Columna de Nicolás Copano: El secuestro de la dignidad

Por Nicolás Copano

Siempre caemos. Nos hacen la trampa. Debe ser porque somos buenas personas. Debe ser porque pagamos nuestros impuestos. Debe ser porque no abusamos de nadie. Caemos. Caemos en la trampa: prendemos la radio y los pastores que leen titulares te hacen creer que estás en Afganistán. Caemos en un periodismo que no levanta ideas, sino que confirma prejuicios. Y los prejuicios generalmente no son ciertos: son atajos en nuestros mapas mentales para intentar que no pensemos.

Por eso, nos comemos toda la basura que nos venden. Nos roban, y es cierto. Y a nadie le gusta, pero nadie se pregunta qué motiva a que un tipo arriesgue la vida por un objeto, porque si él tiene la posibilidad de hacernos daño, nosotros, si fuésemos tan carentes de valores como los que hacen eso, tambien. Y es que ese tipo arriesga la vida por un objeto ¿para qué? Para que su vida siga siendo de miseria. Porque tal vez un día nos quite algo, pero los que somos decentes, la mayoría de los chilenos, los que trabajamos, podemos recuperarlo.

¿Se puede recuperar la dignidad?

Es muy difícil hacerlo. Es una sensación que se pega al cuerpo cuando la rebajamos, ya sea por plata o por amor o por algo que no controlamos. No se puede. De eso no se regresa.

Y tampoco se regresa si nos igualamos a eso. Si validamos que nos mientan como un placebo gastando millones para instalar un globito con cámara HD y con eso “están haciendo algo por nosotros”. No, no están haciendo nada. Tampoco está haciéndose mucho si de pronto dejamos de hablar de la desigualdad, porque “hay que enfrentar la urgencia”. Porque al fin y al cabo el gran problema que está cruzando en este país de punta a punta no es sólo “la desigualdad del bolsillo”. No, no, es la desigualdad cultural, es la desigualdad de las oportunidades para ser mejores e imaginar.

Y hay mucho cómplice de eso. Muchos que se ponen el traje de estar en contra no lo están, porque temen que otros tomen sus lugares, porque siempre están compitiendo.

Qué miserable es ver gente que en un momento pensaba distinto transformarse en lo que más odian, sólo por temor a perder el aplauso de un grupo de personas que realmente no los quieren, sólo los usan para ir y ganar más. Y es muy triste porque al final pelear para cambiar las cosas es muy bonito y muy válido. Y si te acomodas y les “das lo que quieren” para dejar de ser tú, incluso a los que te pagan con billetes que van a acabar, no les haces un favor.

Muchos se dedican a sobarles la espalda a los que más tienen porque creen que así son igual a ellos y en realidad son unos estafadores insufribles: sicólogos chantamánicos, expertos en cosas que no son expertos que van y y dicen “lo estás haciendo bien” cuando lo estás haciendo mal.

Si yo les diese un consejo a los que tienen, les sugeriría que dejaran de comprar tanta paranoia para reafirmar sus mundos, porque en un momento el mal va a ser tan grande que no van a poder mantener, por culpa de tanto daño cognitivo, sus imperios. Y está pasando. No te pueden negar que muchos políticos que defienden sus intereses no saben hablar, o funcionan como mayordomos.

Eso es realmente lo más penoso.

Es penoso ver que incluso se ocupan tecnologías completas para tratar de sobar lomos. El “secuestro virtual” del otro día fue lamentable, porque al fin y al cabo los medios no trataron de ayudar a esa familia: le trataron de reafirmar el error y los volvieron un meme. Otro meme de internet. Otro chiste. Y yo estoy seguro de que esa familia sufrió mucho, pero a nadie realmente, como en toda esta sociedad individualista y absurda, le importa, los usan. Los usan otra vez y los tiran. Ahora, admitamos que por lo menos los usan, hay otros que sólo los tiran. Como las niñas de Alto Hospicio que no fueron valoradas de la misma forma. Y no es culpa de las niñas ni de la familia del secuestro virtual. No, no, es culpa de nuestro clasismo, de nuestra cultura de desprecio por el otro que hace que nos estemos metiendo miedo por todos lados. Es culpa del daño de muchos tipos muy enfermos y malos de verdad, que creyeron que podían fomentar “un mundo libre” en el cual las ataduras enfermas del desprecio para “ganar”, que en realidad es endeudarse hasta ser un esclavo para responderle a un ente que nunca ves, nunca te hacen libre.

Los libres de verdad son los que pueden seguir creyendo en los cambios. Y son hoy los menos, según muchas encuestas, pero yo creo que la gente no es tonta.

No pueden subestimar a este país tanto. Eso es el horror. Esa es la nueva tortura.

Las opiniones expresadas aquí no son responsabilidad de Publimetro

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