Columna del sacerdote Hugo Tagle: "La alegría de la fe" 

Por HERNAN TAGLE-PUBLIMETRO

La Iglesia vivió una semana golpeada. Empezando con lo de la “denuncia-que-no-fue-denuncia-pero-que-pareció-denuncia” a tres sacerdotes – Mariano Puga, José Aldunate y Felipe Berríos -, hasta la sentencia en primera instancia contra el sacerdote John O’Reilly, declarando como cierto el delito de abuso contra una de las niñas implicadas.

En lo primero, me quedo con la declaración pública del padre Mariano Puga en que expresa su fidelidad al pastor de la arquidiócesis de Santiago, a la Iglesia toda y su comunión con el Papa Francisco, a quien cita y a quien siente un inspirador en su labor apostólica. Soy de la idea de que “conversando se entiende la gente”. Quien sea que presentó un reclamo contra los tres sacerdotes, pudo hablar con ellos o sus superiores primero. “Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos”, dice el evangelio de san Mateo. La corrección fraterna es un gran bien. Vale para todos y en todas partes, no sólo al interior de la Iglesia. Una buena lección de este impasse.

En relación a la sentencia contra el padre O´Reilly, aún hay algunas instancias judiciales. Así y todo, la justicia tuvo un primer pronunciamiento y, como él mismo lo dijo, hay que respetar el camino de la ley y atenerse a ella. Tiene el derecho de apelar y lo hará. Mi solidaridad con él y con las víctimas, dos niñas que han pasado un verdadero calvario que las acompañará toda la vida. La gran lección para la Iglesia en este segundo punto es a ser más atinados y prudentes, evitar situaciones que se presten para confusión o, simplemente, que den lugar para delitos.

Pero también hay de lo bueno. Mañana sábado 18 de octubre miles de jóvenes peregrinarán al Santuario de Auco, tumba de Santa Teresa de los Andes, demostrando así su fe, alegría y esperanza. En esos jóvenes vemos una fe viva, un testimonio de servicio y entrega a los demás. En ellos, vemos también cientos de proyectos de ayuda, solidaridad y servicio desinteresado. Jóvenes que dedican tiempo a voluntariados en infinidad de cosas. No peregrinan una vez al año. Lo hacen todo el año, silenciosamente, en cada una de las actividades que realizan. También tras ellos hay miles de familias que no lo harán físicamente, pero que los acompañan en la oración. La fe se cultiva en familia. Es una “iglesia doméstica” que crece para el bien de todos. Cualquiera sea su fe, practíquela. Se hace un bien a usted y a los demás. Gracias a los peregrinos de los Andes por el testimonio de fe, esperanza y alegría.

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