Columna de Juan Manuel Astorga: Camas seperadas: el difícil matrimonio de la DC en la Nueva Mayoría

Por Juan Manuel Astorga 

Algunas fluyen naturalmente. Otras son complicadas. Las hay tormentosas y también las que terminan en odio y desprecio. Las relaciones humanas son, por definición, complejas y embrolladas. Y así como las de pareja tienen de dulce y de agraz, las relaciones políticas atraviesan por momentos de igual intensidad. No es el amor lo que los une, sino una ideología. Y cuando la doctrina no es la misma pero sí lo es un proyecto común, la convivencia es tan ardua y laboriosa como la del matrimonio que decide no separarse para criar a sus hijos. Viven juntos, pero duermen separados. Comparten responsabilidades, pero no su tiempo libre, y generalmente se culpan mutuamente cuando algo en la casa sale mal.

La cohabitación del humanismo laico con el humanismo cristiano en la Nueva Mayoría no ha sido un menester fácil. Las colectividades de izquierda e incluso socios conocidos como el PPD y los socialistas, no han logrado llevar la fiesta en paz con la Democracia Cristiana, partido que se siente atacado y disminuido dentro del actual conglomerado de Gobierno. Sobran ejemplos de problemas cotidianos, pero que se van sumando a una lista que irrita cada vez más a la tienda de la falange.

Las declaraciones del embajador de Chile en Uruguay, el comunista Eduardo Contreras, sobre el papel de la Democracia Cristiana previo al Golpe de Estado de 1973; la publicación de la diputada comunista Karol Cariola sobre el detalle de la votación en la que se rechazó penar el lucro con cárcel en la Cámara, junto con calificar ese hecho como una “vergüenza”, y la acusación del senador socialista Fulvio Rossi de que la DC está vinculada al “negocio de la educación”, terminaron por exasperar al partido que dirige el senador Ignacio Walker. 

A eso se suman otros hechos como la insistencia de algunos dirigentes del PPD para que se apruebe un proyecto que despenalice el aborto, algo a lo que la Democracia Cristiana se opone; la compleja relación entre la ministra de Salud, Helia Molina (PS) y el subsecretario DC, Jaime Burrows, o que la actual administración haya nombrado en numerosos puestos clave de organismos del Estado a figuras de la izquierda. 

En la discusión de la reforma tributaria, donde la DC hizo sentir su punto de vista discordante en varios aspectos, Ignacio Walker reclamó por la pérdida de respeto que estaba viendo hacia ellos por parte de sus socios de coalición. Apuntando al partido de los ex presidentes Aylwin y Frei, Fulvio Rossi, había comentado que “hay sectores en la Nueva Mayoría que pretenden desvirtuar el sentido de la reforma”. El presidente del PS, Osvaldo Andrade, fue más allá y calificó a la falange como “una piedra en el zapato”.

Cuando la tienda de raigambre cristiana planteó sus matices frente a la otra reforma, la educacional, surgieron las mismas críticas y de los mismos sectores. Fue tal la batahola, que Gutenberg Martínez, un histórico dentro de la DC y muy renuente a las entrevistas, salió a golpear la mesa. En entrevista con este columnista en TVN y Radio Duna, dijo que la Nueva Mayoría tiene fecha de caducidad y que el pacto está resuelto con una “condición resolutoria”. Esto quiere decir, poner fin al acuerdo cuando una de las partes no cumple. Y su insinuación es que no se estaba cumpliendo. ¿Significa eso que la Democracia Cristiana estaría a un paso de abandonar la Nueva Mayoría? No necesariamente. Pero fue una señal de alerta en La Moneda. No está claro si fue mera coincidencia o recogió el guante, pero a los pocos días, la Presidenta Michelle Bachelet nombró como coordinador de la reforma educacional a otro histórico del partido, Andrés Palma. Se garantizaba con eso que la colectividad no quedaba fuera de un proyecto del que sentía, la habían marginado desde su diseño. 

El gesto no aplacó las críticas ni mucho menos acortó las enormes distancias ideológicas que hay entre la DC y partidos como el comunista. Las desavenencias continuaron a tal punto que esta semana, Ignacio Walker convocó a un cónclave extraordinario para analizar el conflicto. Al término del encuentro, reafirmaron su compromiso con los ejes centrales del programa de Gobierno, pero aprovecharon la oportunidad para pedir que los “liderazgos representativos se hagan presentes con su opinión”. Es decir, que los emblemáticos defiendan a su redil. De paso, hubo reparos a la conducción política de La Moneda, lo que significó una clara crítica -aunque sin mencionarlo- al ministro del Interior, Rodrigo Peñailillo, quien el mismo día pidió a los jefes de partido en el comité político mejorar el clima interno y evitar las disputas.

Una salida de la Democracia Cristiana del actual pacto de Gobierno podría costarle muy caro. No sólo sería visto como una traición por un sector del electorado, sino que la dejaría al margen de los cambios que se avecinan, sin capacidad de introducir sus matices de moderación en un programa donde el humanismo laico pelea por avanzar en reformas más radicales. Además, la DC quedaría sola, sin intención de pactar con los nuevos partidos de centroderecha y sin el poder que otorga el tener figuras, aunque menos de las que quisiera, sentadas en el gabinete.

Digámoslo de otra manera. Puede que éste parezca un matrimonio mal avenido. Pero aquí no hay ganas o voluntad de un divorcio, porque ninguno tiene una relación extramarital y ni siquiera está interesado en salir a coquetear puertas afuera. Conviven bajo un mismo techo. Comparten ciertas labores como el pago de cuentas y hasta puede que vean tele y coman juntos. Pero de dormir ni hablar. No hay pasión y ni siquiera lazos de real afecto como para constituir familia. Viven en la misma casa, pero duermen en camas separadas.

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