Columna de Voces Católicas: "No hay camino para la paz"

Por Nicolás Fuenzalida

A 100 años del inicio de la Primera Guerra Mundial, parece que poco hemos aprendido. Vemos noticias y testimonios desgarradores, ante un enfrentamiento que parece ganarle a toda posibilidad de conciliación. El histórico conflicto por la ocupación de la llamada “Tierra Santa” ha llegado a un punto álgido que no puede sernos ajeno. Pero, ¿dónde estamos nosotros ante este conflicto? ¿Existe alguna estrategia que nos permita pensar en una paz perpetua?

La evidencia empírica de la historia es evidente: a pesar de todo esfuerzo, no parece existir un método efectivo para la paz. Pero eso es precisamente porque la asumimos como una metodología instrumental, y esperamos que llegue como pasividad luego de que uno logre aplastar al otro de manera definitiva. Así, ante la ausencia de conciliación en un mundo donde prevalece el más fuerte, parecemos estar condenados a la sentencia del filósofo George Santayana: “sólo los muertos verán el fin de la guerra”.

Fue en su libro “La no violencia en la paz y la guerra” donde Mahatma Gandhi acuña la frase “no hay camino para la paz, la paz es el camino”. Si seguimos fielmente el espíritu de su propuesta y de su propia vida, la respuesta a la búsqueda de la paz parece radicar en que debemos entenderla no como un objetivo ante el cual podemos alinear todas nuestras decisiones, sino como un estado de vida. Una manera de con-vivir.  

Si nos permitimos pensar esta paz como un fin en sí mismo, podremos entender la propuesta de Gandhi no como un pesimismo iluso, sino como una invitación a vivir en coherencia con aquello que buscamos. Pero para llegar ahí debemos realmente luchar por lo que creemos. Creer en la vía pacífica no significa no luchar; la violencia debe indignarnos, debe activarnos y desde ahí motivarnos a buscar una hermandad verdadera, donde todos quepamos.

¿Qué tipo de conciliación queremos si no somos capaces de tener paz entre nosotros mismos? Hemos visto en los últimos días cómo por todos lados se escuchan opiniones y juicios respecto a lo que está pasando en la Franja de Gaza. Lo que pasa en el mundo debiera inspirarnos a actuar, pero nuestra indignación debiera ser coherente con lo que somos como individuos y sociedad. ¿Cómo podemos exigir paz para Gaza si aún como nación no hemos podido terminar -después de 500 años- las disputas con nuestros pueblos originarios, ni ponernos de acuerdo en temas que nos importan como el derecho a la vida o el financiamiento de la educación?

Al margen de levantar juicios, buscar argumentos o indagar en la historia para entender quién tiró la primera o la última piedra, la invitación es a que seamos nosotros la paz. Pero no una pasiva e insípida, sino una paz madura, encarnada, vivida, que nos lleve a una tolerancia radical por el otro. Cuando seamos capaces de vivir así con quien es diferente a mí, entonces quizás habrá esperanza en que podremos con-vivir de verdad.

No hay camino para la paz… debemos ser nosotros la paz que buscamos en los demás.

 

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