle del colegio o la procedencia se torna algo perverso?

También me parece natural. Las redes sociales no son exclusivas de la elite. Todos tenemos redes. Lo complejo es cuando los guettos que forman esas redes se vuelven exclusivos e impermeables. Eso se llama segregación y sus consecuencias indeseables están ampliamente documentadas. Elegir un colegio con redes sociales para tu hijo o hija no tiene nada de perverso tampoco. Los padres quieren lo mejor para sus hijos y algunos estarían dispuestos a darlo todo por hacerles la vida más fácil. Por cierto, algunos padres eligen colegio pensando en su supuesta calidad académica o en su enseñanza religiosa, pero sin decirlo, en el fondo quieren comprarle una red social en la cual sus niños se codeen “con la gente adecuada”. Tengo amigos que predican una devoción católica asombrosa en las cartas de postulación de sus hijos cuando en realidad les importa un comino la religión. Lo hacen porque quieren lo mejor para sus hijos y la manera de transmitir esa herencia es asegurándoles una posición de partida aventajada. Ese patrón de comportamiento no sólo se da en los particular-pagados, sino también en los particular-subvencionados. Me atrevería a decir que ese combustible aspiracional es parte estructural de una economía de mercado. Tiene efectos positivos –superación y ambición personal- y otros negativos –sobrevaloración de lo material, arribismo, etc.

¿Tienes recuerdos o referencias de que en el Verbo Divino haya habido gente que tenía plena conciencia de la plataforma social y política que significaba el colegio? ¿Lo decían los profesores?

Algo, pero nada explícito. Recuerdo un viejo profesor de matemáticas que gustaba hacernos ver que su infancia había sido infinitamente más dura que la nuestra. Decía que se iba al colegio a pata pelada con los arcos de fútbol al hombro. Que nosotros en cambio lo teníamos todo y éramos unos flojos. Para nosotros en ésa época era un resentido. Pero tenía absolutamente toda la razón el hombre. Es bien difícil comprender que uno vive en una burbuja hasta que sale –parcialmente- de ella. El 80% de nuestros apoderados votó por el “Sí”. A la gran mayoría le gustaba la Católica. El compañero que vivía más “abajo” vivía en Providencia (no podía entender esa canción de Los Miserables que decía que los artistas querían vivir ahí). También apuesto lo que sea a que la gran mayoría egresó en estado de inmaculada virginidad. Bueno, ha pasado agua bajo el puente.

Hay un discurso inclusivo incluso entre la gente más “liberal” o “progresista” pero en la práctica la gente siempre termina juntándose entre ellos. ¿Tienes alguna idea de política pública que ayude a la integración o hay alguna medida en Londres que te llame la atención en ese sentido?

La pertenencia a un grupo social determinado no es ningún pecado. Uno no elige donde nacer, por tanto sería algo absurdo avergonzarse de eso. Yo conservo a mis amigos del colegio, les profeso un amor infinito y no juzgo sus credenciales intelectuales. Así también uno va reclutando nuevos amigos y amigas dependiendo de cuán abierta sea la actitud de vida de cada uno. La apertura al cambio es prototípicamente liberal, por cierto. Lo que yo sostuve en mi carta a propósito de Eyzaguirre es que quienes tuvimos la monumental suerte de comenzar en una posición de partida aventajada debemos partir por reconocer que el mérito ocupa un espacio menor en la posición que actualmente ostentamos. Que lo que hicimos fue apenas aprovechar con más o menos responsabilidad la suerte que tuvimos y dejar de repetir la falacia que todo lo que tenemos lo debemos a nuestro esfuerzo. Las posiciones de partida son determinantes y en eso mencionar al colegio sirve apenas como simplificación para comprimir varias cosas: cómo habla, por quién vota, a qué misa va, en qué U estudió, donde veranea, etcétera. En eso haría una variación a la observación de Eyzaguirre: el punto no es cuantos idiotas llegan a gerente. De hecho deben ser muy pocos. Los idiotas siempre se caen en alguna parte del camino. Lo interesante sería saber cuántos porros rematados que estudiaron en colegios de elite y provienen de familias acomodadas cayeron en calidad de vida hasta poblar los quintiles más pobres de Chile. Mi intuición es que deben ser contados con los dedos de una mano. Ahí el discurso de la libre competencia y la movilidad social del liberalismo se extravía en los hechos. También se extravía cuando nos negamos a abordar seriamente la posibilidad de revertir los problemas de segregación urbana que tenemos: ciudades segregadas son el mejor caldo de cultivo para guetos culturales. En eso por lo menos Londres es un buen ejemplo: viviendas sociales están bien hechas y se reparten proporcionalmente a lo largo de la ciudad.

Creo que los esfuerzos de cualquier proyecto que se identifique a sí mismo con las banderas del liberalismo o el progresismo debieran estar orientados a atenuar las contingencias arbitrarias del nacimiento de una persona. Es decir, que importe menos dónde nació y en qué colegio estudio a la hora de asignar las recompensas sociales. Por eso me parece que lo correcto –al menos desde una perspectiva liberal- es asignar prioridad política a inyectar recursos en el nivel prescolar y escolar. En más de 500 establecimientos en Chile no ingresó ningún alumno a la universidad, según leí. En el Verbo Divino los alumnos de cuarto medio no se preguntan si acaso les dará el puntaje para estudiar o si mejor trabajan para ayudar a su familia el año entrante. La pregunta es dónde van a estudiar. Esa es una diferencia mucho más odiosa que los calificativos poco generosos de Eyzaguirre.

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