Columna de Nicolás Copano: "Nicolás no tiene papás"

Por Nicolás Copano

Hace unos días en #Hashtag (Radio La Clave 92.9, de 17 a 18) Bruno Córdova, a cargo del blog “Dicen Otros” compartió una idea muy interesante: “En este país los políticos se han acostumbrado a validar públicamente la ‘unanimidad’ por sobre la mayoría. O sea, puedes tener una propuesta, conseguir mayoría en las dos cámaras del Congreso y automáticamente ya es cuestionable su resultado por no tener el 100% de la aprobación. 

Esto desacredita peligrosamente la democracia. Es imposible ser unánime en colectivo porque nadie tiene los mismos criterios. Esta mala costumbre evidencia una trampa: todo se discute en los parámetros de la selección chilena. La discusión política no puede reducirse a la foto de todos de la mano, porque implica suprimir la disidencia. No se puede imponer que todos pensemos lo mismo sobre un tema, porque eso es en sí, totalitario”.

Esta creencia, arraigada especialmente en los sectores conservadores cruza desde la reforma educacional hasta las reacciones sobre el libro más candente del último tiempo: “Nicolás tiene dos papás”, una iniciativa del Movilh, disponible en jardines infantiles, donde se cuenta la historia de una familia homoparental.

Ahí surgen los padres críticos de la visibilidad de la comunidad gay, buscando “suprimir la disidencia” es decir: invisibilizando al otro. Disidentes hoy son los gays que están fuera de la ley en su vínculo y por eso son tratados como ciudadanos de segunda clase. Esos padres sulfurados quieren que no exista ese material en los jardines infantiles y culpan al Estado de estar “imponiendo” algo. Demonizar así la entrega de “Nicolás tiene dos papás”, es equivalente a sostener que el Estado impondría el aire para respirar, ya que como sabemos los gays, las lesbianas, los transexuales y sus hijos no son invento de la imaginación de nadie.

Está bueno derribar mitos sobre cómo consumimos insumos culturales para que nos dejemos de subestimar de una vez: tengo un gran amigo de derecha, que tiene en su biblioteca “El Capital” de Karl Marx. La edición es antiquísima y se la regaló su abuelo. Estoy seguro que la abrió un par de veces y no comparte ninguna de sus ideas ¿se volvió militante del PC por ello? A esos extremos nos conduce Andrea Molina y su discurso a favor de la invisiblización. Nadie es gay por tomar un insumo cultural a ninguna edad, ¿o acaso les van a prohibir a sus hijos el cable o internet?

Prohibir un texto en una biblioteca es subestimar a la comunidad de padres, profesores y a los mismos niños que en el futuro, por lo que indica la biología, van a ser adultos.

La invisibilización del otro es una práctica muy propia de cierto chileno incómodo por los cambios. Para no ver al otro que le incomoda por distinto, lo quiere “desaparecer” de debates. Lo desea ningunear. Cuando las bromas hacia el mas débil -en este caso, la representación de un niño – pasan de moda, comienza el ¿Quién es este que me genera esto?. Comienza la inquietud. Se desean ver borradas sus manifestaciones, lo que revela una guerra cultural subterránea día a día.

Esta guerra subterránea que tiene que ver con la inseguridad de una sociedad sin estabilidad laboral: estamos rodeados de cambios. El humano es un accidente: una mezcla de mezclas. Un crisol cultural. Por eso definir “lo normal” desde un sólo tipo de humano es peligroso, porque nos vuelve uniformes y valida los discursos de superioridad de uno frente al otro. Menos aún pueden definir normalidad quienes se han transformado en el perro del hortelano, que come y no deja comer. No existe un modelo “unánime” de familia como no existe una sola forma de ser.

Lo único normal sería asumir una sola cosa: vivimos en un mundo salvaje, donde el amor es lo único que vale. El amor es el único compromiso que debemos tener entre todos porque al final es lo seguro y lo gratuito. Vivimos en una bola de fuego con tierra y agua en medio del espacio: es lógico sentirse amenazado por todo. Pero no por eso las personas, que construyen los estados, van a desproteger por comodidad o por religión a otro. De ahí a que el debate de “Nicolás tiene dos papás” nos abre a pensar, no sólo en la urgencia de la legitimidad de la homoparentalidad, sino también de la monoparentalidad: esos hombres y mujeres solos, que con amor, desean criar hijos. Tal como lo hacen las mamás solteras que se sacan la cresta por sus niños y hasta hace poco eran despreciadas por los mismos que sostenían que existían hijos legítimos e ilegítimos. Porque en realidad, si sacamos a Nicolás de la fantasía del papel, Nicolás no tiene papás. En este mundo Nicolás es un niño de la calle, del Sename y de cada uno depende dejar nuestros prejuicios detrás para que de una vez por todas tenga hogar. 

De nosotros depende elegir: calle o casa.

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