Columna de Ernesto Silva: Realismo con renuncia

Por ernesto silva

Para una de las pocas cosas que este gobierno ha demostrado habilidad, es para la creación de eslóganes. La semana pasada estrenó uno nuevo: “Realismo sin renuncia”. Dos conceptos marcaron la discusión del largo consejo de gabinete.
El primero: el sinceramiento de la Presidenta, que ha sido catalogado por algunos miembros del gabinete como un acto de “extraordinaria valentía”.
El segundo: el concepto de “realismo sin renuncia”, que representa el respeto al programa original de gobierno.
Pero si unimos los dos conceptos, podríamos trazar un paralelo con alguien que sincera una dolencia. Por ejemplo, alguien que dice: “El Transantiago no funciona”, pero a continuación, bajo el segundo concepto, el de realismo sin renuncia, completa la oración diciendo: “Pero igual vamos a seguir adelante con el sistema”.
Como dijo un amigo mío la semana pasada, es lo mismo que decir: “Tengo cáncer al pulmón, pero no voy a dejar de fumar”.
Por lo tanto, si uno analiza lo dicho por la Presidenta, podría decir que tiene poco de sinceramiento y nada de realismo. Y definitivamente, muy pocas intenciones de cambiar. El sinceramiento de la Presidenta se centra en la idea de señalar que no podrán cumplir con todo lo que se había propuesto, pero junto con señalar esto, plantea la Presidenta que su mensaje es un realismo sin renuncia.
A mi juicio, esto implica dos opciones: o no ser realista por no reconocer que sus reformas eran malas; o una nueva forma de realismo que consiste en no reconocer la realidad e insiste en mantener el camino equivocado.
¿Qué es ser realista? Ser realista es reconocer que la reforma educacional se hizo mal y se aplicó mal. Reconocer que la reforma tributaria no la pagaban los más ricos, sino la clase media, y que no era verdad que no afectaba el crecimiento y el empleo, sino todo lo contrario, que producía efectos muy negativos para el país. Reconocer que los dirigentes de los profesores y de ciertos grupos de estudiantes no están actuando en beneficio de sus representados, sino guiados por intereses políticopartidistas. En fin, reconocer que ha sido el programa de gobierno y la forma de implementarlo el gran responsable de lo que está viviendo Chile hoy.
Ahora bien, ¿qué habría sido lo realista de hacer por parte de la Presidenta, más allá de graduar los tiempos, jerarquizar o postergar? Lo realista habría sido señalar que está claro que las reformas Chile no las quiere como están, que está claro que las reformas han perjudicado a la economía y a la clase media. Por ello, siendo realista, la Presidenta debió convocar a toda la sociedad y a los partidos políticos a reformular las reformas, y si fuera necesario, incluso a hacerlas de nuevo.
Pero no hizo eso. Su versión de realismo sin renuncia consistió en decir que no alcanza la plata, que estamos mal, pero que igual se seguirá insistiendo en las reformas. En pocas palabras, la Presidenta le dijo al país algo así como que “el Transantiago está mal, pero no lo vamos a cambiar”.
Así las cosas, este realismo sin renuncia no pasa de ser un eslogan más de este gobierno. De hecho, si uno revisa las reacciones en el oficialismo, puede ver señales de preocupación y confusión. Por una parte, la Presidenta dice que no a la asamblea constituyente, y algunos en el Partido Socialista presentan un proyecto de asamblea.
La Presidenta dice que hay que graduar las reformas, y el Partido Comunista amenaza con marchar en contra de la idea.  Sostiene que la gratuidad beneficiará sólo a los estudiantes de las universidades del Cruch y toda la oposición –a lo que se  suma la Democracia Cristiana en este caso- le dice que se trata de una discriminación arbitraria.
Mientras nos hablan de realismo sin renuncia, los profesores siguen en paro, la CUT amenaza con protestas, los estudiantes hacen lo mismo, y la economía sigue en retroceso.
Lamentablemente la Presidenta se equivocó. Su frase debió ser otra: Realismo CON Renuncia, porque para salir de la trampa en la que está el país, se necesita realismo, pero también se necesita renuncia, y esa renuncia consiste en dejar atrás el programa de gobierno y sus lamentables reformas y empezar a construir un país de futuro para todos los chilenos.

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