Columna de libros por Alida Mayne-Nicholls: “La casa del sordo” de Simón Pablo Espinosa

Por Alida Mayne-Nicholls

Lo primero que tienen que saber de La casa del sordo es que es una obra de teatro, creada no para ser montada (aunque, por supuesto, el montaje siempre está contemplado en una obra), sino para ser publicada. Y con esto quiero decir que muchas veces las piezas dramáticas nacionales son primero obra montada y luego texto publicado. Este no es el caso.

Lo segundo es que está escrita en décimas. No se trata, entonces, de una obra cualquiera, sino de una en que el ritmo de la acción está íntimamente unido al ritmo de la décima y su singular configuración. Porque una décima no es simplemente un texto de diez versos: hay particularidades en el número de sílabas, en la rima y en su historia de larga data. Su origen está en el siglo XVI, momento desde el cual fue derivando hacia la poesía popular. En Chile la décima es claramente popular y no por nada Leonidas Morales la llama “la estrofa de los poetas del folclore chileno”. Podemos recordar fácilmente a dos grandes exponentes. Por supuesto a Violeta Parra con esa décima que es crítica e íntima, que sale del alma. Y también a Roberto Parra y La Negra Ester. El texto de Simón Pablo Espinosa está más emparentado con Roberto que con Violeta; no porque acoja el concepto de la representación (más que el de la interpretación), sino por el tema y el ambiente.

La casa del sordo ocurre en un bar, un lugar que podemos imaginar como aquel de La Negra Ester, pero sin la euforia, la alegría o la cantidad de personajes. La casa del sordo tiene apenas cinco personajes que se mueven en un ambiente melancólico (también hay melancolía en los versos de R. Parra, pero con otro tono), en un bar que parece estar tan muerto como el cadáver en torno al cual gira la historia. 

El cadáver murió en una pelea en el bar y pareciera no estar seguro de lo que ha pasado; no es capaz de hacer la transición al otro lado, lo que se refleja en que el bar es al mismo tiempo cementerio: más que haber límites difusos, hay una transposición de espacios. En el mundo de los vivos lo lloran la madre y la novia; en realidad, ellas habitan un mundo de casi vivos, porque la muerte del hombre que tienen en común les ha quitado las ganas de seguir viviendo, lo han perdido todo. Esto puede leerse como una historia de amor truncado o como una visión tradicional de que la mujer sin un hombre al lado, ya sea hijo o pareja, no tiene más vida por delante. A pesar de eso, las dos mujeres no son personajes secundarios en la obra ni son expresados por terceros, sino que brillan por sus propias palabras.

En cuanto a las décimas, le imprimen un carácter especial a una obra más bien sencilla en su composición. Porque la melancolía del ambiente se vuelve dinámica con el ritmo de las décimas, en las que destaca, además, un lenguaje ligado a lo popular y con toques de humor. Dicho esto, debo agregar que componer en décimas es una tarea dura; los versos de La casa del sordo no serán perfectos, pero sí producen un texto interesante, que fluye y que dan ganas de que sea un proyecto de más largo aliento del autor. 

Para terminar, no quiero dejar pasar al objeto-libro. Los textos que publica La Pollera son impecables y en este caso es un pequeño lujo tener en las manos un libro tan bien cuidado, desde la elección del papel al folio de cada página, la diagramación en general que hace que la décima sobresalga y las hermosas ilustraciones de Rafael Edwards, que complementan armónicamente el tono de este libro.

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Espinosa, Simón Pablo. La casa del sordo. Santiago: La Pollera Ediciones, 2014

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