¿A qué huele una sala de cine XXX?

Por ESTEFANÍA REYES CALDAS

Huele a lavanda, a húmedo y a desinfectante barato. También huele a nicotina vieja, pero ese es un olor que solo los fumadores pueden identificar. En la actualidad no se permite fumar dentro del Teatro Esmeralda Pussycat, uno de los últimos teatros de cine porno que quedan en el centro de Bogotá.

La entrada de “El Pussycat”, carrera séptima con calle 24, como es conocido, se esconde tras una reja metálica de color marrón. Su símbolo característico es una gatita sensual en ligueros y como cualquier cine, exhibe su cartelera de películas en las paredes que anteceden la taquilla.

En esta tarde se proyectará ‘La bella y la bestia’. No, no se confunda, en este caso, a diferencia del clásico de Disney, las canciones y los bailes se reemplazan por los gemidos, los elaborados vestidos por trajes de cuero y el castillo, por un cuarto de motel. Aunque eso sí, las dos historias terminan en un ‘final feliz’.

Los asistentes son mayormente hombres de más de 50 años, vestidos con trajes de paño gastados por el uso. De diez curiosos que se acercan para apreciar la cartelera de películas, solo uno reúne el valor, o las ganas, para llegar hasta la taquilla y pagar los 7000 pesos que cuesta la entrada.

A los hombres les dan indicaciones para ingresar al primer piso de la sala de cine, mientras que las parejas y mujeres que van solas las dirigen al segundo piso.

Dentro del teatro se encuentra una pequeña tienda que ofrece gaseosa, cerveza, paquetes de papas y un mini sex shop. Allí se promocionan los potenciadores sexuales y los vibradores, que van desde los aceites a 5000 pesos, hasta los consoladores triples a los 130000. Al lado de este se hallan los baños de “Adan” y “Eva”.

Usted pensará que “Adan” y “Eva” son desaseados, pero la verdad es que son como cualquier baño, la única diferencia es que, al igual que el resto del teatro, estos están decorados con aerografías y oleos de hombres y mujeres desnudos. A ellas las recibe un John Travolta muy joven, desnudo y en una posición sugestiva, mientras que a los ‘Adanes’, una Michelle Pfeiffer con las piernas abiertas les da la bienvenida.

Para llegar al segundo piso del teatro es necesario subir por unas escaleras de madera que ya han perdido todo rastro de barniz a causa de los millones de espectadores que las han transitado, desde hace más de 30 años cuando este teatro exhibía cine familiar.

Al final de la escalera hay dos puertas. La primera, a la derecha, es pequeña y da paso a las cabinas individuales para aquellos que desean más privacidad, solos o acompañados de su pareja. Es un lugar sombrío, los cubículos son enchapados en madera y hay muy poco espacio entre uno y otro. La segunda puerta, mucho más grande, recibe a los cinéfilos con una oscuridad implacable.

Es imposible ver algo diferente a la pantalla. Entre los gemidos de la actriz porno, que logran que usted no deje de mirar, se puede distinguir el “cuchicheo” de una pareja que se encuentra cerca de la entrada. El olor a desinfectante de lavanda se vuelve penetrante y es imperante utilizar el tacto para no terminar sentado encima de otro espectador emocionado.

Hay cerca de 200 sillas en este piso, todas de madera, tapizadas con cuero sintético verde. La película que se está proyectando no es vieja, se puede saber porque los protagonistas del filme se encuentran completamente depilados.

“Mira, a mí me gusta eso”, le dice una señora de apróximamente 40 años al hombre que la acompaña, mientras en la pantalla se observa una escena de sexo oral. Se ríen un rato y se besan apasionadamente al mismo ritmo de la película. El placer puede ser fingido en la pantalla, pero a escasas dos sillas de distancia se vive una escena real.

Empieza el momento de la felación en el filme. El hombre, bien dotado, recibe sexo oral de la rubia con senos de silicona y como si se tratará de un video instructivo de aeróbicos, la pareja espectadora imita la acción de la pantalla gigante. Rápidamente la cabeza de la señora del público   desaparece y los gemidos de placer del hombre atlético de la pantalla se entremezclan con los del señor de más de 50 años que se encuentra en la sala.

La película termina y empieza otra, en esta ocasión el filme tiene más luz y hace posible ver más detalles del teatro. La sala de proyección ya no se usa, fue reemplazada por un videobeam que se ubica en la baranda del segundo piso, razón por la cual aunque las películas son digitales, la resolución no es muy buena. En el piso a mi derecha hay un condón usado, a la izquierda un vaso y el envoltorio de una colombina. La pareja se para repentinamente y se van agarrados de la mano, ninguno voltea a mirar cuando salen, solo se van.

La sala queda vacía, por lo que es posible husmear por el balcón para ver la acción del primer piso. En la escena hay cuatro hombres, tres de ellos sentados en extremos opuestos del teatro y uno, un hombre de más de 70 años, camina constantemente por la sala mirando a los demás.

Como en cualquier película pornográfica, los protagonistas intercambian dos o tres frases y empieza el sexo desenfrenado. Los hombres en el primer piso suben sus piernas en las sillas de adelante, uno se desabotona la chaqueta de paño azul y se masturba con naturalidad, con la misma tranquilidad con la que otro espectador, al lado opuesto del cine, juega con una lata de cerveza mientras come papas de pollo.

La película se torna monótona. Me levanté y salí de la sala. Al bajar las escaleras conversé un poco con la señora que atendía el pequeño sex-shop, me contó que al siguiente día habría una función para parejas, “esperamos entre 20 y 40 parejitas, la esperamos”, sonreí y le respondí que su propuesta era interesante. Un hombre de 60 años, con inconfundible tufo a cerveza, le preguntó a la vendedora por pastillas para conseguir una erección, mientras ella le explicaba el producto me miró de abajo hacia arriba con deseo, mientras se remojaba los labios. Me despedí y salí del lugar. Preferí dejarlo con la rubia voluptuosa de la película.

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