Columna de Juan Manuel Astorga: El fin de una era

Por Juan Manuel Astorga 

El mundo siguió atento ayer el desarrollo de dos elecciones presidenciales, cuyos resultados invariablemente cambiarán el destino de esos países y en parte también, el de América Latina. Comicios marcados por las figuras de dos ex guerrilleros cuyo liderazgo político han dejado huella en el continente. Dos naciones que han moldeado la realidad sudamericana con sus reformas. Un país, el más grande de Sudamérica. El otro, el más pequeño después de Surinam. Ambos sin embargo, Brasil y Uruguay, cerraron ayer una etapa crucial de su historia.

El gigante latinoamericano terminó por darle este domingo una nueva oportunidad a la presidenta Dilma Rousseff. Los resultados, sin embargo, estuvieron muy ajustados. La mandataria consiguió el 51% de los votos, mientras que su contrincante, Aécio Neves, se quedó con el 48%, lo que convierte a estos comicios presidenciales en los más reñidos de la historia del país.

A pesar de que anoche, tras conocer los resultados, la gobernante dijo que “hemos llegado al final de una disputa electoral (…) pero el país no está dividido”, la verdad es que, visto lo peleado del resultado, prácticamente la mitad de Brasil quedó insatisfecho. 

Dilma asumirá el 1 de enero de 2015 un nuevo período de 4 años en el que tendrá que enmendar el rumbo en varias áreas. Brasil creció en promedio durante su primer gobierno un exiguo 1,6%, muy distante del casi 6% de la era Lula da Silva. Con un país estancado, con la industria renuente a efectuar inversiones y con la confianza deteriorada, su desafío no será menor. Dilma, una ex guerrillera, tendrá que dar una dura batalla política también para despercudirse de las acusaciones de corrupción que la vinculan a un escándalo por apropiación de fondos que afecta a la gigante Petrobras. A eso se suman los gastos impagos por la organización del Mundial de fútbol y los ecos que han dejado las manifestaciones por el aumento en el valor de algunos servicios, como el transporte público. 

Cruzando la frontera noreste de Brasil, los uruguayos también salieron a las urnas. 

El actual presidente José Mujica no pudo presentarse a la reelección inmediata, debido a una limitación constitucional. Su partido, el Frente Amplio, postuló al ex mandatario Tabaré Vázquez, quien ya había gobernado entre el 2004 y el 2009. Vázquez no logró imponerse en primera vuelta y, con el 47% de los votos, se verá obligado a enfrentar en un balotaje el 30 de noviembre a Luis Lacalle Pou, del Partido Nacional, que se alzó con el 31%. No le será fácil al candidato oficialista conseguir la victoria, porque si Lacalle obtiene el respaldo del Partido Colorado, que consiguió un 13%, la cosa estará muy peleada.

Vázquez ha prometido profundizar el rumbo iniciado por su gobierno y continuado por Mujica de poner una fuerte atención estatal a los sectores más postergados. Además, seguir incentivando el crecimiento económico con inclusión por la vía del empleo, y aumentar los presupuestos de salud y educación.

A Uruguay le va bien. Con 3,29 millones de habitantes, es según la ONU el país de Latinoamérica con el nivel de alfabetización más alto. Según la organización Transparencia Internacional, es después de Chile, la segunda nación latinoamericana con menor índice de percepción de la corrupción. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), desde 1980 es el tercer país de Latinoamérica –detrás de Argentina y de Chile- con mayor Índice de Desarrollo Humano. Junto a Costa Rica, es el país latinoamericano con la distribución de ingresos más equitativa, porque tanto la población más rica como la más pobre representan sólo un 10% de la sociedad. Como si fuera poco, después de Cuba, Costa Rica y Chile, es el cuarto país de Latinoamérica con la esperanza de vida más alta. Tiene uno de los productos internos bruto PIB per cápita más alto de la región –cercano a los US$15.000- y un desempleo en torno al 6%. 

Parte del éxito que exhibe esta nación son mérito de Vázquez. En buena medida, sin embargo, la población se los atribuye a José Mujica. El año pasado, por ejemplo, la revista The Economist eligió a Uruguay como país del año, gracias a las medidas “pioneras” impulsadas por un antiguo guerrillero de 79 años “admirablemente austero” y de una “franqueza inusual” en política. 

Mujica, algo así como el Nelson Mandela de Sudamérica, puso énfasis en las políticas sociales y la preocupación por la pobreza. Trabajo, jubilaciones, crecimiento económico, un programa focalizado en los más pobres y planes de vivienda, asoman como sus más brillantes medallas. 

Su gestión y su personalidad le granjearon la simpatía de su pueblo y del mundo. 

La misma revista The Economist celebró los aportes sociales que hizo su gobierno tras la legalización de la marihuana, el matrimonio homosexual y la despenalización del aborto, afirmando que se trata de “reformas pioneras que no sólo mejorarían a una nación en particular sino, en caso de ser emuladas, podrían beneficiar a todo el mundo”. 

Pero en el saldo de su mandato, Mujica arrastra algunos fracasos. El más sonado es el de la educación, una de sus principales promesas de campaña. El elevado índice de abandono escolar en la enseñanza secundaria es muy alto todavía. Además, en la última prueba PISA, Uruguay obtuvo los peores resultados desde que empezaron estos tests en 2003.

La otra mancha en su legado es la inseguridad ciudadana, que según las encuestas, se ha convertido en la primera preocupación del país. En Uruguay, un país de casas y con pocos edificios, hasta hace unos años se dormía sin ponerle llave a la puerta. Ahora, no basta con instalar rejas en las ventanas, sino que alarmas para dormir tranquilo. El año pasado aumentaron en un 8% los robos a mano armada.

Mujica le heredará a su sucesor otro embrollo. Aceptó el traslado de seis presos desde la cárcel de Guantánamo, pero sin saber exactamente en qué condiciones. Son presos a los que Estados Unidos no los puede procesar porque no tiene pruebas y como Uruguay no tiene cargos contra ellos, nadie sabe cómo los van a retener uno o dos años.

Mujica, el presidente más pobre del mundo, el gobernante del pueblo, el político que no vive como un político, ese que dona el 90% de su sueldo, dejará el poder dentro de poco. Se irá dejando atrás su forma de gobernar, aquella que alguna vez llamó “el modelo Lula”, haciendo referencia a la política del ex presidente brasileño. Precisamente los uruguayos miraron ayer muy de cerca los resultados de sus vecinos brasileños. La pequeña República Oriental de Uruguay, enclavada entre dos gigantes como Brasil y Argentina, está viviendo uno de sus peores momentos en las relaciones con el gobierno de la presidenta Cristina Fernández, debido a la instalación de una fábrica de papel en un río común y también a las medidas proteccionistas del Gobierno de Buenos Aires. En los últimos años, su principal aliado ha sido el Gobierno de Dilma, la presidenta que ayer consiguió la reelección pero que sabe que no podrá gobernar de la misma manera en que lo hizo en su primer período. Y se quien sea el que gane en la segunda vuelta uruguaya, tendrá claro que Mujica deja un país con algunas sombras pero muchas luces y con un estilo muy difícil de imitar. 

Dos países muy distintos. Uno gigante, otro pequeño. Los brasileños, extrovertidos y exagerados y los uruguayos, contenidos y moderados, tienen sin embargo algo en común: ambos saben que están viviendo el fin de una era.

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