Columna Fundación SOL: "Doble jornada y discriminación salarial contra la mujer trabajadora"

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Chile es uno de los países más atrasados de América Latina en cuanto a la incorporación de la mujer al mundo del trabajo. Y aunque esta tendencia ha ido cambiando lentamente desde la década de 1990, no se han logrado revertir las desiguales condiciones con que las mujeres trabajadoras deben lidiar día a día. El gobierno y la oposición celebran que un 58% de los 969.218 empleos creados en los últimos 4 años corresponda a mujeres, no obstante, omiten que un 80% del empleo femenino creado es de dudosa calidad (subcontrato, familiar no remunerado y cuenta propia).

Aunque parezca un chiste de mal gusto, una de las causas más profundas del problema es la creencia de que el lugar de la mujer es en la cocina. Esta idea apunta a una cuestión que los especialistas llaman “división sexual del trabajo”, algo así como una estructura de roles que define quién trabaja y quién no, qué tipos de trabajos pueden realizar hombres y mujeres, quién cuida a los hijos, etc. Así se explica la incomodidad de que la señora gane más que uno, lo llamativo que puede resultar un hombre estudiando educación de párvulos, la propuesta de cuotas para mujeres en el parlamento y un sin fin de situaciones que apuntan a la relación de hombres y mujeres con el trabajo.

Un primer dato a la causa tiene que ver con la “doble jornada” que deben asumir las mujeres que tienen un empleo: una jornada fuera de casa en el trabajo y otra jornada al regresar. El trabajo de mantención del hogar, preparación de alimentos, cuidado de personas y todo ese tipo de tareas se conoce como “trabajo no remunerado”. La forma más simple de explicar por qué las tareas del hogar se consideran un trabajo sin remuneración (sueldo) es que usted podría pagarle a otra persona para que lave, planche y tienda las camas. Si no lo hace, seguramente estas funciones recaerán sobre algún miembro del hogar.

En todo el mundo la mayor parte de la carga de trabajo no remunerado se la llevan las mujeres, incluso cuando trabajan tiempo completo fuera de su hogar. Lamentablemente Chile es uno de los tres países de América Latina (junto a Nicaragua y Paraguay) que no cuentan con la encuesta que permite hacer visible este aspecto de la división sexual del trabajo: La Encuesta de Uso del Tiempo (desestimada en 2013 por la administración de Coeymans en el INE).

Una experiencia piloto de Encuesta de Uso del Tiempo (EUT), realizada en la Región Metropolitana en 2009, indicó que un 77,3% de las mujeres realizaba alguna tarea del hogar. En el caso de los hombres esta cifra era de un 36,6%. Además, el estudio comparó la jornada de hombres y mujeres, determinando que las mujeres trabajaban en promedio 10,4 horas al día (2,9 de trabajo no remunerado y 7,5 de trabajo remunerado) y los hombres 8,8 horas (dedicando 0,8 al trabajo no remunerado). Con esta desigual carga de trabajo no extraña que las mujeres consuman 2,4 veces más psicotrópicos que los hombres (sobre todo ansiolíticos y antidepresivos), como indica un estudio de la ACHS publicado en marzo.

La gran disparidad de jornadas se debe a que en la división sexual del trabajo a la mujer se le achaca la obligación de cumplir con las tareas del hogar. Otra arista de esta asimetría es la gran cantidad de mujeres en empleos que se camuflan bajo la etiqueta de trabajo no remunerado y empleos domésticos. En la actualidad, aproximadamente un 96% de las “trabajadoras de casa particular” son mujeres y un 63% de los trabajos “Familiares No Remunerados” (trabajan gratis en el negocio de un familiar) son mujeres, de acuerdo a datos de la última versión de la Encuesta Nacional de Empleo. Además, cerca de 355.524 mujeres tienen un trabajo de jornada parcial a pesar de estar disponibles para trabajar más horas.

El segundo dato es la discriminación salarial. A pesar de tratarse de una ocupación principalmente femenina, el promedio de ingresos de las trabajadoras domésticas es de $151.271, mientras que el de los hombres en este tipo de empleos es de $179.654. Estas diferencias también se manifiestan a nivel general: en promedio los hombres proveedores principales (principal sustento del hogar) ganan $82.140 pesos más que las mujeres proveedoras principales, que tienen un sueldo promedio de $268.877.

La asimetría en la jornada de trabajo y la discriminación salarial hacia las mujeres son una expresión más de las desigualdades estructurales que alberga nuestra sociedad. Ante esto, grupos de mujeres se han organizado contra estas injusticias, un claro ejemplo es la demanda colectiva de 1,5 millones de trabajadoras a Walmart por discriminación salarial o la campaña mundial por la igualdad de remuneraciones de las docentes iniciada en 2007. Como pasa con otras desigualdades del mundo del trabajo, la respuesta está en la organización y acción colectiva de las propias mujeres.

 

 

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Benjamín Sáez

Sociólogo Fundación SOL

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