Columna de Nicolás Copano: Fernando Villegas, el desaliento a la víctima y la glorificación del ninguneo

Por Nicolás Copano

Carmen Gloria Quintana, al igual que Tucapel Jiménez, es víctima de una de las épocas más oscuras de nuestra historia reciente. Justamente ayer estuve con el hijo diputado de Jiménez, en la radio. En un momento muy emotivo confesó que su búsqueda de justicia había estado teñida de culpa: había gente que lo increpaba por su deseo de encontrar la verdad. Lo mismo pasa con Quintana. Lo mismo pasa con tantos que reciben un “den vuelta la página” sin poder saber dónde están los que aman. Al fin y al cabo, una nación de “Tolerancia Cero” con el otro, es un país de empatía cero.

La desafortunada intervención de Fernando Villegas la noche del domingo 26 en CHV ha dado para mucho. Desde una polémica con una librería ñuñoína hasta el debate en torno a cuál es el límite del respeto a la dignidad de quienes han sido víctima del abuso y la violencia. Entendiendo que la expresión “pasó la vieja, el país está en otra” es un parafraseo a lo que, supuestamente, la sociedad actual piensa respecto al tema.

Ahí es cuando surge la pregunta que conduce a la trampa: ¿Por qué Villegas cree que él define qué es lo que le importa y no le importa a Chile? ¿Dónde hizo la encuesta? ¿Dónde encontró a esas voces? ¿En su cabeza?

Fernando Villegas, antes que sociólogo de oficio y comunicador, es un constructor de realidad. También un objeto de museo: cuando más avanza el tiempo su discurso atrasa y sólo es consumido por quienes quieren ver el mundo arder, para que todo se ordene y quede “raso y limpio”. Villegas es un pensador de lo de siempre. Un jugador absolutamente funcional al status quo: “Soy un irreverente y transgresor porque me burlo de quienes, ilusamente, buscan justicia social”, nos dice refunfuñando, suspirando, con sus maromas e ínfulas de superado.

Su rol, practicado y elevado hasta la parodia cada noche de domingo en CHV, es la muestra de que hay una forma de irreverencia reaccionaria que por lo menos merece análisis ya que le hace mucho daño a nuestra sociedad. Porque si hay algo que se democratizó en los últimos años es ser un pesado: estamos tan enfermos en Chile que ser amable y estar en el lugar del otro lo han hecho parecer como un acto de debilidad.

Villegas es un cultor del individualismo: desde el título de sus libros como “Ruego a usted tenga la bondad de irse a la cresta”, hasta sus críticas radiales a los sueños de cambio de la juventud. Villegas -con V de violencia- no puede dejar de desalentar a las víctimas, porque al final del día hay mucho cómplice que le deposita.

Villegas es un alarde de una irreverencia que no es. Son los 90, donde ser transgresor era hablar fuerte o burlarse de alguien sin ningún contenido, como el mismo Villegas hacía en esa década, burlándose de los detenidos desaparecidos, tal como contó el periodista Mauricio Weibel.

El punto es que el contenido de no tener contenido es mantener todo igual: es el llamado al orden, al rol de siempre o de la víctima. Es decirles: quédate ahí, eso es lo que eres. No aspires a tus ilusas reivindicaciones. Y si aspiras a ellas, te vamos a ningunear porque, ¿quién eres tú para pedir justicia? ¿A quién le has ganado?

La parte de la sociedad que defiende a Villegas (incluso sin darse cuenta, como víctimas del síndrome de Estocolmo) es la misma que ha crecido bajo la fórmula del miedo y la violencia: los que viven bajo fantasmas de perder cosas: desde propiedades hasta amigos que no son sus amigos. A ellos se dirige Fernando cada mañana en ese Fox News chileno que es Radio Agricultura, en un programa que se llama “Las cosas por su nombre”, como si él fuese el iluminado que define la verdad.

El programa es adictivo: se leen mails de rumores con tono de “esto es cierto” y Cecilia Pérez, su escudera, te hace sentir que estamos en Venezuela. La misión es clara: arruinar tu día “porque todo tiene que ver con todo”. Que de pronto “todo calce” para la moral de lo simple, esa que necesita decirse: “El pobre es pobre porque es flojo”. Que el que no tiene se aguante y “se supere” como parece tan fácil para los que son desconsiderados con el otro. En esa lógica hay algunos que llegan a ser tan graciosos que se dibujan censuras y recuerdos de tiempos mejores que, en realidad, nunca fueron buenos.

Villegas es como la versión criolla de Donald Trump: juega a ser el más transgresor. Tal como Trump, el panelista de “Tolerancia Cero” de paso saca a la luz a quienes creen en sus valores y a quienes respetan (y, por tanto, también son cómplices pasivos) en su forma de ver la vida. Si tienes libertad de expresión y, aún más, una tribuna, aprende a usarla como un adulto: hoy cualquiera puede lanzar basura por Twitter o Facebook. Se democratizó la “no empatía”. Llegó la hora de ser responsables.

Y eso no es ser fachos: es comprender el entorno y no comportarse como desconsiderados. Porque veamos el asunto como fue: Villegas le dijo una frase desafortunada a una víctima de violaciones a los derechos humanos en su cara: la desalentó. Si vas donde una víctima del 11-S en Estados Unidos o del Holocausto y le dices: “Bueno, pasó la vieja”, en cualquier lógica es parte de una desconsiderada manera de ver la realidad.

Y en general las víctimas siempre son ninguneadas por Villegas. Cuando llegan los jefes, siempre guarda silencio. Por eso, cuando lo bajaron de una librería durante horas, Villegas cobró tanto desprecio innecesario. El dueño, Gonzalo Maza, justificó su derecho “a un gesto inútil”. Y eso es lo que muchos no van a entender y es lo valioso de lo que sucedió: lo útil siempre tiene que ser en Chile a merced de algo económico, cuando hay cosas, como los valores o las formas de creer que realmente no tienen precio. Para todo lo demás: Fernando Villegas.

Las opiniones expresadas aquí no son responsabilidad de Publimetro

 

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