Columna de Felipe Avello: 1998, el zarpazo del puma

Por felipe avello

Cuando me acuerdo, todavía siento el golpe seco, palma abierta, en toda la cabeza. Ni siquiera me di cuenta quién fue el enojado pasajero que a las 8 am me pegó. No sabía que cuando se abre la puerta del Metro hay que esperar a que la gente se baje, y que después uno se sube. No conocía ese código, había andado en Metro pocas veces.

Vivía en una pensión, pero sólo tenía derecho a dormir, ducharme y ocupar la cocina; el problema era que no tenía qué cocinarme.

Abría el refrigerador sólo para chequear que el pastel de papas, todavía estuviera ahí; en plato de greda, las pasas y las aceitunas asomándose, dorado en los bordes, las papas en perfecta combinación con el pino, la carne molida, los huevos de campo, todo bañado en leche tibia; el pastel de papas era, es y será mi plato favorito. Pero ese platillo no era para mí. La señora de la pensión nos pasaba su refrigerador a los pensionistas (un estudiante de diseño de Rancagua, con depresión; un caballero mayor, no me acuerdo en qué trabajaba, muy solo, y un joven que sufría de poliomielitis, pero muy alegre) para que refrigeráramos nuestra margarina, nuestras láminas de queso, nuestras bolsas de leche, pero no para que nos comiéramos su comida.

Tenía tanta hambre, la noche anterior me había tomado tres tazas de té, y había visto tele ( Teve condoro), no había comido nada más en las siguientes 24 horas.

Tenía tanta hambre que ya casi no tenía hambre; ideal si hubiera estado haciendo dieta; lo malo que con 1 metro 73 de estatura y 61 kilos de peso, lo que menos necesitaba era hacer dieta.

Era el tercer día que veía el pastel; ni la vieja ni el hijo, dueño de una tienda de ropa de cuero del Apumanque, se habían comido el pastel de papas.

 El hijo de la señora era un poco mayor que yo y llegaba todas las noches cansado y con hambre de su trabajo, lo sé porque lo comentaba apenas llegaba a la casa: “Vengo con hambruna”, le decía a su mamá.

Yo los escuchaba desde mi pieza.

Esa noche abrí el refrigerador sólo para ver que seguía ahí, dorado en los bordes, las papas en perfecta combinación con el pino, la carne molida, los huevos de campo, todo bañado en leche tibia.

¿Por qué todavía no se lo comen? ¿Estará malo? Pero si huele tan rico; no había visto que tenía merkén; más rico aún.

Vieja acaparadora y egoísta, por qué no te comes tu pastel de una vez por todas y me dejas de atormentar. Y tú, gordo fleto, ¿no tenías tanta hambre?

No lo pensé dos veces, ni siquiera lo pensé; en un momento sólo pude ser testigo involuntario del movimiento de mi mano derecha, que de un zarpazo arremetió contra el pastel de papas.

Sólo pude ver, con estupor, como la mano, mi mano, convertida en garra, desprendía un trozo grande del pastel y lo depositaba en mi boca.

Mmm, tan rico como se veía: dorado en los bordes, las papas en perfecta combinación con el pino, la carne molida, los huevos de campo, todo bañado en leche tibia. Sólo que ahora no estaba en el plato, sino que bajando delicioso por mis intestinos.

Reaccioné de inmediato, con sumo cuidado, tomé un cuchillo y un tenedor, y con precisión, recompuse la forma del pastel con todo lo que mi garra no se había alcanzado a llevar. Y quedó casi igual.

Al día siguiente me subí al Metro y pasó lo que conté al principio.

Las opiniones expresadas aquí no son responsabilidad de Publimetro

 

Contenido Patrocinado
Loading...
Revisa el siguiente artículo