Columna de Copano: Internet, el final del misterio

Por nicolás copano

Periscope y Snapchat son las dos apps impresionantes de la temporada, que apelan a la explosión de la internet visual como ninguna. Instagram y Vine ya lo adelantaban, pero lo que sucede con las dos primeras es que profundizan a un punto de no retorno y hacen que nos cuestionemos el rumbo de nuestro entretenimiento.
Warhol sostuvo que todos tendríamos derecho a 15 minutos de fama pasajera. Lo que no proyectó fue la invención del smartphone que integra la cámara personal. Son días para analizar en torno a nuevos saltos tecnológicos: desde la internet de las cosas que usará el ancho de banda a tal punto que lo transformará en la nueva electricidad hasta los relatos.
Durante los últimos días he estado experimentando Snapchat, como parte de mi menú diario. Quiero entender qué es lo que tiene la “red fantasma”. Y finalmente tiene algo de morbo que además se conecta con la posibilidad del reality show. En Snapchat la compresión de datos permite que el video corra a alta velocidad, uno tras otro, en un perfil sin explicación. No hay timeline escrito. Son fragmentos que corren a través del dedo. Antes, por último teníamos de intermediario a la fecha pixelada y el click. Acá no: todo se trata de tocar. Y por eso es tan popular.
La democratización de este último, que antes necesitaba grandes estructuras, también tiene en crisis a la televisión global: esta temporada MTV ha decidido no sumar programas de telerrealidad a su parrilla. Y es que quizá nunca habíamos tenido acceso a tanta microsegmentación para encontrar una historia. Vamos a llegar a un momento donde todos expresamos todo. Es el fin del misterio. Mamá deja su opinión, papá los recuerdos de niño. Y ahí quedamos nosotros pasando hacia abajo todas las emociones acumuladas bajo el mismo paraguas. La desnudez total de nuestras almas frente a una audiencia de gente que quiere dar “me gusta” y corazones.
Periscope lleva esto a otro nivel: la cámara en vivo emite la cara de alguien que no nos interesa desde su celular en un país lejano y le podemos chatear y preguntar qué nos parece o descalificarlo. Como parte de un zapping donde somos Dios y podemos verlo todo. Incluso, lo que sucede debajo de una cama.
Muchos hablan de la censura, y yo creo que ya no existe. Lo que sí, hay diferencias culturales violentas entre los grupos humanos y cómo estos se acercan a formas de vida más o menos adecuadas dependiendo justamente del cristal con que se mire. A eso le llamamos civilidad y creemos en que existiría un gusto “bueno”. Pero las redes han quebrado también eso porque nos muestran a las personas como son: un sitio porno de modelos de alta definición marca menos que el amateur donde hay humanos. No hay fantasmas que se borran cuando se sacan el maquillaje. Y eso es tremendo y revolucionario, y a la vez inquietante y conmovedor, porque no somos capaces de procesar que estamos viviendo un momento histórico donde la desigualdad también pasa a ser un factor cultural tan decisivo como en lo económico.
En estos tiempos lo importante parece ser no tener más clicks, a lo cual cualquiera puede acceder con un momento de delirio o sorpresa o sistemática pelotudez, sino más bien, el futuro es la entidad. Y la construcción de códigos en torno a ella. Eso decantará en una nueva elite.
Estamos en momentos donde la celebridad digital reemplaza al activista online (cuestión sumamente humana por lo demás: la política fue dejada por el show) y ahí el pensar es lo que nos vuelve más humanos. Pensar es transgresor en la época donde la gente ni procesa lo que dice a una velocidad de espanto. Donde parece ser que mostrar lo que uno tiene es entregar no sólo la privacidad al otro, sino una vida más divertida. La gente pasa a ser en exterior relevante, como concursante de un programa de televisión llamado vida donde se acumula la atención para ganar grandes premios en dinero, viajes y más. El resto, se queda debajo del show y sólo contribuye a esas historias desde el aplauso, la viralización y la soledad de esperar otra foto, otro video, otro audio.
¿Qué será lo que nos lleva a buscar esa magia en el otro y no en nosotros?
Es la pregunta que separa hoy una pantalla de otra. Porque nosotros estamos dentro, atrapados en el registro de una red social donde nos aburrimos también de nosotros mismos.

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