Columna de Magdalena Piñera: “Hasta que se nos caigan los brazos de cansancio”

Por Magdalena Piñera / profesora

Un día como ayer, pero hace 62 años, murió un luchador incansable de la justicia social y de la dignidad de las personas que más sufren en nuestro país, un hombre que ha inspirado a muchos y cuyo mensaje aún hoy, más de medio siglo después de su partida, sigue estando más vigente que nunca. El 18 de agosto de 1952 nos dejó el padre Alberto Hurtado. ¡Y bien vale recordarlo! Dada la importancia de su figura y su legado en Chile, en 1995 el Congreso instauró esta fecha como el Día de la Solidaridad. Y si bien practicar la solidaridad y “dar, siempre dar, hasta que se nos caigan los brazos de cansancio” es una responsabilidad individual que cada uno de nosotros puede practicar en su familia o dentro de su comunidad, en un país como Chile, con desafíos pendientes en materia de superación de la pobreza y la desigualdad, la solidaridad no es una opción sino una obligación esencial del Estado que le corresponde cumplir al Gobierno a través de sus políticas públicas.

Y justamente, una de las grandes políticas públicas impulsadas por el Gobierno de Chile ha sido la creación del Ministerio de Desarrollo Social en el año 2011, cuya tarea es evaluar y coordinar los más de 300 programas sociales del Estado, de manera de detectar los problemas y hacer las rectificaciones a tiempo, asegurando que los recursos lleguen efectivamente a quienes más los necesitan y no se queden entrampados en la burocracia ni sean dilapidados. Las oficinas de este ministerio que encarna la lucha del país contra la pobreza, se encuentra a pocos metros del despacho presidencial, es decir, en el corazón del Gobierno, en La Moneda, la casa de todos los chilenos. Por lo anterior, la formación de este ministerio mucho más que un gesto simbólico es un avance real para la justicia social. Estamos acostumbrados a escuchar la voz de quienes marchan por las calles, cosa que es parte -y buena parte- de una democracia más madura. Pero también hay que escuchar la voz de los sin voz, de los más vulnerables, de aquellos que no marchan. Las buenas políticas sociales son las que atienden las necesidades prioritarias de quienes más lo necesitan y no a los intereses de los grupos que más presionan al Estado. Ejemplos de las primeras son el Ingreso Ético Familiar (un compromiso entre las familias y el Estado, sin paternalismo y confiando en las capacidades y autonomía de las personas), el postnatal extendido, la sala cuna universal, la subvención escolar preferencial, el fono ayuda a mujeres embarazadas (que lamentablemente acaba de ser suspendido por el Sernam), entre tantas otras acciones que nos permiten decir con sano orgullo que Chile ha comenzado a estrechar su brecha de desigualdad y que está en buen camino para derrotar de una vez por todas y para siempre la pobreza. Pero para que este sueño se haga realidad no hay mejor política que la creación de buenos empleos, pues es la herramienta que beneficia más directamente a las familias, no sólo porque el trabajo es fuente de ingresos, sino también porque es fuente de dignidad, de confianza y estabilidad para las familias, pues permite que cada padre y madre pueda mirar con tranquilidad y de frente a sus hijos. Del millón de empleos creados en el gobierno anterior, la mayoría fue para trabajadores y hogares vulnerables. El padre Hurtado decía que “la dignidad del hombre es atacada cada vez que, sin que sea responsable, es reducido a la cesación del trabajo. La dignidad del hombre es atacada cada vez que tiene que vender su trabajo por un salario menor de lo justo”. Por eso, hoy vemos con preocupación la actual desaceleración de la economía que está atacando el nivel de ingresos y aumentando el desempleo en los hogares más vulnerables.

En un momento en que pareciera que el espíritu de la intransigencia y de las retroescavadoras empujan a nuestros políticos hacia un diálogo de sordos, la inmensa mayoría de los chilenos, tal como lo confirma la última encuesta CEP donde el 63% aprueba acuerdos entre las coaliciones políticas, queremos y creemos en el valor del diálogo, en la fecundidad de los acuerdos y por eso exigimos a nuestras autoridades recuperar el camino de la unidad para poder luchar contra las injusticias. Nadie puede ser indiferente ante el dolor que significa saber que en Chile más de 2 millones y medio de compatriotas aún sufren la pobreza. Por eso todos tenemos que inspirarnos en el ejemplo del padre Hurtado y “dar hasta que duela”, pero no lo que nos sobre o una limosna, sino trabajo y oportunidades reales para surgir y así construir entre todos no sólo un país más próspero, sino también un país más justo y solidario, un Chile tal como lo soñó este santo chileno y como también lo queremos muchos.

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