Columna del sacerdote Hernán Tagle: "María, una peregrina más"

Por HERNÁN TAGLE

El 8 de diciembre, cientos de miles de peregrinos -si contamos los días previos, más de un millón- visitarán a la Virgen de Lo Vásquez en la Región de Valparaíso. Es la fiesta de la Inmaculada Concepción. La Virgen del cerro San Cristóbal en Santiago también será visitada por miles de fieles así como en tantas partes de nuestra patria en que el cariño a la Virgen, bajo ésta y otras advocaciones, se vive fuerte, joven y sano de Arica a Punta Arenas.

La veneración a la madre de Jesús es sólo un botón de muestra en el maletín religioso de los chilenos. Según la última encuesta Bicentenario UC-Adimark más del 60% de los chilenos reza “una o más veces al día” y cerca del 80% lo hace varias veces a la semana. Son pocos los que no tienen una vena religiosa y no encausen ese sentimiento, configurando así su existencia. Al momento de encontrarnos en nuestra intimidad, en un diálogo interior tan genuino como vital, los ojos del alma se vuelven a Dios. ¿Con quién dialoga usted cuando se encuentra solo, cuando va en el bus, en el Metro, caminando en la calle? No siempre estamos con otros. Es más, buscamos de vez en cuando la soledad; guardamos nuestra intimidad, queremos ordenar “nuestras cosas” en el sigilo sagrado de los repliegues del alma. Pero hay Alguien escuchando. La sensación “de no estar solos” es recurrente. No es fantasía. El hombre de fe nunca está solo. La presencia de ese Alguien que acompaña, cuida y vela por uno es real. Tanto y más que una silla, mesa o casa.

María, la madre de Jesús, también acompaña siempre a quienes la invocan. Ella no está al final del camino a Lo Vásquez. Camina con y en cada peregrino, sabe de sus dolencias, esperanzas, alegrías y penas. Tras cada caminante hay cinco o más personas con él. En ellos vemos anhelos, grandes dolores, peticiones por enfermos, por trabajo, por algún preso, por alguien que pasa penurias y dificultades. Muchos van al Santuario a agradecer algún favor recibido. La profunda fe de esos miles de chilenos no sólo es sobrecogedora. Se vuelve un imperativo para hacer de nuestra patria un lugar más justo, fraterno, feliz; una tierra más “religiosa” en el sentido propio del término. Más unida, solidaria, donde nos reconozcamos como hermanos. Nos hace bien la presencia de Dios. Al revés, se nota cuando no está presente, sobre todo entre los jóvenes. Nos bien creer y vivir la fe. Hace bien tener al Señor que acompaña en el centro de la vida. Quien cree y vive su fe, es más feliz.

El 8 de diciembre es un punto de inflexión en el fin de año. Ya nos adentramos de lleno en el Adviento, tiempo previo a Navidad. Tiempo fuerte para abrir el corazón y preparar así el más importante de los pesebres, a fin de que nazca Jesús entre nosotros.

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