Los peruanos en Chile no temen represalias tras fallo de La Haya

Santiago. “Ni para bien, ni mal” estiman les afectará la resolución que la Corte Internacional de Justicia (CIJ) dará a conocer el lunes.

Por Eduardo Rosel
Suspiro limeño

En Chile hay 80 mil peruanos radicados, pero se elevan a 157 mil o más con las personas en tránsito.  Muchos ingresan con salvoconducto por pocos días y se quedan hasta conseguir trabajo. Después se autodenuncian, pagan la multa y presentan el contrato. 

El ingreso masivo comenzó a fines de los 90, la mayoría son mujeres que se desempeñan como empleadas domésticas, los hombres como obreros de la construcción, y en labores culinarias tras el boom de la gastronomía limeña.

De los dos restaurantes peruanos que había a fin de siglo, hoy ya son 264, además la colonia del Rímac impulsa el  club Incas del Sur para participar en el fútbol profesional.

“Pisco sour gratis para todos los clientes el lunes 27, cualquiera sea el resultado del fallo”, anuncia Mario Haro, peruano afincando hace tres décadas en Chile y dueño del restaurante Chan Chan (San Diego con Eleuterio Ramírez).

Haro no teme represalias si el fallo fuese adverso a nuestro país y considera el litigio “absurdo y ajeno”, pues no afectaría al pueblo chileno ni peruano: “En alta mar operan los buques factoría de las transnacionales y no los pescadores artesanales”. Por ello, independiente del resultado, cree que debemos “brindar por el fin de un capítulo triste y demasiado largo de nuestra historia de países hermanos”.

De acuerdo se manifiesta Manuel Hidalgo, 36 años en Chile y presidente de la Asociación de Inmigrantes por la Integración Latinoamericana y del Caribe (Apila). “Es el punto final de un conflicto fratricida en que sólo ganó la oligarquía chilena y el capital foráneo” y agrega que si Chile debe ceder mar, “los únicos perjudicados serán los empresarios  favorecidos con la Ley de Pesca que impulsó (Pablo) Longueira”.

En 2008 Perú demandó a Chile en la CIJ para fijar un límite marítimo que, según sus  argumentos, no estaría establecido por los acuerdos de pesca vigentes. De acogerse esa tesis, 35 mil km2 de territorio bajo soberanía chilena pasarían a ser del país vecino. Los más afectados serían los pescadores artesanales de Arica, que verían restringida el área donde conseguir recursos.

Mi vida seguirá igual 

“¿Show, amigo?”, dice un tipo en el caracol de Bandera con Catedral y extiende una tarjeta. Es el único chileno del lugar y su labor, el último resabio prostibulario de la rizada galería comercial. 

Los que pululan por el recinto son peruanos, colombianos, ecuatorianos y haitianos que, parloteando en buen castellano, ingresan y salen de los 110 locales -otrora topless o boutique- reconvertidos en centros de llamados o minúsculos restaurantes con menú gourmet por módicos precios.

“Cebiche de dos pescados; seco de cordero por $1.700”, oferta el peruano Juan González, y sin dejar de acarrear clientes a su local, dice que “mi vida no cambiará, gane quien gane” y asegura que en 9 años en Chile -“con momentos buenos y malos”- no ha sido discriminado. 

No teme perder clientes. La mayoría son compatriotas que deambulan por el sector norponiente de la Catedral. Ese lugar, donde concluía el camino del Inca y en que está la efigie de Santa Rosa de Lima, es el punto de inicio de la aventura chilena para los hijos del Rímac. 

Allí, a la sombra del templo, un grupo de migrantes aguarda que busquen mano de obra barata. Guardan silencio ante las preguntas y huyen ante las fotografías. Son los que están aún indocumentados y no quieren ser deportados. 

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