Columna de opinión de Nicolás Copano: Desigualdad

Por NICOLÁS COPANO

¿Es la desigualdad algo netamente económico? ¿No es la desigualdad lo contrario a la esperanza? Quiero tomarme un minuto y dejar mi experiencia aquí. Quiero ponerme en tu lugar también: no puede ser que todos vivan endeudados y ganando un sueldo de 300.000 pesos en un país OCDE. Y que nadie lo cuestione.

Parto desde lo personal. Crecí en un barrio de clase media, mis papás se endeudaron por mis estudios. Estudié en un colegio de curas. Me enseñaron lo que es el miedo a Dios, a lo incorrecto. Nunca me sentí cómodo, siempre admiré a mi hermano, que era más lanzado en la vida. Yo en cambio siempre traté de mantener cierto equilibrio en mi comportamiento porque pensé siempre en lo correcto. A cambio, muchas veces hasta hoy, recibo patadas también. Innecesarias.

Es que a los niños de los colegios del suburbio no nos enseñan a ser jefes. Condenado por eso tuve que ir dos años a terapia. Tuve la cueva de pagar una terapia, que me salía un Playstation al mes. Así son los traumas.

 Yo sufría cuando me sacaba un rojo. Pensaba que me iba a condenar a la nada. Con los años entendí cuando olvidé las lecciones que ese tiempo lo debí haber ocupado leyendo libros más grandes, para los que ahora no tengo tiempo y acumulan polvo en la biblioteca. Tuve que leer los fragmentos y escuchar conversaciones. Tuve después que comprarlos y tuve que soñarlos también cuando no tenía nada más que una esperanza.

 Siempre vi a la gente más grande con admiración y cuando me hice grande descubrí que admirar no tiene tanto sentido: todos tienen intereses. Yo también, por supuesto, los adquirí con los años y chocan con los de otros. Y así es la vida. El punto es que mi camino fue distinto. Y tiene que ver con todo lo que pasa.

Yo no me pude pagar la universidad y no condené a mis padres a eso. Ya era demasiado. Mi viejo se rompió el lomo por años por nosotros, y cuando empecé a ganar dinero, decidí pagarme yo mismo la universidad. Pero para eso tenía que trabajar.

Y trabajar era meterme a la máquina. Armé con una tarjeta de crédito una productora: 5 millones. Y un acuerdo con Telecanal. Me acuerdo perfectamente. Fue una linda idea también: una locura, no sabía producir, venía de la oportunidad de Via X que tuve que lanzar a la basura luego de que intentasen censurar a un hermano. Y un hermano es un hermano. La familia es la familia.

Con ese acuerdo, del que no cobré, le pagaba a mi equipo. La pasé mal. Tuve que presionar pausa en la U. Nunca volví. Volví a otras de profesor. Eso es lo más increíble: adquirir experiencias, escuché a gente buena que me dio una mano, pasé muchas noches sin dormir y engordé comiendo mal para poder tener otra oportunidad, otra oportunidad y otra, hasta que llegue aquí. No paro de trabajar hasta hoy de lunes a domingo. Te admito que tengo el mismo miedo de todos: que nos echen de todos lados en cualquier momento. Pero creo que tengo algo que aprendí: hay que tener ideas, filosofía, pensar. Inviertan en eso en sus hijos: sáquenlos de paseo, conversen con ellos, ámenlos. No los vuelvan esclavos de los resultados. No los vuelvan por favor los mejores alumnos. Eso es perder el tiempo: es ganar ego. Impulsen sus talentos. 

Y llegué aquí a escribirte que me da una pena enorme ver a quienes hacen el camino correcto, el que sí corresponde, inundados por el clasismo, la violencia, la desigualdad. Te confieso que me hubiese encantado entrar a una universidad pública y grande. Y quedarme estudiando y aprender más. Hay días en que pienso volver a la U. Sé que estoy obligado a hacerlo afuera, sin que me miren ni me juzguen por quien soy. Nunca pedí en mi paso por la universidad una ventaja, porque me sentí siempre mal de tenerla. Y quiero que mis hijos estudien con los otros, con los distintos a ellos. Eso construye algo más grande que todo.

Tengo mucha pena de la gente que cree que la desigualdad es un número, y te discursea de la “excelencia”.

Chicos: la excelencia sirve, pero no es todo. La excelencia es amar lo que uno hace, y ese es el proceso. No el resultado.

Llamo a que si podemos dar un paso, desde esa clase media de la que fui (y seré siempre, como la tarde en que gane un APES y volví a mi barrio, para no volverme una mierda) es dejar la competencia. Y pasar a incentivar la creación de comunidad. Esa misma que existe en la miseria, donde todos se ayudan en un país donde el racismo, el clasismo, el daño siempre va por todos.

Quiero creer en un país mejor, nada más. Para eso, la desigualdad es el desafio. Pero eso es un cambio cultural. Si puedo ayudar con mi testimonio y mi espacio, es lo que tengo. Tú puedes ayudar con tu conocimiento, compromiso, solución, crítica. Ganemos a todo esto, tenemos el tiempo a favor. No tengamos miedo. La desigualdad más grande es matar la esperanza de ser mejores personas.

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