Columna de Alida Mayne-Nicholls: "Hombres sin mujeres" de Haruki Murakami

Por Alida Mayne-Nicholls

Hace unos días leía mi ejemplar de Hombres sin mujeres en el metro. Un vecino de asiento bastante conversador me preguntó acerca del título. Antes de poder contestarle algo, siguió hablando y me di cuenta de que él había pensado que se trataba de una especie de libro de autoayuda, así que decidió a darme su punto de vista: los hombres sin mujeres son nada.

Este título con olor a autoconocimiento es, de hecho, el mismo que utilizó Ernest Hemingway para nombrar una colección de relatos en 1927, Men without Women. Pero mientras Hemingway reunió catorce relatos, el libro del japonés Haruki Murakami contiene la mitad: siete relatos. Y no son de autoayuda, aunque muchos de los hombres en torno a los cuales giran los cuentos necesiten alguna clase de ayuda, pero no de la que viene de los manuales, sino más bien de la experiencia, en el sentido de aprender a tomar decisiones propias, en vez de dejar que el mundo las tome por ellos.

Es cierto que los hombres de estos cuentos no tienen mujeres, pero no porque hayan sido abandonados por ellas –si bien eso es efectivo en un par de casos–. He visto varios comentarios que hacen hincapié en la circunstancia de ser hombres abandonados por las mujeres, como si se tratara de personajes-víctimas. Pero creo que va más allá, tal vez hasta el hecho de que ningún hombre “tiene” una mujer.

Los personajes de Murakami están por su cuenta, están solos; y en ese sentido están –o son– “sin mujeres”: aunque hayan estado casados, con novias o estén rodeados de mujeres o tengan sexo con ellas; todos estos hombres se han dado cuenta de que están solos. Como Kitaru del cuento “Yesterday”, quien ha decidido dejar de ver a su novia –sin dejar de ser novios- mientras se prepara para los exámenes de admisión a la universidad. De más está decir que esta condición de ronin –como es llamado en Japón y que en nuestro contexto sería la de un eterno alumno de preuniversitario– que prolonga hasta el extremo va unida a la condición de estar sin una mujer.

Estos cuentos, sin embargo, no son solo sobre hombres, sino también sobre mujeres: independientes, que tienen toda una vida que estos hombres apenas vislumbran: como la chofer en “Drive my car” o la cuidadora en “Sherezade”. Pero los cuentos no tienen únicamente un componente genérico ni tampoco son historias sexuales, aunque sí hay muchísimo sexo en sus páginas. Los cuentos son bastante diferentes entre sí y hay algunos más destacados que otros. El ya mencionado “Yesterday” es uno de ellos. El texto ya había aparecido en The New Yorker, pero sus personajes están bien construidos y se observa esa mezcla cultural tan atractiva que se da en Murakami, como lo muestra este excéntrico Kitaru que propone su propia letra para el clásico de los Beatles no en el japonés de Tokio, sino en un dialecto que él aprendió por su cuenta hasta la perfección.

Un tono semejante es el que arma en “Kino”, en que el bar con jazz clásico se cruza con mitología. Más allá de eso, destaco una cierta visión parcial que proveen los narradores: nunca sabemos todo, muchas veces no hay explicaciones ni cierres, sino un continuo estado de perplejidad, en que incluso lo cotidiano parece irreal; en ese contexto no es raro que el bicho raro se despierte un día sobre su espalda y no se reconozca a sí mismo: “Lo único que a duras penas comprendía era que se había convertido en un ser humano llamado Gregor Samsa” (“Samsa enamorado”). Pero hasta esa Praga en la que se levanta el Samsa de Murakami tiene un sabor ecléctico, en que se adivina Europa y Japón, Occidente y Asia.

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Murakami, Haruki. Hombres sin mujeres. Buenos Aires: Tusquets, 2015.

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