Columna vertebral de Avello: "El Duelo"

Por Felipe Avello

Ayer vi el Festival de Viña. No lo había visto este año. Encendí el televisor justo cuando comenzó a actuar La Ley. No pasó más de un minuto para darme cuenta de lo que estaba sucediendo. Quedé perplejo. Beto Cuevas me estaba copiando. El look. Y la forma de vestir. Y la forma de bailar. Incluso la manera de dirigirse al público. Quedé atónito. No lo conozco personalmente y supongo que él tampoco a mí. Yo estaba con familiares y amigos. Todos coincidimos que la copia era descarada. La única diferencia es que él se mueve como afeminado y yo no, les dije a mis amigos, y me encontraron razón. 

Fui al baño a lavarme la cara. Cuando regresé, Beto Cuevas estaba bailando la canción “Aquí”. Igual como yo lo hago en fiestas o cuando salgo a discoteques. Los mismos pasos. La misma expresión en el rostro. Luego vino lo peor. Homenajeó a Gustavo Cerati. Tal como lo hago yo en mis eventos. Me derrumbé en el sillón. Lo peor es que nadie me va a creer, pensé. Van a pensar que el que copia soy yo. Me copia Queraltó, me copia Pablo Zúñiga, me copian los de “El Club de la Comedia”, hasta me copia Karol Dance. Y ahora esto. Basta. Me cansé.

Mis amigos aplaudieron. Mi esposa me dijo que tenía toda la razón y que no me dejara pisotear más. “No voy a aceptar que el señor Cuevas me copie de manera flagrante y a vista y paciencia de todo el país”, grité frente al televisor, henchido de rabia.

Con la plata que tiene, con todos los recursos a su disposición, ¿por qué no invierte en una imagen propia?, no tiene necesidad de estar copiando. “Fletoooo, fletooooo”, griteé con todas mis fuerzas. “Eres famoso, vives en México como rico, quédate en México si te gusta tanto, pero no vengas a molestar y a copiar a chilenos que no tenemos los auspicios ni gozamos de los privilegios que tienes tú”, vociferé frente a la pantalla. Mi esposa me abrazó emocionada.

Apenas terminó el show lo llamé para encararle su falta de imaginación. La verdad no lo llamé. Quise llamarlo, pero me acordé que no tengo su teléfono. Llamé a la oficina de producción del Festival, pero nadie me atendió (el número era de Santiago). Llamé a la municipalidad de Viña, pero tampoco nadie contestó. Debían estar todos en la Quinta. Nunca más hablé con la gente de Chilevisión, donde trabajé hasta el 2012, por lo que tampoco los iba a llamar ahora.  A eso de las 4 am una amiga que conocía a una productora de ViaX me consiguió el WhatsApp de Leandro Martínez. “Él es cantante y a lo mejor conoce a la gente del sello de La Ley, me dijo mi amiga”. 

“¿Qué tiene que ver Leandro Martínez en esto?”, le grité. Por las dudas lo llamé. Leandro tampoco respondió.

Fui a Viña. No tuve otra alternativa. Mis amigos ya se habían ido y mi señora se había quedado dormida a mi lado. A eso de las 5 salí en mi auto rumbo a Viña. Al hotel Sheraton. A 150 por hora. A donde se supone estaba alojado Cuevas. A enfrentarlo. Mientras manejaba pensaba en la cara de mi plagiador. Y en la navaja que tenía en la guantera. Y en su rostro perfecto. Y en lo que le diría cuando lo tuviese enfrente. Pensé en sus pantalones apretados. Y en sus formas. Ojalá yo me viera así. Ahora preferiré a Los Bunkers, aunque anden con el pelo pegoteado y la ropa como azumagada. Aceleré más.

En 50 minutos estaba frente al hotel. Con la navaja en mi bolsillo.

Una señora muy humilde que recogía cartones y hurgueteaba en la basura me vio y se acercó lentamente. “Señor, ¿me puede dar un autógrafo?”, me dijo, mientras estiraba un papel sucio hacia mí. “Usted se parece mucho a Beto Cuevas”, agregó, “pero, ¿sabe?, usted es mejor,  usted es sencillo y no creído”. 

Sonreí. Respiré aliviado. Le firmé el papel a la anciana. Y le enterré la navaja en el corazón. Me subí a mi auto y retorné a Santiago.

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