Columna de Magdalena Piñera: Déjame Elegir

Por Magdalena Piñera

Después de hojear varios libros infantiles en la librería me decidí por un cuento clásico, impreso con letra grande y lindas ilustraciones. A lo mejor con este libro sí lograría entusiasmar a mi hijo menor para que diera sus primeros pasos en el hábito de la lectura. Pero no. Otra vez el libro quedó a medio leer junto con los demás.

Resignada y a punto de tirar la toalla en el empeño de hacer leer a mi hijo, una tarde lo encontré concentradísimo leyendo unas revistas de historietas y comics que le había prestado un amigo. El problema no era que a mi hijo no le gustara leer. El problema era que no le gustaban los libros que yo quería que leyera.

La gran mayoría de los chilenos tampoco leemos mucho. Según la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura, nos ubicamos en el penúltimo lugar del ranking de la región con apenas 2,8 libros anuales por persona. Pero, ¿se ha fijado cuánta gente va en las calles, en el Metro y las micros leyendo Publimetro y otros diarios de distribución gratuita? Por eso creo que, tal como le ocurría a mi hijo, es posible que el problema no sea que a los chilenos no nos guste leer sino que, por ejemplo, nos falte tiempo para hacerlo, no están los libros de nuestro interés o que los precios de los mismos sean muy altos.  

Por eso me llamó la atención que hace unos días la Presidenta Bachelet haya anunciado la creación de una editorial estatal como parte de una nueva política de fomento al libro sin antes tener claro un diagnóstico sobre por qué leemos pocos libros y sin saber cuál será el impacto de esta medida. En Chile ya existió una editorial estatal (Quimantú) que, como era obvio que sucediera, imprimió libros de acuerdo al gusto del gobierno de turno. Bajo la Unidad Popular distribuyó muchos textos de inspiración izquierdista y cuando llegó el régimen militar imprimió obras de corte derechista. Aunque esta editorial no consiguió incrementar el hábito de lectura, probablemente sí aumentó el gasto fiscal a costa del bolsillo de los chilenos.

Es lo que pasa cuando dejamos que el Estado elija por nosotros qué debemos leer. Algo parecido ocurrió con el diario La Nación que durante la dictadura sirvió como medio de propaganda del régimen y bajo los gobiernos de la Concertación siguió desempeñando una función análoga a pesar de que nadie lo leía. Justamente por esos motivos fue cerrado hace algunos meses. ¡Sin embargo, ya escuchamos voces que buscan reabrirlo!

Tal como yo estaba convencida que los libros que elegía para mi hijo eran los mejores, algunos están convencidos de que es el Estado -y no usted- quien mejor elige qué libros debe leer. Por eso quieren que el Estado tenga una editorial. Además, ¿quién decidirá qué libros se publican y con qué criterio?, ¿Cuánto dinero le costará a los chilenos esta editorial? ¿Quién la dirigirá?

Pienso que es mejor que seamos los chilenos quienes decidamos libremente qué leer y que el Estado se encargue de facilitar el acceso a esos libros a través de subsidios a las personas y otras políticas, las cuales no pueden ser improvisadas sino bien estudiadas y evaluadas para asegurar su éxito. No podemos malgastar recursos como sucedió con el “Maletín Literario” (2009) que según un estudio de la Universidad de Los Lagos, tuvo escaso impacto entre los estudiantes que lo recibieron, tal vez porque la selección de los libros no fue la más adecuada.

Así como una AFP estatal no aumentará el monto de las pensiones, ni eliminar a las Isapres mejorará la atención de la salud pública, ni debilitar a los colegios particulares subvencionados fortalecerá a la educación pública, tampoco una editorial estatal logrará que leamos más y mejores libros. El Estado como única solución a todos los problemas sociales es una receta vieja y probadamente fracasada.

Creo que ya es hora de que los chilenos, como ciudadanos mayores de edad, le digamos al Estado lo mismo que ahora me dice mi hijo cuando entramos a una librería: “déjame elegir”.

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