Columna de Magdalena Piñera: Los costos de la fiebre reformista

Por Magdalena Piñera / Profesora

Suele decirse que la vida humana es frágil porque una enfermedad o un accidente pueden borrar de un plumazo la normalidad cotidiana. Sin embargo, ocurre lo mismo con  los países. Hace un año, Chile era un país que crecía en torno al 5%, que creaba buenos empleos con mejores remuneraciones y que mantenía controlada la inflación, todo ello dentro del marco de una prolongada estabilidad institucional, fruto de una serie de políticas públicas y acuerdos nacionales alcanzados a lo largo de casi 25 años de democracia. Lamentablemente, hoy pareciera que vivimos en un país diferente. La economía se encuentra estancada, el crecimiento es mínimo, igual que la creación de empleos, la inversión se ha detenido y -lo peor de todo- estamos en medio de una aguda crisis de confianza institucional que ha remecido hasta los cimientos de un país cuya Presidenta es reprobada por el doble de chilenos que la apoyan.

¿Qué pasó? ¿Cómo retrocedimos tanto en tan poco tiempo? Sin duda la Reforma Tributaria es una de las principales causas del deterioro de la economía. Aunque distintas  voces advirtieron reiteradamente sobre los efectos nocivos que tendría esta alza de impuestos, el Gobierno continuó adelante con su agenda. Lo mismo hizo con su Reforma Educacional, sembrando el temor y la incertidumbre en miles de familias.

En mayo del año  pasado, monseñor Alejandro Goic manifestó públicamente su preocupación por el “frenesí legislativo” en el que estaba empeñado el Gobierno. En aquella oportunidad, Goic llamó al Ejecutivo a hacer los cambios anunciados con “espíritu de diálogo y de encuentro”. Sin embargo no fue escuchado.

Durante el 2014 pareciera que el lema fue “gobernar es reformar” olvidando que la tarea de gobernar no se limita a ejecutar las medidas de un programa electoral sino que consiste, fundamentalmente, en liderar a una nación hacia el desarrollo con paz y justicia.   

Las reformas -que tanto le importaban al Gobierno- fueron finalmente aprobadas por la mayoría parlamentaria oficialista y el caso Penta le dio la oportunidad de golpear durante meses a la oposición y, al mismo tiempo, la ocasión para moralizar sobre los conflictos entre el dinero y la política, advirtiendo majaderamente que los ilícitos investigados debían resolverse sólo en los tribunales. Pero todo cambió. El caso Dávalos-Caval  hizo que La Moneda reemplazara el discurso ético por un dramático llamado a terminar con la “caza de brujas” y las especulaciones frente a filtraciones judiciales. No obstante, resulta difícil que alguien atienda ahora el llamado de la autoridad. Por largo tiempo el gobierno tomó palco ante la seguidilla de trascendidos y rumores emanados del Caso Penta. Hoy, cuando algunos de sus integrantes se encuentran involucrados en situaciones análogas, alza la voz para intervenir, pero ya es demasiado tarde, su autoridad en la materia está debilitada y, por tanto, carece de suficiente liderazgo y credibilidad.

Cuando gobernar es reformar, no hay espacio para el diálogo, ni tiempo para otras leyes que no sean las propias. Por eso, durante prácticamente todo el año 2014 se mantuvo congelado el proyecto de ley de Fortalecimiento del Sistema Nacional de Protección Civil, enviado al Congreso por el anterior Gobierno, en marzo de 2011, y que había sido ya aprobado en primer trámite en la Cámara de Diputados. De haberse aprobado esta iniciativa hoy tendríamos una Agencia Nacional de Protección Civil, que habría reemplazado a la actual cuestionada Onemi; además un Consejo Nacional y Comités de Protección Civil; Comités de Operación de Emergencia; y una Red de Monitoreo Sísmico Nacional.

 Es decir, una nueva institucionalidad que, tal vez, habría permitido enfrentar de mejor forma la terrible catástrofe humana y material que sufren nuestros compatriotas del norte de Chile.

Los chilenos, especialmente los más vulnerables, están pagando –en distintos ámbitos- un precio muy alto por el frenesí de reformas del Gobierno. Es tiempo de abandonar la política de la retroexcavadora y de superar la fiebre refundacional para retomar la política de los acuerdos y de la sensatez. Esa misma política que quizás a algunos les parezca poco emocionante pero que hizo posible que Chile llegara a convertirse en  aquel país que recordábamos al comienzo de estas líneas: un país pujante y dinámico que abría, cada vez más, oportunidades de trabajo y educación para mejorar la vida de los chilenos.

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