Columna de libros: “Cahili-Huta” de Diego Álamos

Lo primero que hay que decir sobre Cahili-Huta es que es una historia de fantasmas. Pero no lo que entenderíamos habitualmente como un relato de fantasmas o de espantos, que se hacen visibles, presentes en nuestro mundo para asustar, intervenir, causar pavor. Más bien sucede lo opuesto: el narrador –al que suponemos hombre de carne y hueso- husmea en el mundo de los fantasmas, una suerte de limbo ubicado entre Cahili y Huta. Lo que busca no es intervenir ni asustar en ese mundo sobrenatural, sino que se erige como el voyerista máximo, que no solo nos relata lo que ve, sino que profundiza –o al menos trata de hacerlo- en la física de ese mundo otro y, asumido narrador omnisciente, husmea también en la mente de estos fantasmas, tan etérea como su misma constitución, que a veces es cercana al humo y otras, a las sábanas.

Hay desazón en descubrir que los fantasmas siguen atados a estructuras de nuestro mundo, incluso más, tal vez por su condición gaseosa. Su limbo no es un páramo, por el contrario, es una ciudad con casas, tiendas y también zonas baldías, plazas y una estación de trenes. Los fantasmas insisten en ese mundo; en reconocer familias y relaciones; en solicitar documentos de identificación e iniciar procesos legales; al respecto se arma una analogía o metáfora con respecto a nuestra propia existencia: las cadenas que tradicionalmente se han vinculado a los fantasmas, nos recuerdan nuestras propias ataduras: ¿qué podemos hacer sin quedar registrados en alguna parte? Y a pesar de eso, ¿tratar de armar una vida, relaciones personales? Llega un punto en que nuestra vida no se diferencia mucho de la de los fantasmas, excepto cuando estos se levantan a tirar las sábanas de los durmientes.

Cahili-Huta nos presenta fantasmas con nombres. El narrador los espía y nos va contando lo que hacen, lo que esperan, lo que temen. Sobre eso, no profundizaré, es mejor que quede para la lectura del libro. Pero sí me gustaría agregar algunos aspectos sobre el estilo escritural. Aunque se trata de un narrador que accede a todos lados, no se trata de un narrador seguro de todo. El mundo de los fantasmas es un misterio y lo confunde; el narrador lo reconoce: “El humo se había densificado; los vapores, subidos a la cabeza, y las sábanas habían ido de un lado para otro. Por último, había una bruma tal imantándose en la película vidriosa de los ojos, tal que lo visible se hacía de dudosa catadura” (17). El narrador no entrega explicaciones, sino descripciones; muchas veces reconoce su confusión, sus inesperados cambios de opinión. Esto concuerda con la consistencia del mundo al que espía, que va y viene, así como se vuelve denso, también se desvanece; así es difícil tener certezas. Para esto, se opta por un texto fluido, con capítulos en general breves que sirven para marcar transiciones en la narración. Sí hay que realizar una lectura atenta, para ser capaces de atrapar ese humo que se escapa entre los dedos; es decir, ponerse en sintonía con una temática inesperada y abordada no solo en los acontecimientos, sino también en una forma de escritura que no busca fijar, simplemente relatar.

Más reseñas de libros en http://buenobonitoyletrado.com

Álamos, Diego. Cahili-Huta. Santiago: Chancacazo, 2014.