Columna del Padre Hugo Tagle: Lluvia, incendio y ramos

Por Padre Hugo Tagle Twitter: @HugoTagle

Este próximo domingo los cristianos celebramos el Domingo de Ramos, la entrada de Jesús en Jerusalén; la última, previa a su pasión, muerte y resurrección. La gente lo recibía y saludaba con palmas y ramas de olivo. Lo reconocían como un gran profeta, como su rey. Pero ello duró poco. La misma multitud, pocos días después, pediría su muerte.

Pero, contemplemos esta fiesta: La alegría de recibir a Jesús. Las palmas son signo de gozo, de esperanza, de vida. Se repite año a año el significativo gesto entre el mundo cristiano. Es una de las fiestas más queridas en Chile, luego de Navidad. Quién no quiere tener un ramo bendito en su casa. Ellos son signo de esperanza, verdes, algunos en trenzas muy trabajados y bonitos.

Y seguro es eso, entre tanta tragedia, lo que necesitamos fortalecer: la esperanza y signos de vida. Hemos vivido semanas de muchas tragedias naturales y humanas. Incendios en el sur y en Valparaíso; inundaciones en el norte; amago de irrupción volcánica; sequía en casi siete regiones de Chile. Y, más allá de la cordillera, las crueles persecuciones a cristianos por el Estado islámico y la sangría en varios países africanos.

Pero las calamidades de nuestra copia feliz del Edén agotan nuestra capacidad de pensar. Han dejado en evidencia la precariedad en que viven tantos; la debilidad de nuestra infraestructura vial, construcciones y comunicaciones ¡Incluso la impotencia al ver que no nos ponemos de acuerdo en el cómo combatir estos siniestros!

La humillante pobreza en que viven miles de compatriotas nuestros queda al desnudo tras una llamarada, un torrente de agua o unos meses de sequía. Cuando pensábamos que habíamos superado un problema, estalla otro. La naturaleza no nos deja tranquilos. Y no nos dejará nunca en paz.

Lidiaremos con una naturaleza que, por una parte, es amable y generosa, pero, por otra, puede ser hostil y veleidosa. Ella nos recuerda con claridad dos cosas: nuestra gran dependencia de un Dios que nos quiere y que tiene el timón de la barca de nuestras vidas y que nos necesitamos unos a otros;  que son más las cosas que nos unen que las que nos dividen; que no hay que perder tiempo en discusiones estériles, sino arremangarse las mangas y ponerse a trabajar por el hermano que sufre, ese al que se le quemó la casa, la perdió en la inundación o se la llevó el río. Las tragedias naturales obligan a ser humildes, a pensar más en el que sufre y recordar que tenemos sólo esta vida para tenderles una mano.
El tiempo cuaresmal nos invitó a ser solidarios y a acercarnos más a Dios a los que somos creyentes.

Pero la primera invitación vale para todos. Somos un país pequeño, en el que las tragedias se sienten con mayor fuerza por lo mismo. De ahí que debemos vivir con un sentimiento de urgencia, de buscar el bien del otro. Lo que usted deja de hacer por quien sufre, no lo hará nadie. Recuérdelo.
Que el Domingo de Ramos renueve nuestra esperanza, nuestro amor a la vida, a Dios, a los hermanos. Que el ramo de olivo o la palma que se lleve a casa le traiga bendición y paz.

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