Jean Masoliver: Educación para la civilidad,virtudes y deberes

Por Jean Masoliver

El personalismo en la política, el desorden de los encapuchados, la desafección con la política y lo político, el asambleísmo y la falta de liderazgos responsables. Todos son fenómenos cuya solución —si los consideramos negativos, por supuesto— comienza en una palabra que pocos pronunciamos, pero que debe ser valorada en tiempos en los cuales sufrimos su falta: virtud.

Ya antes se había expresado una opinión sobre la necesidad de educación cívica para evitar lo que su autor llama  “el declive del ciudadano”. En esa columna, Jorge Gómez Arismendi cree que el ciudadano está dejándose llevar por el voluntarismo propio de la ética de la convicción y no asume las obligaciones cívicas propias de la ética de la responsabilidad. En este sentido, la educación cívica sería el mecanismo para fortalecer lo político mediante la promoción de la reflexión y el debate.

Mi punto de vista desea expresar un aspecto que va más allá. Los ciudadanos no deben ser capacitados meramente en lo cívico —lo que implica participar de los asuntos públicos— sino además deben obtener una preparación para la vida en comunidad. Alguien podría decirme que una afirmación como la que acabo de expresar es iliberal. Quien diga eso se equivoca.

El liberalismo cree firmemente en que la libertad del individuo es un fin en sí mismo. ¿Alguien podría decirme que uno vive más libre en la medida que no haya conflictos con el entorno? Hoy, se ha puesto excesivo énfasis en los derechos, dejando de lado las virtudes, las que tienen que ver con los deberes de los ciudadanos en su proceso de autocultivación y autodeterminación. Y en esto, es preciso que haya un cambio de mentalidad. La educación cívica no es suficiente. Es necesario una educación para la civilidad.

Educación para la civilidad implica la idea de una cultura de deberes para con el resto y de virtudes en la propia vida —esto es, en términos aristotélicos, la racionalización de lo irracional en el alma—. Eso sí, deberes mínimos. Por ejemplo, botar la basura en el basurero, dar el asiento al adulto mayor en el metro, respetar la propiedad privada, etc. La educación para la civilidad, en los términos que lo planteo, debe ser un contenido que se entregue a partir de los primeros años de escolaridad. Y aquí también hay un asunto que se aleja de lo importante de la discusión.

Cuando hoy se habla de educación cívica, se hace pensando en los estudiantes de educación media, aquellos que marchan, puesto que son ellos los “inmediatos próximos ciudadanos”. Ellos ya han aprehendido el lenguaje de “derechos sin responsabilidades”, ejemplo que denota la falta de virtud aristotélica. Prueba de ello es lo que hemos visto respecto de su forma de negociar con el poder político. Para ellos vivir en comunidad es que se les entregue aquello que piden sin ningún tipo de reclamo, porque bastaría con que ellos lo hallaran provisto de justicia en su propia argumentación. La verdad es que para ellos es necesaria la educación cívica como un elemento de “simulacro procedimental” de la democracia (votar su centro de estudiantes o discutir su proyecto educativo, por ejemplo), lo cual está bien. Pero con la educación para la civilidad se está hablando de la entrega de una moralidad cívica basada en el uso responsable de la propia libertad. Esto sólo puede ser enseñado desde la tierna infancia, puesto que implica relaciones de afecto y respeto que solamente tienen asidero cuando todavía no se han suscitado odios y rechazos para con el contexto que los rodea.

Por supuesto que esto no significa una cultura del conformismo. Los cambios son mejor hechos en ambientes donde se comprende el contexto de las coyunturas, y por lo mismo, el impacto de las reflexiones sobre lo que está mal en la sociedad y cómo cambiarlo es mayor y más armónico con el entorno.
 

La educación cívica es necesaria, sin duda, pero el proceso de resocialización política que algunos congresistas e incluso la presidenta electa quieren emprender en nuestro país debe ser acompañado por una reflexión sobre la importancia de las responsabilidades en la vida cotidiana para el ejercicio armónico de la libertad.

 

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