Columna de Copano: Yo también crecí en los 90

Por Nicolás Copano

Yo también crecí en los 90. Yo tuve los cassettes de “Cachureos” y pensaba que Marcelo era súper buena onda. Pero un día fui al programa y a los niños que lloraban los sacaban. Yo vi las “Tortugas Ninjas” en el 13, el “Club Disney” y los “Motorratones de Marte” en Chilevisión. Yo vi “Nubeluz” en la mañana y el “Papi Papi deja de fumar” cuando no era una apología a las drogas. Yo tuve el Nintendo y no tuve SuperNintendo, pero salté al 64. Vi He-Man, el Capitán Planeta y la Fuerza G. Vi los “Tiny Toons”, “Animaniacs” y “Pinky y Cerebro”. Yo vi harta tele.

Tambien tuve Pegalocos y tazos. Muchos tazos. Y junte desde el álbum de Garfield (el primero de mi vida) hasta el de “Rumbo a Francia 98”. Y también como rezaba el comercial: compro Yan Yan, Abro Yan Yan, Unto Yan Yan y como Yan Yan. Comí Gatolate y cubos de hielo, que eran colorante asqueroso metido en una bolsa con el logo de un niño. Como iba en la jornada de la tarde (lo cual puede ser considerado como potencialmente flojo) las 7 pm eran el mejor momento del día, cuando el kiosco estaba abierto y comprábamos las láminas que nos otorgaban la felicidad eterna: un sobre con sólo 5 imágenes que valía 100 pesos y pegábamos con stix fix al llegar a casa.

Siempre en casa tenía un queque o pan con palta para poder ver las teleseries de TVN, que eran súper buenas. Los que venían las telenovelas del 13 eran de derecha, pero sólo nos íbamos a dar cuenta años más tarde. 

En el Mega daban las marías: “la del barrio”, “Mercedes” y “Marimar.” Esas eran muy de colegio de niñas. En el mío mirábamos a los “Power Rangers”. Y siempre había un sicólogo dispuesto a criticar todo lo que nos gustaba diciendo de que “iba a generar violencia”. Igual que ahora. Igual que siempre.

Yo veía “24 horas” con Bernardo de la Maza y Cecilia Serrano que nos contaban las novedades de un país que peleaba “a la medida de lo posible” y todos eran compuestos. Antes de internet vi “Bakania”, donde mostraban dibujos animados y videojuegos. Era como un Google chico. Salía “Claudio PSX” que ya sabía todos los trucos del mundo. 

Yo salía andar en bicicleta por el barrio hasta las 10 de la noche en invierno y hasta las 12 en verano y creía que eso era muy tarde. Empezaba a las 6 a recorrer los mismos pasajes, hasta que un día arriesgué a explorar más allá y había otros mundos. 

Yo me acuerdo de los batidos del Burger Inn. Yo me acuerdo de que tuve la suerte de sentir pocas veces frío o sueño, y que los veranos eran veranos y los inviernos, inviernos. Yo me acuerdo de esos comerciales de Trencito donde había un bosque y un computador y viajaban al futuro. También de las revistas de Pato Lucas y Bugs Bunny. Incluso tuve de Disney, las de PatoAventuras. Y las de Mickey Mouse detective. 

Todas las veces en que tengo recuerdos de las navidades, pienso en que eran enormes y había regalos plásticos que ni abríamos. Vivimos el boom. Vivimos una promesa del futuro en diskettes. Vivimos Encarta 95, que era Wikipedia en un disco. 

Recuerdo cuando nos íbamos en el Lada con mis papas a pasear fuera de Santiago y los carteles luminosos del centro nos daban la señal de que íbamos llegando, mientras caía el atardecer en ese Broadway. Y las galletas con manjar. Y los panes con mayonesa y ketchup. Y todas esas cosas que uno hace de niño.

Frente a mi casa había escombros de construcción, y eran unas montañas donde nos subíamos a jugar. Y todo era imaginación. Y todo tenía sentido. Y podías viajar al espacio o ser agente secreto, sólo con decirlo y saltar de la bicicleta y jamás morir. 

Siempre había fantasmas. Siempre había casas abandonadas. Siempre había una amenaza.

Pero no había muerte, no había miedo, no había nada más que un mundo gigante. Todo hasta que un día se cayeron las torres y descubrimos el fin del mundo. 

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