Columna de Nicolás Copano: "Chile: cambiar el imaginario"

Por Nicolás Copano

Nuestro país tiene un imaginario corrupto. A mí no me sacan la idea de que nos encanta la ventaja. Si podemos tomarlo, lo hacemos sin pensar en las consecuencias a nuestro alrededor (Dávalos, teléfono) ni siquiera interpretando las consecuencias sobre los que más queremos. Podemos tener dinero, pero queremos también controlar el Congreso y la vida social. El chileno es así: adicto al individualismo.

Confunde libertad con destrucción del colectivo. Confunde la crítica con la agresión, porque finalmente sabe que le puede tocar a él. Lo hace intencionalmente. El chileno poderoso recurre a la palabra respeto cuando se pasa por el aro a la mayoría. Porque quiere el respeto para él y los suyos, porque siente que “contribuye a una nación” por tener un número más arriba de ti. Es la cultura economista para todo: si te da crecimiento, está todo bien. Pero nunca sabemos a quién le llega el crecimiento.

Y lo más importante es él. Antes que todo, el chileno de arriba y de abajo es víctima de una cultura de “sálvate solo” donde las personas pueden terminar pagando 60 millones por medicamentos un día, culpa de un cáncer. Y hasta ahí dura todo, porque sólo podemos depender de una colecta.

Este país es tremendo por esas cosas. Es tremendo por una deformación que explotó en los 70. Por una promesa no cumplida: el esfuerzo te va a dar un lugar. Y te esfuerzas tantos años que terminas perteneciendo al grupo mayoritario de chilenos que se jubila con menos de 140.000 pesos. Algo no está funcionando.

Por eso, nos terminamos dando entre todos. Nos gusta sentir la ventaja, el estar por sobre. No nos gusta el talento ajeno y tampoco la novedad. Es tan así que incluso un grupo que debería ser mejor por default, como los universitarios, demuestra en los mechoneos un nivel de barbarie que sólo expresa ese gusto por aplastar al otro a un punto de no retorno. Somos torturadores porque fuimos torturados. Somos de una cultura del abuso, porque abusan de nosotros todo el tiempo.

Por eso, en medio de tanto desecho cultural, hay una buena noticia: ayer en el Congreso se dio un paso muy importante por el cambio del imaginario. Imaginario que tenemos que heredar a nuestros hijos como sea. Ingresó con apoyo transversal el proyecto de la Ocac, el observatorio contra el Acoso Callejero por la “ley de respeto callejero”. Un proyecto que por fin instala el respeto en el lado de la gente de a pie.
En la cultura de la agresión (y la microagresión) todos hemos sufrido acoso callejero de forma directa o indirecta a nuestras parejas, amigas, hermanas. También hombres han tenido contacto con esta expresión: faltas que buscan ser multadas hasta con 20 UTM. Esos actos que suceden en lugares públicos, que van desde imágenes sin autorizacion, y actos sin contacto físico como exhibicionismo y persecución deben ser penalizados. Los famosos “punteos”, de los que son víctimas miles de mujeres al año por parte de cobardes van por fin a ser, si el Parlamento toma la decisión que beneficia a la sociedad, por fin frenados. Ademas esto va directamente a favor de la ciudadanía: el Observatorio contra el Acoso Callejero es una entidad seria, que durante el año ha revolucionado de forma ejemplar la manera de instalar causas desde las redes, con información y una red enorme de voluntarios.

Esto, se nota en el apoyo de todas las tendencias al proyecto. En la foto que circula en redes, Karla Rubilar, Giorgio Jackson, Marcela Sabat, Gabriel Boric y Camila Vallejo aparecen junto a Maria Francisca Valenzuela, fundadora e impulsora junto a su gigantesco equipo de una causa que nos beneficia a todos y transforma ese imaginario de machismo, impulsos y violencia en una construcción nueva.

Estoy seguro de que más potenciales figuras políticas como ella y las visiones que instalaron al movimiento estudiantil en el parlamento, con gente como Vlado Mirosevic y otras voces diversas están cambiando Chile.

Hoy cuesta, por supuesto, porque hay mucho miedo y mucha gente dispuesta a ir por migajas egoístas, formadas en esa cultura.

Por ello, preferí hoy, indignado por los escándalos, poner foco a esta historia. Porque lo que hace ese equipo está desde la calle y llega a la institucionalidad. Es el nuevo país de verdad: no los simulacros, las transas, los inventos histéricos.

Es la gente buena, la gente de a pie. La que en 20 años más va a marcar la pauta del mundo. Estamos de su lado. Aguante para ellos y que aprenda un poco el resto, por favor.

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