Columna de libros: “Los niños del agua” de Charles Kingsley

Los niños del agua es un libro complejo. Se trata de un cuento de hadas de 300 páginas –aunque mi edición es de formato pequeño- en que su autor penetra en los sinsabores de la era victoriana inglesa: desde la pobreza y el maltrato a los niños, la calidad de la educación, hasta la oposición a la teoría de la evolución de Darwin. A través de un relato fantástico que nos lleva por un mundo acuático lleno de criaturas increíbles, Kingsley critica el maltrato que sufrían los niños, especialmente los pobres, y además critica la oposición a la teoría darwinista, de hecho, lo que trata de hacer este autor, quien era un clérigo anglicano, es proponer que cristianismo y evolucionismo conviven perfectamente. El tono es de cuento de hadas. Tenemos al pequeño Tom, un niño que no recuerda haber estado limpio jamás en la vida, que es explotado y maltratado por el Sr. Grimes para quien trabaja limpiando chimeneas. Es horrible, pero realmente se usaba a niños pequeños para que entraran por las chimeneas a limpiarlas, así pasaban llenos de hollín y enfermos. Involucrado en una confusión, Tom corre por una propiedad en el campo en un escape que terminará con él en el agua. ¿Muere, se ha ahogado? El narrador obvia eso, solo sabemos que las hadas deciden recompensarlo por la dura vida que ha llevado, sin padres, sin amor, y lo convierten en un niño del agua. 

Hay algo de moraleja en esto, aunque el narrador diga que son provechosas las historias que carecen de moraleja: “De hecho ninguna parte de este libro tiene moraleja, porque es un cuento de hadas” (176). El narrador es divertido, irónico, se dirige a un público infantil sin menospreciarlo y lo motiva a creer que no hay límites y a no ponerle límites a la naturaleza tampoco: “No debes decir que esto no puede ser o que aquello es contrario a la Naturaleza. No sabes lo que es la Naturaleza ni de lo que es capaz. Nadie lo sabe […]” (75). Al respecto agrega más adelante: “¿Acaso hasta hace escasos veinticinco años no defendían los eruditos que los dragones voladores no existían? Pues bien, ahora sabemos que estaban equivocados, porque se han hallado cientos de restos de fósiles a lo largo y ancho del mundo. La gente los llama pterodáctilos, pero únicamente lo hacen porque, tras haber defendido su inexistencia durante tanto tiempo, se avergüenzan de denominarlos dragones voladores” (78). Kingsley, de hecho, critica la forma en que los adultos les hablan a los niños, incapaces de reconocer sus errores aunque hacerlo los haga caer en extremos ridículos. 

El libro fue publicado originalmente en 1863, por lo cual permite adentrarse en el pensamiento de la época. Inglaterra era entonces un imperio poderoso y hay algo de eso en ciertos enunciados del narrador. Pero también hay una mente crítica, capaz de polemizar en torno a la forma en que se trataba a los niños y también a la naturaleza –hay claramente un llamado de atención sobre el problema de la polución-, pero todo inserto en una fábula con seres fantásticos y aventuras extrañas, contadas con perspicacia. Es considerado el primer libro para niños de la época victoriana, un antecedente de la Alicia de Lewis Carroll y Peter Pan de J. M. Barrie, solo que desconocido por estas latitudes. La versión que leí viene con ilustraciones de Linley Sambourne, realizadas para la edición de 1885.

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Kingsley, Charles. Los niños del agua. Barcelona: Random House Mondadori, 2011.