Columna de Raúl Sohr: "Gaza: un callejón sin salida"

Por Raúl Sohr / Analista Internacional
Al margen: Demolición

Los gobiernos siempre negarán que causen daño deliberado a la población. En la práctica en varios conflictos he apreciado, sin embargo, que hacen precisamente eso. Mortifican a los ciudadanos para que responsabilicen a los conductores del conflicto de sus sufrimientos y así estrechar su margen de maniobra.

La opinión pública, a fin de cuentas, es un anexo del campo de batalla.  Israel acaba de dejar a oscuras a la Franja con la destrucción de su única central de generación eléctrica.  

Ello me recordó lo ocurrido el 25 de julio de 1999 cuando fueron lanzadas bombas de grafito para oscurecer  buena parte de Serbia. El vocero de la OTAN, Jamie Shea, fue explícito sobre las intenciones occidentales: “Le estamos cortando el fluido eléctrico al ejército y eso también perjudica a la población. Milosevic sólo tiene que cumplir (con nuestras exigencias) si quiere que su pueblo vea los servicios restaurados”. 

En un conflicto asimétrico las estadísticas no dan luces sobre qué bando aventaja al otro. A tres semanas del inicio, por parte de Israel, de la operación “Margen Protector” los muertos palestinos superan los 1.300, los heridos los 7.200 y unas 215 mil personas han huido de sus hogares en busca de refugios. Los israelíes, por su parte, lamentan 59 muertes. Se podrá pensar que semejante castigo podría llevar a los 1,8 millones de gazatíes a rebelarse contra Hamas, la organización islámica que ejerce el poder en la Franja.   

La experiencia mundial enseña que los bombardeos indiscriminados contra población civil no socavan el apoyo al gobierno que enfrenta el ataque. Por el contrario,  incluso opositores tienden a cerrar filas contra los agresores. Así ocurrió en Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial y también en Alemania, donde ciudades enteras fueron sometidas a los llamados bombardeos “alfombras”. 

En Gaza la evidencia muestra que los padecimientos más que ablandar a sus residentes provocan su radicalización. Luego de siete años de  estricto bloqueo por parte de Israel, reforzado por Egipto desde la dictadura militar instaurada el año pasado, los gazatíes han sido ganados por el fatalismo. Una postura que en esa región del mundo es el caldo de cultivo perfecto para el islamismo yihadista. Mohammed Deif, el arquitecto y comandante del ala militar de Hamas, viene de hablar tras años de silencio: “Gracias a Alá (los soldados israelíes) son blancos de las armas y las emboscadas de nuestros combatientes yihadistas”. Su convicción de una victoria, basada en la fe antes que en los hechos, es absoluta: “La firme voluntad del pueblo palestino traerá la victoria al campo de batalla. El enemigo manda a sus soldados a un seguro holocausto”.  

Más allá de las proclamas destinadas a levantar el ánimo de sus combatientes, Deif evidencia su condición islamista. En este sentido son notables los éxitos militares de los correligionarios en Afganistán, Siria, Irak y ahora en Libia. El sueño de todo general es contar con huestes que no temen a la muerte. Como dice el refrán chino: “El que no teme ser cortado en mil pedazos no teme  desmontar al emperador”. Pero en Gaza se aprecia no sólo el coraje de quienes están dispuestos al martirio por sus creencias religiosas.  La ausencia de perspectivas, tras décadas de abandono y agresiones, crean una desesperanza que estalla en una violencia que linda en la autodestrucción.  Más bombas y sufrimientos no ganarán mentes ni corazones, sólo engrosarán las filas de quienes, como Hamas, ofrecen túneles para atacar al enemigo.

Las opiniones expresadas aquí no son responsabilidad de Publimetro

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