Columna de Nicolás Copano: "En lo que fallamos"

“En pleno siglo XXI, con un mundo interconectado y cada vez más abierto hacia la tolerancia, no debemos dejarnos llevar por el sensacionalismo y el patriotismo más básico, irresponsable y brutal. Tal vez es hora de aprender algo de este fallo y dejar de lado las divisiones mentales que han privado a los pueblos sudamericanos de alcanzar su desarrollo”

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Este lunes se conoció el fallo de la Corte Internacional de Justicia de La Haya en que se resolvería la controversia limítrofe referida a la división del territorio marítimo entre Chile y Perú.


En ambos países, la gente se preparó para ver el fallo por televisión como si se tratara de un espectáculo deportivo. El periodismo se disfrazó de videojuego y las notas de los diarios online eran un compilado de memes.

Y es que decenas de millones de chilenos y peruanos realmente creían que era muy importante lo que estaba en juego.

Y en realidad, no lo era tanto: los pescadores artesanales seguirán en lo mismo, usted probablemente nunca pondrá los pies en esas aguas delimitadas otra vez y la vida seguirá igual que siempre.

Pero el fallo fue aburrido e intrascendente. Durante más de dos horas un juez bastante poco agraciado (el 13 cambio una mañana a Tonka por Tokman) leyó un documento lleno de innecesarias complejidades técnicas que nada significaban para chilenos o peruanos.

Ante el desconocimiento de lo que ocurría, incluso un grupo de peruanos salió a celebrar lo que consideraron una victoria. 

Lo que se vio fue un partido de tenis donde todos creían tener la verdad y la verdad era que nadie entendía mucho. Chovinismo en estado puro.

Sólo después de las interpretaciones de los expertos, se entendió que el fallo había tenido un carácter salomónico sin auténticos vencedores ni perdedores.

Chile mantuvo sus 80 millas de mar territorial mientras el Perú obtuvo parte de sus pretensiones en lo que internacionalmente se conoce como “zona económica exclusiva”.

El impacto que este fallo tendrá en la vida cotidiana tanto de peruanos como chilenos es prácticamente nulo.

Pero eso no es lo que se ha escuchado en los últimos días. La prensa de ambos países, junto a personajes como Iván Moreira o Jorge Tarud, se encargaron de inflar la gravedad de la situación hasta niveles irrisorios.

Tarud ya colma los grados de irresponsabilidad hace bastante tiempo y a Moreira era cosa de verle la cara de desinterés absoluto en lo que sucedía ahí, más bien por espectáculo.


Periódicos como La Razón y Elmen daban por hecho la inminencia de una guerra con Chile, mientras los medios chilenos especulaban sobre acuartelamientos y supuestos ejercicios de carácter bélico.

Pero lo peor de todo estuvo en la reacción de algunos chovinistas y autodeclarados “neonazis” que protagonizaron episodios de xenofobia y patriotismo mal entendido. Una gran estupidez.

En Chile existe una numerosa comunidad peruana, así como también hay muchos compatriotas que viven en Perú.

Las relaciones comerciales y sociales entre ambos países se remontan a los tiempos de la colonia y no van a desaparecer de la noche a la mañana. Los gritos y pataletas de nacionalistas y políticos, así como las publicaciones irresponsables de algunos medios de prensa no hacen más que sacar a relucir lo peor de lo nuestro, que es considerar a nuestro pueblo hermano como una cosa “poca” frente a nosotros.

En pleno siglo XXI, con un mundo interconectado y cada vez más abierto hacia la tolerancia, no debemos dejarnos llevar por el sensacionalismo y el patriotismo más básico, irresponsable y brutal.

Tal vez es hora de aprender algo de este fallo y dejar de lado las divisiones mentales que han privado a los pueblos sudamericanos de alcanzar su desarrollo.

Es hora de mirar al futuro y dejar de ser los mejores alumnos para ser los mejores compañeros del barrio. ¿No creen?
 
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