Columna de Astorga: "Por qué crecemos menos"

Por Juan Manuel astorga / conductor y editor de radio duna

La mañana de este viernes se conocerá una nueva cifra de desocupación. Y aún cuando el promedio estadístico de 6,5 por ciento que se registró en el trimestre móvil abril-junio es bajo, se estima un leve aumento. En parte, porque como suele ocurrir en los meses de invierno, el desempleo tiende a aumentar. Sin embargo se calcula que en esta oportunidad subirá también como consecuencia de la desaceleración de la economía. ¿Por qué Chile está creciendo menos? Esa pregunta no tiene una única respuesta y tanto políticos como economistas debaten sobre las razones. Unos culpan a la incertidumbre que han generado las múltiples reformas propuestas por el actual Gobierno. Otros, que la baja en el crecimiento es heredada de la administración anterior. ¿Quién tiene la razón? Veamos.

Basados en datos objetivos, la economía chilena viene experimentando esta menor velocidad de crecimiento desde julio del año pasado. Los críticos a la actual administración, dicen que la baja coincide con el mes escogido por la entonces candidata Michelle Bachelet para hacer sus anuncios de programa de Gobierno, que incluyen una reforma tributaria, otra al sistema educacional y una nueva Constitución, todos temas que generaron incertidumbre económica.

Sin embargo, para la Comisión económica para América Latina y el Caribe, Cepal, no hay evidencias de que la reforma fiscal esté impactando las inversiones y que es muy temprano para tener algo concreto. Por el contrario, según ese organismo, las reformas estructurales que se están llevando a cabo van a fortalecer el potencial de crecimiento de Chile y la productividad de su economía a mediano plazo.

De acuerdo a la propia comisión dependiente de la ONU, el descenso en el ritmo de crecimiento en Chile se debe a una caída en la inversión, proceso que partió en marzo del 2013. Según sus datos, ese dinamismo disminuyó por dos razones concretas: que se terminó el ciclo de inversiones en la minería y porque también se desvaneció el efecto reactivador del gasto público en la reconstrucción después del terremoto del 2010.

Respecto de lo primero, cabe decir que prácticamente todas las economías latinoamericanas que son dependientes de las materias primas -como lo es Chile en el caso del cobre- han tenido dificultades en el último año. Casi todas se han visto afectadas por la incertidumbre que genera el menor crecimiento de China y el retiro de los estímulos monetarios en Estados Unidos.

En el caso de China, el tema es especialmente sensible para nuestro país, puesto que la mitad de la demanda global del metal proviene del gigante asiático. Chile, que es una de las economías más abiertas al desarrollo de Latinoamérica, depende mucho del precio del cobre. Para hacernos una idea, de los casi 77 mil millones de dólares en productos que exportamos el año pasado, más de 40 mil millones correspondieron al metal rojo. La demanda china por cobre ha bajado porque ese país lo utiliza fundamentalmente en el sector de la construcción y su mercado de bienes raíces se ha desacelerado. Al vender menos cobre, la inversión en la minería en Chile se ve afectada. A esa realidad del país asiático, hay que sumarle factores internos que también contribuyeron al término de lo que se conoce como el ciclo de las inversiones mineras. Entre ellos se cuentan los elevados costos de la energía que se necesita para extraer y refinar el cobre, un encarecimiento de la mano de obra y la judicialización de proyectos mineros, lo que ha hecho que nuestro cobre sea especialmente caro de producir.

Cabe agregar que la realidad chilena está en línea con lo que ocurre en el resto de América Latina. Salvo Colombia y México, todo el resto de los países de la región crecerá menos este año de lo que lo hizo en 2013.

Ahora bien. Así como la evidencia demuestra que esta desaceleración tiene componentes concretos que permiten confirmar que se viene generando desde comienzos del año pasado, cabe decir también que sería miope y torpe desconocer que las reformas anunciadas por el actual Gobierno no han tenido un efecto en nuestra economía.

La Presidenta Michelle Bachelet, asumió el mando en marzo con una batería de exhaustivas reformas que han generado incertidumbre en el mundo empresarial, que considera que no es momento para implementar cambios tan profundos para favorecer iniciativas sociales, porque podrían afectar la inversión. Es verdad que para el sector privado nunca es el momento para hacer las trasformaciones. Cuando la cosa anda bien, es mejor no mover nada para no alterar el rumbo de la economía. Cuando anda mal, cualquier movimiento puede perjudicarnos en lugar de favorecernos.

Dicho la anterior, es cierto también que la multiplicidad de proyectos y especialmente la profundidad de ellos, provoca inquietud entre quienes deben tomar la decisiones de inversión. Actualmente hay una comisión que está revisando el actual modelo de pensiones, otra para abordar el del sistema privado de salud, una reforma que impediría el lucro en los colegios particulares-subvencionados, la promesa de una reforma laboral para fortalecer los sindicatos, un profundo cambio al sistema tributario que aumentará los impuestos a las empresas y, como si eso no fuera suficiente, el anticipo de que se debatirá una nueva Constitución para Chile. Creer que este cúmulo de iniciativas no produce vacilaciones e incertezas, sería absurdo. Es obvio que muchas decisiones de inversión se han postergado a la espera de las nuevas reglas del juego. De ahí, sin embargo, a considerar como responsable exclusivo al actual Gobierno, hay mucha distancia.

La desaceleración se percibe con fuerza en la economía en general. El peso se ha debilitado frente al dólar, moneda que escasea ante la falta de inversiones que no están llegando como antes a Chile. Ante una menor oferta, la divisa sube su precio. Esto impacta a los consumidores porque muchos de los bienes que compramos son importados. Esto explica, en parte, el porqué bajó la confianza del consumidor por primera vez en dos años y hace entendible la notoria baja en la venta, por ejemplo, de autos nuevos.

La Cepal estima que Chile crecerá este año un 3 por ciento, más de lo que calculan los economistas, que la ubican entre un 2 y un 2,5 por ciento, bien por debajo del 4,1 por ciento del 2013.

Más allá de las razones de la desaceleración, la pregunta que debiésemos hacernos es cómo reactivar el dinamismo. Ya hay algunas ideas en camino. Por lo pronto, el Banco Central ha reducido su tasa de interés de referencia para alentar la petición de créditos. El Gobierno ha ordenado también que se ejecute el 100 por ciento del presupuesto asignado para este año (casi nunca se ejecuta del todo por trabas burocráticas), y así estimular la economía a través de la inversión pública. 

Y como lo planteó esta semana el ministro de Hacienda, Alberto Arenas, la necesidad de fortalecer la alianza público-privada. Es decir, mejorar el entendimiento y el trabajo entre el Estado y los privados. A fin de cuentas, el país se construye entre todos.

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