Columna de libros por Alida Mayne-Nicholls: “Milagro en Haití” de Rafael Gumucio

Carmen Prado es una mujer difícil. “Ese es el problema, usted siempre hace lo que se le ocurre. Por eso la gente se arranca de usted, por eso le tienen miedo, porque no respeta nada, hace lo que quiere cuando quiere y que el resto del mundo se aguante” (231).

Elodie, la cocinera haitiana, ha hecho un perfil exacto: Carmen Prado hace lo que quiere y porque quiere, sin escuchar razones ni opiniones ni consejos; sin tomar en cuenta peligros ni, por lo menos, el sentido común. Por eso, en parte, está desvariando en una camilla de una clínica abandonada y repoblada por chiméres en medio de una revolución en la isla tropical.

Carmen Prado desafiando a los demás desde su fiebre podría ser un hueso duro de roer. Pero una sabe que las personas no son planas, que pueden ser queribles y odiables al mismo tiempo. Lo difícil, pareciera, es lograr que los personajes sean así. Y ahí tiene una a Carmen Prado, una chilena que se siente sin tierra ni nacionalidad; casada una y otra vez, pero que no se siente atada a nadie; madre de tres hijos con quienes su relación es, por lo general, áspera. Es deslenguada, políticamente incorrecta (o incorrectísima, si me permiten el uso), clasista y racista en un momento y al otro, no. Tal vez esa suerte de candidez –aunque ardiente– sea parte de su encanto o, sencillamente, lo bien construida que está como personaje, al ser consistentemente contradictoria.

Carmen Prado es la esposa del embajador danés en Haití y despierta de la anestesia de una cirugía plástica en medio del caos: todos han huido, excepto Elodie, la única que quiso cuidarla. Ciertamente Carmen es la protagonista, porque hace girar la historia, porque cuenta su historia; pero no sería lo mismo sin Elodie, la atea que quisiera creer, la santa que se cree malvada. El relato compuesto por Rafael Gumucio es una corriente de la conciencia, en que los pensamientos y desvaríos de Carmen Prado más que fluir, se atropellan, se lanzan con pasión.

La narración en primera persona se entreteje con el relato de un narrador externo, que va complementando lo que Carmen habla. Así es como en una misma oración encontramos que la primera persona muta orgánicamente a una tercera persona. El recurso no es forzado, sino que fluye. A esto hay que agregarle una tercera voz, la de Elodie, porque el monólogo de Carmen Prado se convierte luego en diálogo. Dueña de casa y cocinera se increparán y se cuidarán al mismo tiempo; se irán sacando sus historias y al conocer a la otra –a atreverse a mirar a otra que no sea sí misma, y digo esto especialmente por Carmen Prado-, se conocerán a ellas también, dando lugar a una verdadera aventura, en que apenas traspasarán los límites de la clínica por algunas páginas.

Anécdotas hay muchas en este texto, rápido de leer, coherente en su fluir de conciencias, entretenido, bien pensado y ejecutado. Celebro que haya dos figuras femeninas en los roles protagónicos y que haya un esfuerzo real para no crear mujeres maqueteadas, objetos, puestas allí para el despliegue de los personajes masculinos; todo lo contrario, ellas brillan por su propia presencia y dan cuenta de lo que es capaz de hacer el lenguaje y la palabra; porque, si bien todos los libros se constituyen desde la palabra, en este las palabras que se van interconectando a través de los distintos personajes y enunciaciones, son realmente protagónicos.

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Gumucio, Rafael. Milagro en Haití. Santiago: Literatura Random House, 2015.

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