Columna vertebral de Felipe Avello: "Mi prima de Arica"

Por Felipe Avello

Nunca olvidaré ese horrible despertar, esa horrible mañana. La hija de la media hermana de mi papá se estaba quedando a dormir en mi casa hacía ya una semana. Venía de Arica y quería entrar a estudiar a la escuela de Gendarmería. Lo conversé con mi señora, y acordamos que sería bueno darle una mano con el alojamiento. Mi papá nunca ha tomado mucho en cuenta a su familia del norte, que es muy pobre, pero ahora que está más viejo, empezó a sentirse mal por eso, y quiere recuperar el tiempo perdido. “Ayúdala, es de la familia, no te cuesta nada”, me dijo desde Concepción. Y eso hice, y junto a mi esposa le preparamos la pieza que yo ocupo para trabajar en el computador. Yo la había visto sólo una vez, cuando tenía unos ocho años. Ahora tenía 22. Había crecido muy bien. Era morena, de labios gruesos, ojos almendrados y muy voluptuosa.

Pues bien, nuestra alojada se comportó muy bien los días que duró su estadía en Santiago. Mi mujer salía por las mañanas a trabajar, yo me quedaba en casa durmiendo hasta las 11 más o menos, mientras la invitada se quedaba en la pieza chica escuchando música, llenando los formularios de postulación de Gendarmería o comiendo. Nicol, así se llamaba, era muy buena para comer, sobre todo papas fritas, ramitas, maní, y buena para tomar bebidas de fantasía. 

Yo le comenté que tal vez sería aconsejable que comiera menos de eso y más frutas. Ella asintió, risueña, y dijo que me haría caso. Luego agregó: “Te haré caso en todo lo que me pidas, en todo…”. Yo lo tomé como un gesto de confianza. 

Pese a esa dieta, Nicol tenía, increíblemente, muy buen físico, destacándose sobre todo por sus piernas y trasero, el que yo califico, con la madurez que me van dando los años, como EXQUISITO.

Mi señora, en cambio, come sanamente, nada de carne, muchas verduras y ni por nada comida chatarra, tampoco toma bebidas azucaradas, eso está prohibido desde hace años en casa. Debo decir que mi mujer se mantiene muy bien, y eso que ya pasó los 40 años. 

El proceso de selección de Gendarmería es muy exhaustivo y estricto, yo no lo sabía, por lo que mi invitada debió quedarse unos días más de lo planeado. Eso no me importó, todo sea por ayudar a un familiar desvalido.

Esa mañana mi señora salió más temprano de lo habitual, y Nicol andaba haciendo trámites en el centro. Desperté y me levanté al baño. Allí comenzó el horror. Al mirar mis genitales grité de espanto. Mi miembro, sí, mi miembro, presentaba en su tonalidad, un color naranjo muy intenso, casi fluorescente.  Era horrible, los genitales parecían bañados por una pátina interestelar, galáctica. De inmediato pensé en algún fenómeno de tipo ovni, o en las abducciones de las que habla mi amigo Salfate en “Así somos”.

Pero, lo extraño era que me sentía bien, ni siquiera sentía dolor en la zona. Desesperado y aún asombrado, llamé rápidamente a un centro médico de primer nivel (tengo un muy buen plan de Isapre, afortunadamente).

Una hora después estaba en la consulta de un doctor, muy mayor, me sorprendió que un hombre de su edad todavía siguiera ejerciendo la medicina. Tras examinar mi partes varios minutos en silencio, muy serio, el veterano dijo: “Vístase, señor, no tiene de qué preocuparse, no tiene nada”.

“Pero, ¡cómo doctor!”, le inquirí, “¿cómo no voy a tener nada?, mire el color de mi miembro, esto no es normal, doctor”, dije, casi al borde de las lágrimas. 

“No tiene nada señor, no insista, no tiene ninguna enfermedad”. Mientras me subía el pantalón, confundido y lleno de interrogantes, escuché que el anciano murmuraba: “Está sano, sólo dígale a su amante, que no coma tantos doritos, ni tome tanta Fanta”.

Las opiniones expresadas aquí no son responsabilidad de publimetro

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