Niños chilenos en deuda: juegan 6 mil horas menos de lo recomendado

Según las estimaciones de la docente, tanto dentro como fuera del colegio, un niño chileno juega en promedio 8.760 horas hasta los siete años: 2.190 horas entre los 0 y 2 años, 4.380 horas entre los 3 y 5 años, y 2.190 horas entre los 6 y 7 años.

Por publimetro

Jugar con tierra o tocar una babosa, son sencillas experiencias con el sentido del tacto que ayudan desde pequeños a establecer límites y de acuerdo con el estudio realizado por Hartmut Wedekind, director científico del Centro de Investigación Infantil Helleum de la Universidad Alice Salomón (Alemania), los pequeños de nuestro país estarían en deuda. 

Según los datos de Wedekind que este domingo reproduce “La Tercera” los niños deben jugar 15 mil horas hasta su séptimo año de vida. 

En el caso de Chile, la profesora Ilia García, que realizó estudios de especialización en la universidad donde trabaja Wedekind, explica que estamos lejos. El déficit sería de 6 mil horas.

Según las estimaciones de la docente, tanto dentro como fuera del colegio, un niño chileno juega en promedio 8.760 horas hasta los siete años: 2.190 horas entre los 0 y 2 años, 4.380 horas entre los 3 y 5 años, y 2.190 horas entre los 6 y 7 años, datos que incluyen las actividades realizadas con dispositivos móviles, sobre los cuáles existe controversia sobre su uso. 

La profesra García dice que la falta de juego es resultado de una sociedad muy competitiva, centrada en las estadísticas, donde hay un énfasis en lo puramente cognitivo. 

“El enfoque está puesto en lograr que ellos aprendan a escribir o leer lo antes posible. Se buscan resultados que se puedan medir, dejando de lado lo más importante”, dice García, quien en 1995 fundó Seigard, un innovador emprendimiento a través del cual promueve el juego en las escuelas, y que en abril pasado organizó el primer encuentro internacional sobre su uso pedagógico.

Quien concuerda con esta mirada es el neurobiólogo Pablo Lois, quien cree que en las escuelas se frena la posibilidad de desarrollar actividades lúdicas. 

“Lo único que el niño quiere es aprender, todo es un misterio, un enigma. Si tiene hermanos más grandes tiene ansiedad por ir al colegio porque cree que ahí va a aprender, hasta que llega el primer día de clases y ahí no quiere aprender nunca más, o sea, en un día borramos lo que la naturaleza hizo en millones de años de evolución”, ironiza Lois. 

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