Columna de Nicolás Copano: Crecer

Por Nicolás Copano

Tú no te das cuenta lo que es crecer hasta que tu casa pasa a tener vida propia y eso pocas veces tiene que ver con uno. Mi novia vive conmigo desde hace dos semanas, y básicamente tengo algunas conclusiones que compartir con ustedes. Conclusiones que evidentemente vienen desde esa esquina de la felicidad y la sorpresa.

Paralelamente a su llegada, mis mejores amigos también sufren cambios: uno tuvo un hijo, otro decidió casarse, hubo quien decidió salir del clóset.

Veo por Facebook a muchas ex novias y chicas con que salí, hoy embarazadas, lo cual también tiene cierto rasgo perturbador.

Pero así es la vida Ya cada día más cerca de los 30 años comienza uno a tener preocupaciones distintas a las de siempre: de pronto el dinero destinado a la nueva consola de videojuegos debe ser derivada a la compra de un nuevo calefón. Calefón que, obviamente, jamás había fallado hasta que dejé de vivir solo.

Lo primero es que las mujeres tienen el extraño poder de transformar en un hogar una casa sin alma. Antes mi departamento era una suerte de apart hotel, sin ningún tipo de encanto. Hoy está lleno de colores, incluso hay una planta.

Hay una vida más allá de mi pareja, lo cual llama mi atención. A veces me dan ganas de regalarla. Es muy raro. Aún no hay perro, lo más parecido a un animal soy yo. Y he tenido que humanizarme: intentar dejar las toallas colgadas y no tirar la ropa en el suelo se han transformado en gestos que no puedo evitar cada noche. De pronto me da vergüenza ser tan desordenado.

Eso no había sucedido en mi vida. Creo que me estoy traicionando.

O tal vez estoy madurando. Quién sabe. Me gusta ir al supermercado. Hay veces en que me pierdo en los pasillos tardes enteras y hasta esas ofertas de última hora me emocionan. No había dormido tan plácidamente. Como que de repente ser un hombre de vida soltera es de un aburrimiento y un frío nocturno terrible. Se acabó la sensación de que iba a explotar una bomba atómica en mi cuarto o que iba a venir un sicario por mí.

Volví a casa otra vez.

Y no deja de ser alucinante ver cómo ella se toma las esquinas de mi casa, como una invasión que tengo que aceptar con alegría: la habitación que antes destinaba a las revistas y videojuegos hoy se transformó en un clóset gigante de ropa. Ahora hay cosas extrañísimas en mi casa, cremas que nunca había visto, vitaminas y colores. Yo siento una suerte de invasión extraterrestre. Pero no puedo negar mi felicidad.

Sería cínico pensar que antes todo era mejor y que extraño esas noches donde me podía quedar hasta tarde mirando Wikipedia o tomando jugo de naranja en caja escuchando música fuerte. Sería cínico creer que era todo más divertido cuando hablaba con amigos por horas en el celular.

En realidad, sería una estupidez pensar que mi vida anterior era mejor, hasta ahora, cuando mi novia llega a mí, me sonríe al llegar a casa destruido por las horas de trabajo y encuentro en ese acto, en esa recepción la respuesta ideal a todos los problemas en la vida, lo cual se concluye en un solo grito ensordecedor que me dan ganas de soltar: “¡qué importa!”.

No importa nada, sólo las ganas de seguir creciendo ahí, de volver un hogar lo que no era antes y de concretar la felicidad y el amor eterno en un camino bonito y perfecto, sin problemas.

Yo me demoré en tomarlo, y fue también lo correcto: lo disfruto más que nunca como una renovación del compromiso, del encanto de construir, de saber que ya no soy yo el que comparto techo con mis figuritas de Batman.

Soy un hombre contento y feliz, y aunque rompa las pelotas escribirlo, de quien siempre tiene una respuesta cínica o triste, la verdad es que es digno de escribirlo, para que ayude a quien se dé cuenta de que está perdiendo el tiempo jodiendo con una vida a dos casas, que es un lindo camino juntar los espacios y disfrutar el mundo. Que se oiga en todos lados.

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