Columna de Juan Manuel Astorga: "Cuando la realidad imita al arte" 

Por juan manuel astorga

Cuando la revista Time eligió en el año 2000 a George W. Bush como el “hombre del año”, en realidad le hizo un flaco favor. En lugar de elogiar su triunfo como presidente de Estados Unidos, lo puso en tela de juicio. Primero, porque dudaba de su capacidad política e incluso intelectual. Pero también, porque planteaba que su victoria estaba cuestionada por el turbio asunto de las papeletas electorales del Estado de Florida, que nunca pudieron contabilizarse correctamente y que hasta el día de hoy hacen pensar que, en realidad, ese político nunca ganó las elecciones. Bush tuvo una elección muy reñida, voto a voto, con el entonces vicepresidente de Bill Clinton, Al Gore. Finalmente la Corte Suprema zanjó la discusión señalando que Bush había ganado por escaso margen. El tema en cuestión es que, según la propia revista Time, uno de los medios más respetados en el mundo, Bush había ganado la presidencia, pero todavía tenía que ganarse el honor. 

A pocos meses de que Bush asumiera el poder, Osama Bin Laden derribó las Torres Gemelas y atacó el Pentágono. Desde ese momento en adelante, buena parte del mundo y por lo menos la mitad de los estadounidenses pensaban que el nuevo inquilino de la Casa Blanca no era precisamente el líder que necesitaban para hacerle frente al brutal ataque.

Es cierto que en la historia de Estados Unidos, son la crisis las que han producido grandes presidentes. Abraham Lincoln por ejemplo lució su verdadera capacidad de liderazgo durante la guerra civil y Franklin Delano Roosevelt lo hizo durante la gran depresión y la segunda guerra mundial. Pero a juicio de la comunidad mundial, Bush no calificaba en esa casta. Sin embargo y pese a su ausencia de talento intelectual y cintura de estadista, el presidente de EEUU contó con el apoyo mayoritario para articular una tremenda alianza multinacional, política y militar, que buscaba venganza por los atentados contra Nueva York y Washington.

El mandatario norteamericano no sólo obtuvo respaldo anticipado y casi irrestricto de sus socios en la organización de países del Atlántico Norte, OTAN, sino que consiguió que se solidarizaran con él países tan impensados como China o Cuba.

¿ Como lo consiguió? Evidentemente porque la crueldad de los ataques y la visión de un mundo unipolar hicieron que muy pocos cuestionaran –por temor o por convicción- el derecho que se arrogó Estados Unidos para responder a la afrenta. 

Transcurridos 13 años desde que Bush se sintió todopoderoso, los resultados dan escalofríos. No sólo libró dos guerras simultáneas, en Irak y Afganistán, con el bestial costo económico que tuvo, sino que se cobró de decenas de miles de vidas inocentes en ambos países. En el caso afgano, ni siquiera fue ahí donde los soldados estadounidenses encontraron a Bin Laden, sino que en Pakistán. En el caso iraquí, capturaron y ahorcaron a Sadam Hussein, bajo la excusa de que estaba fabricando armas de destrucción masiva para atacar EEUU. Años después el mundo vino a saber que todas las pruebas eran falsas.

Esta semana se sumó un nuevo e inhumano antecedente. Un informe elaborado por el Senado de EEUU, señala que agentes de la Central de Inteligencia, la CIA, practicaron espantosos actos de tortura contra cientos de personas que habían sido detenidas, en muchos casos, de forma ilegal, para ser interrogadas por los atentados del 2001. 

El informe oficial, de más de 6.600 páginas, de las que apenas se conocieron unas 500, afirma que los “interrogatorios” incluyeron castigos “brutales y mucho peores” de lo que inicialmente admitieron sus agentes, y que, además, “no fueron efectivos” para lograr información confiable de Al-Qaeda. A medida que se leían la conclusiones del documento, el silencio en el Congreso iba reflejando el espanto de legisladores y también de la ciudadanía.

Fueron cinco años de recopilación de datos, que concluyeron que la CIA aplicó castigos, crueldad, mentiras, ejecuciones simuladas, abusos, amenazas, muertes por congelamiento y violencia sexual. Pero lo más increíble de todo el informe no es lo que cuenta, sino el hecho de que se hayan decidido a publicarlo. Dicho de otra manera, a nadie sorprende que la CIA tenga ese comportamiento, porque siempre se había sospechado. Pero sí llama la atención que se hayan atrevido a publicar las perturbadoras conclusiones.

La Casa Blanca sostuvo que estas prácticas “han terminado” y el presidente Barack Obama cuestionó una vez más la práctica de tortura durante el gobierno de su predecesor republicano. “Todo esto no sólo fue incompatible con nuestros valores como nación, sino que además no sirvió a nuestros esfuerzos contra el terrorismo o a nuestros intereses de seguridad nacional”, dijo. Claro que sus palabras parecían salir al cruce de la insistente versión según la cual hubo tortura para llegar a la pista que condujo a la captura y muerte de Bin Laden durante su presidencia, en mayo de 2011.

Al otro lado del espectro político estadounidense, varios legisladores republicanos desaconsejaron la difusión del informe. Dijeron que no sólo deja a los estadounidenses muy vulnerables ante nuestros enemigos, sino que además los pone en una incómoda posición ante sus aliados.

Algunos temen atentados como represalia. Otros claman por justicia. Como sea, se destapó una olla llena de horrores. Y es tan brutal lo revelado, y tan inédito y poderoso el gesto de hacerlo público, que nadie tiene muy claro cuáles podrían ser las consecuencias de este paso que abre la puerta a denuncias judiciales. La pregunta mayor sin embargo es si llegarán hasta el ex presidente Bush.  

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