Columna de Beatriz Sánchez: Lo colectivo, lo sospechoso

Por beatriz sánchez

¿Qué está en juego cuando se anuncian reformas? ¿Qué está en juego a la hora de buscar una mejor educación? ¿Qué se juega con la idea de sindicatos más fuertes? ¿Por qué nos atrae la idea de plebiscitos? ¿Por qué hay tantos que rechazan el concepto de una Asamblea Constituyente?

Yo respondo. Porque existe un profundo miedo a que nosotros, la ciudadanía, la sociedad civil, la masa, la gente o la calle (como ustedes quieran), nos organicemos. Existe mucho temor a una ciudadanía informada, que encuentre una manera vinculante de ser tomada en cuenta. Hay miedo a que pensemos qué queremos de la vida y cómo lo queremos. Hay temor de dar explicaciones.

El temor tiene que ver con el poder. Con perder el poder que se maneja.

Hoy y desde siempre en Chile, existe un grupo pequeño, muy homogéneo, que vive en los mismos barrios, estudia en los mismos colegios, habla de la misma manera, se viste parecido, viaja a los mismos lugares y se encuentra en el mismo trabajo. Son ellos los que tienen el poder, todo el poder, que manejan exclusivamente.

Nos dicen una y otra vez que podemos cambiar esta estructura, votando en las elecciones cada dos años… ¿podemos realmente? ¿Podemos pretender que con el solo voto para elegir autoridades ejerzamos ciudadanía, expresemos lo que sentimos, participemos en establecer las reglas sociales?

Vamos a la realidad de Chile. El 50% de los trabajadores gana hasta 260 mil pesos líquidos mensuales. Cómo esperamos que ese trabajador o trabajadora, que apenas puede sobrevivir cada mes, que viaja en transporte público, que de acuerdo a las estadísticas vive lejos de donde trabaja, piense además en un ideal de país. Que participe haciendo ciudadanía. Que se junte en su unidad vecinal para discutir lo que pasa en su barrio y exigirle a su alcalde.

Qué podemos esperar de un salario mínimo que está fijado por debajo de la línea de la pobreza. Donde el trabajo de sueldo mínimo no alcanza para salir de la condición de pobreza.

Ese sueldo, esa vida, es una forma de control. Es un desincentivo permanente a hacer país. Es la fórmula para mantener el statu quo. Es el ideal para mantenernos callados en nuestros trabajos y en nuestras casas. Es perfecto para no alcanzar a cuestionarse nada. “Hay que agachar el moño, nomás”, “es que puedo perder la pega”, “reclama pa’ callao”.

¿Cuál es el temor profundo a una mayor sindicalización, que pretende (mínimamente) la reforma laboral? ¿Qué pasa si hay algo más de equilibrio en los trabajos entre los empleadores y los empleados? ¿Qué pasa si realmente equiparamos la cancha y es sólo el mérito y el esfuerzo el que provoque los cambios? ¿Qué pasa si somos nosotros, directamente, los que a través de un plebiscito votamos por leyes que cambien estructuras? ¿Qué pasa si organizamos una Asamblea Constituyente y hacemos la Constitución que nosotros queremos?

Todo esto nos lleva a un colectivo, que es mucho más que la fuerza individual. Todo esto nos lleva a la comunidad de personas. En lo colectivo se piensa y discute el trabajo y lo que queremos de él (al interior, por ejemplo, de un sindicato); en comunidad se mejora el entorno, podemos hablar de lo que buscamos de una escuela y qué estudiantes queremos para nuestro país; en colectivo se hace política; colectivamente hay fuerza y presión.

Por eso hablar de lo “colectivo” hoy está depreciado. Hablar de “comunitario” se vuelve sospechoso. Nos quieren convencer que sólo el esfuerzo individual posibilitará cambios sociales, cuando estos son colectivos. Ahí está el peligro de hacer reformas que nos permitan reconstruir una sociedad civil plena. Porque significa perder poder y reconocer que nosotros podemos tomar también decisiones.

 Y los que tienen el poder, los que siempre lo han tenido, darán la pelea para no perderlo.

Las opiniones expresadas aquí no son responsabilidad de Publimetro

 

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