Columna de Nicolás Fuenzalida: Personas que crean

Por Nicolás Fuenzalida P.

¿Qué tipo de personas necesita el Chile de hoy? ¿Qué es lo que caracteriza de verdad a los que están liderando los temas de solidaridad? Es la pregunta que rondaba mi cabeza mientras despedía a otra valiente chilena que parte indefinidamente a trabajar como voluntaria en una pequeña comunidad del África Oriental. Esas preguntas se mezclan con varios cuestionamientos que nos han surgido, y que incluso cuestionan si debiéramos estar haciendo lo que hacemos.

En efecto, en el camino que llevamos trabajando en proyectos de cooperación para el desarrollo, muchos nos han preguntado por qué nos preocupamos de localidades tan alejadas, olvidadas y tan difícil de mejorar. Usualmente yo daba la misma respuesta: porque podemos, porque debemos y porque queremos. Podemos, porque ya somos un país con cierto crecimiento y con personas altamente capaces, vamos hacia arriba y somos capaces de cruzar las fronteras para ayudar. Debemos, porque en un mundo globalizado no podemos hacer vista gorda con lo que sucede más allá de nuestras fronteras. Y queremos, simplemente porque nos mueve una vocación social profunda, difícil de explicar, pero que nos moviliza constantemente.

Ha pasado el tiempo y siento que estas tres explicaciones quedan cortas. ¿Basta el querer, el poder y el deber para seguir luchando en una sociedad donde a ratos la justicia se transforma en una lucha por empates y el sentido de solidaridad colectiva surge sólo ante catástrofes naturales? ¿Existe esperanza de trabajar por algo, cuando por antojo de unos cuantos se ha destituido la confianza en prácticamente todas las instituciones de nuestro país? ¿Tiene sentido seguir intentando mejorar las condiciones sociales en un país que pareciera sólo trasladar las inequidades de un sector a otro?

No somos pocos los que seguimos luchando por un Chile (una América, un África, o donde usted elija) mejor. Pero mi intuición me dice que la razón de fondo que nos hace insistir en la justicia y la solidaridad no es porque podemos, ni porque debemos. Ni siquiera porque queremos. Sino porque creemos.

Por cliché que pueda sonar para muchos, es la fe la que nos mueve. Fe en que lo que hacemos tiene sentido. En que sacar del círculo de la pobreza a una sola familia genera un movimiento tectónico para toda su comunidad y que el aporte de cada individuo, por pequeño que parezca, desata una red estructural de solidaridad que ninguna crisis de confianza o escándalo público puede frenar.

Necesitamos más personas que tengan fe en que existen personas confiables en política, personas de foco social entre los economistas, diálogo y tolerancia en el mundo religioso. Ahí está la confianza (que etimológicamente significa con fe, confides) que a porrazos hemos perdido.

Pero ¿qué es tener fe en el Chile de hoy? ¿Es cerrar los ojos e ilusamente esperar a que las cosas cambien? Ciertamente no. La verdadera fe requiere obras, colaboración, oídos para los que nos rodean, “patas” en el barro e iniciativa transformadora. Los verdaderos creyentes son aquellos políticos, economistas, educadores, sacerdotes, vendedores, hombres y mujeres que no cesan de trabajar por el Chile que sueñan. Creer es crear.

Si vamos a dar el salto de fe definitivo, necesitamos a esos creyentes, los que están dispuestos a dejar sus egos y carreras en función de crear algo más grande. Necesitamos más gente que de verdad crea que la pobreza es el mayor escándalo de nuestros tiempos y que debe acabar. Y que depende de nosotros que suceda.

Por eso, no necesitamos personas que puedan, deban o quieran. Chile (y el mundo) necesita personas que crean.

Las opiniones expresadas aquí no son responsabilidad de Publimetro

 

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