Columna de Copano: "Pensar en Wikileaks"

Por Nicolás Copano

A propósito de la película “El quinto poder” sobre la historia de Julian Assange, no deja de ser interesante analizar el caso Wikileaks.

En 2006, el australiano Julian Assange, programador y activista, funda el sitio web Wikileaks, que causaría polémica en 2010 por la divulgación de documentos secretos relacionados con la guerra de Irak y cables diplomáticos de EE.UU. Ya en 2008 Assange enfrentaría cargos de parte del banco suizo Julius Baer al cual acusó de ayudar a sus clientes a lavar dinero.

Todo esto puede ser mirado sin requerir el análisis de la compleja trama política que implica. Bastará con darse cuenta de la relevancia que Julian Assange consigue tener con el sólo hecho de haber construido una plataforma de acción informativa independiente capaz de obtener filtraciones de información desde los grandes poderes. Assange creó un método para convertirse en vehículo de esas filtraciones, una institución llamada Wikileaks capaz de articular una red de informantes que ha llegado más allá del millón de personas y que permite ser un contrapoder a los poderes institucionales democráticos o autoritarios y a las empresas y autoridades religiosas.

Wikileaks es un “nuevo medio” que no necesita de los viejos medios para validarse; lo que muchos que iban con la etiqueta de “nuevo” buscaron por largo tiempo, como Vice Magazine, la revista transgresora por definición nacida en internet, que a primera de cambio firmó un acuerdo con CNN y tuvo un show en HBO. El proyecto de Assange es una aventura autónoma imposible de comprender para quienes han sido criados en las lógicas neoliberales donde todo se reduce al debate de “con cuánto te quedaste en el bolsillo”.

Los fundadores de la organización son descritos por ellos mismos como intelectuales provenientes de China y académicos de diversos lugares del mundo. Pero Assange, redactor jefe de la red, se ha convertido en el rostro emblemático y ha sido acusado de liderar el organismo. Aunque en sentido estricto desconocemos su forma de operar, Assange y Wikileaks revelan la capacidad de un medio de aprovechar los intersticios del poder y jugar con su propia fuerza para cuestionarlo. Instalan formas de contrahegemonía y dan un nuevo énfasis a la capacidad de las denuncias en una era digital.

Wikileaks no puede ser censurado: su lógica es cruzar cada límite complicando a los gobiernos. Y no tiene trabas evidentes como sí lo tiene por ejemplo un ejercicio periodístico televisivo donde anunciantes, productores y directivos tendrían voz sobre determinado reportaje. Finalmente, Wikileaks parece ser que no tiene más intereses que la verdad tal como está se define en el diccionario: un juicio o proposición que no se puede negar racionalmente. Y no hay nada más incómodo en las fantasías estructurales que la racionalidad.

La censura y los ataques cibernéticos no han cesado en su guerra contra Wikileaks, pero el proyecto ya es un medio enorme, que opera además con información de gran importancia para la política internacional. Desde hace años está disponible online (se puede bajar desde Google) un archivo encriptado desde el que Assange declara contener información relevante y que, de ser necesario, Wikileaks liberará la clave para que sea visible por todos los miles de internautas que lo han descargado. Es el archivo insurance.aes256. Assange ha sabido gestionar el poder de la información con la capacidad de enfrentar a grandes poderes institucionales y empresariales. Hoy está asilado políticamente y aunque ello es síntoma de estar acorralado, no es menos cierto que su relevancia está intacta. 

El juego es como el de la Guerra Fría y los botones rojos: si le pasa algo a Assange, explota todo con un archivo que contiene información que podría complicar al mundo. Mejor por mientras es dejar que él lo haga estallar, desde su ego, de a partes. Nunca olvidemos que es un ícono de la generación internet.

Las opniones expresadas aquí no son responsabilidad de Publimetro

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