Columna de Camilo Escalona: Las víctimas no descansan

Por Camilo Escalona

Un antiguo soldado conscripto ha develado, después de casi tres décadas, como se ejecutó el crimen de Rodrigo Rojas De Negri y las gravísimas quemaduras sufridas por Carmen Gloria Quintana, las que la tuvieron al borde de la muerte durante semanas; con ello, ha dado a conocer la verdad sobre el llamado “caso Quemados”, un acto brutal, cometido con el propósito de reprimir para quebrantar la protesta social que sacudía al régimen dictatorial, en el curso de 1986.

Esta revelación ha estremecido al país, al conocerse la fría decisión de asesinar a los manifestantes por el mando militar comprometido, y por la terrible versión que Pinochet y otros entregaron en declaraciones que desnudaron su miseria humana. A pesar del paso del tiempo, la verdad entrega alivio a las familias de las víctimas y es una reparación moral e histórica a los sufrimientos y a la integridad de esos jóvenes chilenos, cuya humanidad fue desgarrada por la locura represiva.

Asimismo, la sociedad chilena al rememorar tan intensamente los hechos, puede corroborar una vez más, que el camino de retorno a la democracia no fue un alegre paseo primaveral, sino que una lucha ardua, áspera, cruenta muchas veces, en la que el propio pueblo de Chile fue forjando un camino que posibilitara que la libertad se recuperara y que los derechos fundamentales de las personas se restablecieran, haciendo posible una convivencia en paz y sin aquellos hechos atroces que dañaron tan profundamente el alma nacional.

La dictadura no terminó porque quiso abandonar la escena con una renuncia voluntaria. Muy por el contrario, ese régimen concluyó porque su carácter represivo resultaba incompatible con la tradición chilena, y porque fue derrotado social y políticamente por las fuerzas que exigían paz, justicia y respeto a los Derechos Humanos. La democracia no fue un regalo, es una conquista de los demócratas chilenos.

La rebeldía de Rodrigo Rojas y la fortaleza que tuvo Carmen Gloria Quintana para soportar el dolor y sobrevivir, fueron expresión de una vocación arraigada de modo inquebrantable en la médula del país, de no someterse a la sumisión que pretendía el régimen y de luchar con la fuerza de la juventud y la razón libertaria que les animaba, para acabar con ese período ajeno a la voluntad democrática de la nación.
Es lamentable que esa memoria histórica tan valiosa se haya ido desdibujando y se lograran implantar dos criterios unilaterales que distorsionan gravemente la transición democrática ocurrida en Chile.

Uno de esos enfoques embellece la dictadura señalando que todo fue “el cronograma” del mismo régimen, la exaltación extrema de esta idea dice que el propio Pinochet fue el artífice del retorno a la democracia. Hace poco su último ministro del Interior, Carlos Cáceres, publicó un libro con una versión que exculpa el régimen y se autoelogia sin rubor. Omite entre otros temas decisivos, los intentos  del 5 de octubre de 1988 en la noche, tendientes a desconocer el resultado del plebiscito que obligó a las elecciones presidenciales de diciembre de 1989, las que sellaron la devolución del poder a la autoridad electa por la soberanía popular.

La otra versión que subvalora el alcance de la lucha democrática del pueblo de Chile es la idea del “transformismo”, cuyo núcleo argumentativo es que sólo hubo un cambio cosmético, que nada cambio en lo esencial y que hoy se vive bajo una dictadura disfrazada. Incluso, aunque el Estado es dirigido por una amplio bloque político que incluye desde la Democracia Cristiana al Partido Comunista, integrando a socialistas, radicales y ppds, se insiste que vivimos simplemente en una “postdictadura”. Con esa teoría sectaria se nutren los llamados ultrones y los grupos “anarcos”.

En el fondo, estas tesis confluyen en el menoscabo del proceso de reimplantación de la democracia. Se niegan a aceptar o desprecian el valor del entendimiento estratégico de un arco de fuerzas, que abarca desde el centro hasta la izquierda, comprometidas en la gobernabilidad democrática del país.

Resulta paradojal que ciertas figuras y personeros, promovidos durante años en las administraciones de la Concertación y luego encaramados en diversas y altas responsabilidades en la Nueva Mayoría, se inclinaran hacia la teoría “refundacional”, la que postula que recién ahora comienza la transformación del país.  
Afirmaciones arrogantes como la “retroexcavadora” y que no estaban para “reformistas” se asociaron, en el hecho, a las ideas que menoscaban o que, simplemente, desconocen el duro bregar que costó devolver a Chile un estado de derecho acorde a lo que es la civilización actual, ruta que definía un camino contradictorio, de avances y retrocesos, de aciertos y errores y, en ningún caso, una línea recta, constituida sólo de logros, porque la historia de una nación no ocurre de esa manera.

De qué fue una tarea imperfecta no cabe duda que lo fue. Algunos esperaron que todo se arreglara sin arriesgar ni aportar al gran esfuerzo nacional. Es cierto que también hubo “colaboracionistas” con el régimen, unos de cuello y corbata, como los jueces que negaban su deber de hacer justicia en los tribunales y otros burdos y bufonescos como el grupo que intentó inscribir, a fines de los 80, un así llamado “partido socialista chileno” que fuera títere de las últimas maniobras pinochetistas; pero nada de ello pudo detener la irrevocable voluntad democrática de la nación chilena.

Esa es la razón de fondo, por la que nunca se podrá desconocer, que desde que se bombardeó el Palacio de La Moneda, el 11 de septiembre de 1973, hasta que Patricio Aylwin se terció la banda presidencial el 11 de marzo de 1990, se registró una lucha irreconciliable entre la libertad y la opresión, que tuvo amarguras y costos, pero que logró prevalecer hasta culminar con la victoria. En esa brega, las fuerzas históricas de la izquierda y el centro políticos, no obstante sus diferencias, cumplieron un papel y fueron capaces de asumir una responsabilidad primordial.

Por eso, nutrir, cultivar y mantener una sana memoria histórica es fundamental. El crimen del “caso Quemados” desnuda el atroz afán del poder dictatorial para eternizarse. Ante esa violenta pretensión, el país fue capaz de imponer su propio camino, la vuelta a la democracia.

Ningún sacrificio fue en vano y su huella perdurara en el tiempo, para que nunca se olvide que un estado de derecho no es un regalo ni es fruto del azar; no es así, es el resultado de un proceso histórico con sus aciertos y miserias, en definitiva, expresa lo que fuimos capaces de hacer y de lograr como país, como tarea y proyecto de nación, con arrojos heroicos, como el de aquella mañana de julio de 1986, en que dos jóvenes chilenos como Rodrigo y Carmen Gloria se enfrentaron a la ira irracional de una dictadura que inútilmente trató de perpetuarse en el poder.

Las opiniones aquí expresadas no son responsabilidad de Publimetro

 

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