Columna de Rodrigo Severin Larraín: Manucio, Precursor de Steve Jobs

Por Rodrigo Severin Larraín :Diletante en materias literarias, filosóficas, ajedrecísticas, matemáticas y físicas. Escritor peregrino y director de cine profesional. 

Aldo Manucio falleció el 6 de febrero y medio milenio atrás, esto es, el 1515. ¿Qué hizo este personaje? ¿Quién fue? Me enteré hace poco y me resultó muy interesabte valorar su relación con la venerada personalidad de Steve Jobs y el casi indifirenciado vínculo editorial que comparten.

Esta relación y la valoración de la industria editorial que tienen en común se me hizo manifiesta cuando leí una aserción sobre Jobs de un periodista del New Yorker (Gladwell): “La sensibilidad de Jobs era editorial, no inventiva. Su don estaba en tomar lo que estaba frente a él y refinarlo sin piedad”.

En efecto, Aldo Manucio, es considerado el primer editor literario de la historia, o sea, el padre de la industria, por decirlo de alguna manera. Gutenberg ya había inventado la imprenta, alrededor del año 1440 y Manucio al poco tiempo ideó un uso revolucionario del invento, motivado por la necesidad imperativa que su sensibilidad le proporcionó para entender que el gran invento tenía un potencial inmenso a la hora de masificar el conocimiento, hasta ese entonces acotado y restringido al uso de unos pocos monjes y sabios, recluidos en los monasterios. En concreto hizo aportes como inventar las ediciones en formato de libro de bolsillo, u octava. Y se propuso -con éxito- rescatar a los clásicos y realizar traducciones de multitud de grandes obras ya casi extintas por su cuantía y también por el estado de situación de las lenguas vernáculas, abandonadas en la práctica, también ya agónicas, tales como el latín, y especialmente el griego. 

Pero fue más lejos. En ese tiempo, era extremadamente poca la gente la que sabía y tenía acceso a la lectura, como señalaba, una élite que aún estaba limitada por la escasa circulación de textos fundamentales, digamos. Así, creó la industria del libro y comenzó a realizar a escala masiva, para ser distribuidos por toda Europa, series de publicaciones, que posibilitaron democratizar el conocimiento. Todo el continente tuvo acceso “libre” al conocimiento y al hábito de la lectura, y el compartir estos conocimientos abrió el debate público y contribuyó sustancialmente al progreso de las ciencias y las artes, así como al desarrollo de las comunicaciones en un nivel emergente, alterando la dinámica de las éstas y las relciones de y entre culturas y hombres.

Al igual, Steve Jobs, que ya contaba con la tecnología: el computador inventado por el genio Alan Túring, alrededor de medio siglo antes (para seguir con la analogía con la imprenta), tuvo esta visión manuciana. Comprendió que el artefacto tecnológico material, ya no el libro, como decíamos, era susceptible de producirse y distribuirese a escala masiva para la difusión del conocimiento y la dinamización revolucionaria de las formas de comunica-ción, tan naturales para nosotros hoy en día.

En suma, me dejó una reflexión y una pregunta para darles algunas vueltas: ¡Cuán fundamental nos resulta para nuestra vida cotidiana la emergencia de formatos que condicionan y alteran significativamente las formas de comunicación, sofisticando la organización social, mediante estos artefactos tecnológicos del conocimiento, con sus distintas materialidades (libro/computador), y que sin embargo se orientan a finalidades, en principio, idénticas!… Y, ¿qué forma adoptará en el futuro el nuevo artefacto que nos dejen los Manucio, los Jobs?

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