Columna de libros de Alida Mayne-Nicholls: “El idioma materno” de Fabio Morábito

Por Alida Mayne-Nicholls

Lo primero que debo admitir sobre El idioma materno de Fabio Morábito es que se convirtió en mi libro de cabecera. Lo he llevado durante semanas conmigo y lo he mantenido en mi velador, a pesar de que lo leí bastante rápido. Creo que esto se ha debido a que las breves reflexiones/columnas del poeta ítalo mexicano hacen pensar. No solo son un placer de leer por lo lúcidas y divertidas, por lo agudas y personales, sino porque una puede relacionarse con ellas, pensar en nuestro propio “idioma materno”, en nuestras formas de lectura y de escritura, de vincularnos con la literatura y con el mundo, por supuesto.

¿Qué es eso de idioma materno? Puede leerse en varios niveles. Pensemos primero en este escritor italiano, nacido en Alejandría, que vivió en Milán, pero que desde su adolescencia ha vivido en México. Un escritor que ha publicado siempre en español y no en italiano, que sería su idioma materno. En el último texto del libro, Morábito medita en torno a esta idea, a una cierta noción de haber traicionado ese idioma original, que vuelve a él cada vez que llora, y que deja el temor de estar fingiendo en su idioma de adopción. Pero cómo no abandonar esa primera habla, si lo que se busca es crear una nueva en el papel: “Porque todo escritor, bien visto, se hace escritor gracias a esta traición, se aparta de la lengua madre para adoptar una lengua que no es la propia, una lengua extranjera, una lengua sin lágrimas. Se abdica del idioma materno porque se abdica del llanto y se abdica del llanto porque sólo dejando de llorar se puede escribir” (176).

Hay, entonces, algo de autoficción en estos textos que parecieran ser tan autobiográficos, porque el autor, aunque hable de sí mismo, de sus recuerdos, de sus experiencias, está construyéndose a sí mismo en cada palabra escogida, en la forma en que son dispuestas, ya sea sobre el papel o en la pantalla del computador. En ese caso, claro que se está renunciando al idioma materno para dar cuenta de uno nuevo. Pero esa elección de la palabra “materno” me hace reflexionar en torno a otra idea. Si bien, cuando hablamos de tener un primer idioma nos referimos a este como la lengua madre, no puedo evitar hacer la conexión con una primera lengua que no tiene que ver con las palabras aprendidas, sino con otras formas de comunicarse, más instintivas, tal vez, o más ligadas a las emociones, puede ser. También con todo aquello que nos remite a la oralidad: la entonación que usamos, el ritmo de nuestro hablar (o de nuestro escribir); es decir, no tanto lo que decimos, sino cómo lo decimos. Y creo que, en ese sentido, una de las mayores riquezas de este libro no es tan solo lo que dice, como todas aquellas disquisiciones en torno al caballo de Troya y cómo en realidad la ciudad cayó, sino en la forma en que lo dice. Primero, vinculándolo todo a una cotidianidad que da cuenta de que la sabiduría está en todas partes, por supuesto, con la experiencia. Pero además con un ritmo que es constante, que fluye, lo que queda patente en que cada uno de los ochenta y cuatro textos de El idioma materno, es solo un párrafo, sin sangría inicial, con muchos enunciados cortos y puntos seguidos. Tal vez, el idioma materno es ese que corre sin estancarse, que es íntimo y, por lo tanto, podemos renunciar a él si queremos o lo necesitamos, y volver a él de la misma manera en que nos alejamos.

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Morábito, Fabio. El idioma materno. Santiago: Hueders, 2014.

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