Columna de Nicolás Copano: El salvaje Chile y el enemigo

Por Nicolás Copano

Comparto una frase increíble de un amigo en Twitter, sobre los cajeros sin plata: “Chile es tan neoliberal que los bancos nos hacen un corralito”. Este país increíble, donde los condenados por pedofilia pueden ir a comprar sin vergüenza ni castigo a los supermercados (la pega del periodismo la hacen los usuarios de Instagram) y los partidos políticos son derechamente financiados por corporaciones (¡con plata en efectivo!) tiene un nuevo cuadro: los cajeros en las comisarías.

Los cajeros en las comisarías (situados en comunas que tienen menos recursos) son un reflejo de algo que supera al Gobierno. La primera lectura es “¿estamos tan mal en seguridad que tenemos que terminar así?”. Pero la segunda es ¿por qué tengo que pagar los gastos de mantención de los servicios bancarios todos los meses si parece que mi dinero depositado sólo lo puedo girar con tarjeta?, ¿dónde está el principio de libertad económica que rige a los señores de la banca?, ¿por qué el Estado para garantizar el flujo debe terminar haciendo algo que realmente no le corresponde?

Parece impresentable. Esto se siente como un secuestro público. Y encima Carabineros tiene que poner el servicio a disposición de esto. ¿Por qué nos hacen esto?

Bueno, nos hacen esto porque nos conocen y saben que no vamos a reclamar mucho. El chileno odia el riesgo y gusta de la cabeza gacha. Es cosa de ver cómo las encuestas piden “no hacer cambios” sobre la educación. Es impresionante: el país del miedo siempre gana. Ya captan que no nos vamos a indignar y vamos a seguir haciendo la misma vida todos los días, asustados por perder la pega por culpa de los titulares alarmistas. O sea, abusan de nosotros.

Pero no sólo eso: encima tenemos al enemigo equivocado.

Claro, porque volviendo a lo que comenzaba esta columna, O’Really no tiene a un montón de tipos grabando cómo lo envuelven en papel alusa. O le pegan y lo graban. Cuestión que sí sucede con un bandido de 16 y otro vejete en Melipilla. 

Es un gran todos contra todos todo esto. Y es hora de asumir responsabilidades. Yo la verdad estoy bastante preocupado del país construyéndose.

Estoy asustado de tanta ceguera. 

Sumo un apunte a este vómito (que usted me permite querido lector) que tiene que ver con los adultos. Una de las cosas que me ha llamado la atención en todos estos ajusticiamientos es que los protagonista son tipos por sobre los 35 años. Son los directos parientes de los torturadores de la dictadura militar: el síndrome de Estocolmo los tiene vueltos torturadores. Nadie dice nada, porque no despertaría simpatía, pero, ¿sabe?, no es lo justo. No es lo que vale para este país: tenemos que tener una policía capaz de hacer funcionar las cosas y no protagonizar espectáculos policiales en TV. Una que no habilite que cualquier sicópata tome justicia por mano propia. Si es por eso, habilitamos futuros grupos de choque de enfermos que creen que “son los buenos” cuando son una basura. 

Estamos construyendo una sociedad donde se rinden los más viejos: ellos se entregan. Ellos sienten miedo. Y ahí es donde ya los más jóvenes tenemos que tomar acción. 

En una reunión con jóvenes líderes en Concepción se levantó un caballero y preguntó “¿por qué ustedes, los más nuevos, creen en la política? Yo fui profesor. Yo me saqué la cresta por el país y recibí nada”.

Uno de los presentes contestó: “Porque el problema no es la política: son los políticos. Y probablemente culpa de los de siempre es que haya avanzado su sensación. El drama es la antipolítica. El drama es la desconfianza. La que hace que usted nos vea a nosotros como su rival y no su puente. El que hace que el pobre envuelva a un pobre de cintas y le pegue. El que dice que las cosas no importan, para que le deje de importar cómo hacen daño”.

No pude dejar de estar de acuerdo.

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