Columna de libros: “Actos de caridad” de César Aira

Hay veces en que un libro llama la atención desde el mismo momento en que se lo toma, como objeto, en las manos. Eso sucede con la edición que Hueders realizó de Actos de caridad de César Aira, que es un libro pequeño, delicado, leve incluso –en el sentido de las dos primeras acepciones de la RAE, es decir, ligero y fino-, liviano, pero no sencillo, sino preciso, un placer de tomar y abrir, porque un libro impreso, bien impreso, es un placer de tomar, de llevar en la cartera y sacar por donde sea que una anda, que es como yo suelo leer. 

El contenido, es decir, el texto, está en concordancia con el objeto, puesto que se trata de un relato fino, elegante; tanto en su prosa como en la ironía que despliega. El narrador presenta la historia desde cierta distancia en el tono, aunque se mete en la mente del personaje, hay un cierto ojo clínico, pero tan sagaz que logra dotar a su narración de crítica y perspectiva. Así nos encontramos con la historia: un sacerdote llega a hacerse cargo de una parroquia ubicada en una zona muy pobre y se enfrenta de inmediato con el dilema de cómo ejercer la caridad. El narrador lo tiene claro: “tiene como primer deber aliviar la pobreza de su grey mediante actos de caridad” (9). Con esas palabras, el conflicto es expuesto de inmediato, ¿qué constituye un acto de caridad? Si ayuda al rebaño, el sacerdote se ganará el cielo. Pero, reflexiona, la pobreza no acaba porque un sacerdote realice obras de caridad y, además, ¿no cae en la soberbia el sacerdote que quiera ganarse el cielo ayudando a los pobres; no hay egoísmo ahí más que desinterés? Eso es lo que le quita el sueño de tal manera al sacerdote que decide, en vez de ayudar directamente a sus feligreses, concentrarse en construir una casa parroquial de ensueño: su acto de caridad será que su sucesor (quien ni siquiera ha nacido) no adolezca de nada y, liberado de lo material, pueda dedicarse a los pobres.

La casa de ensueño se transforma en una colosal/monstruosa obra arquitectónica, de pisos y subterráneos, de habitaciones inmensas y pequeños escondrijos, que el sacerdote monitorea como trabajo de tiempo completo. La descripción de cada esquina de la casa y de la decoración que van adquiriendo sus habitaciones comienza a desplegarse página por página, embarcando al lector también esta locura de convencerse a sí mismo de que no hay deseos personales en llevar a cabo una obra de semejante envergadura. 

El desparpajo del sacerdote imprime una especie de rabia en el lector, aunque la narración provoque risas, porque en la seriedad de su composición reside precisamente el tono divertido, aunque ácido del texto: “Él se sabe justificado en lo profundo de su conciencia, pero se pregunta si el mundo no podrá tacharlo de egoísta… ¡Egoísta, él! Que todo lo ha hecho por otro” (41). El texto es ácido no solo en términos de lo que puede ser una crítica a la iglesia y su acción social, sino a nuestros propios actos de caridad: cuántas veces una(o) se convence de que está actuando por el bien de los demás cuando hace algo que lo beneficia personalmente; de hecho, parece algo muy humano: buscar el bien personal diciéndonos que, en realidad, lo hacemos por el otro, un otro tan ambiguo que nunca podemos acceder a él. Diría, finalmente, que nada como la lectura de un pequeño libro capaz de remecer.

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Aira, César. Actos de caridad. Santiago: Hueders, 2014.