El trabajo jesuita por la integración de la comunidad haitiana

Siguiendo el ejemplo de San Alberto Hurtado. La comunidad jesuita ha trabajado codo a codo con los inmigrantes de Haití para ayudarlos construir un futuro en Chile.

Por Fabiola Romo

Miles de haitianos han llegado al país en busca de mejores oportunidades. Sin embargo, no ha sido fácil para estos inmigrantes integrarse en la sociedad chilena. Por eso, conforme manda la vocación, los jesuitas han estado apoyándolos, especialmente en Santiago que es donde se concentra el mayor número de haitianos.

“Nuestro trabajo es promover el contacto con los chilenos para evitar la formación de guetos, hacemos un proceso de integración social”, cuenta el sacerdote Juan Diego Galaz, que incluso hace misas en creole para acercar a Dios a los haitianos, cuyo idioma aprendió en el Amazonas.

Son muchas las barreras que deben derribar los inmigrantes que llegan a Chile. No conocen a nadie, muchos no tienen su documentación al día y, lo más difícil, no hablan español. Para ayudar a estas personas nació el Servicio Jesuita a Migrantes, que acompaña y defiende quienes migran en situación de vulnerabilidad.

En la población Los Nogales de Estación Central los jesuitas ofrecen clases de español y espacios de capacitación, para que los haitianos puedan acceder a puestos de trabajo; se les enseñan las leyes laborales chilenas, para que aprendan a conocer sus derechos; y se les presta apoyo jurídico, para que puedan regularizar sus documentos.

Algunos buscan apoyo ocasional, como cuando necesitan hacer algún trámite y otros precisan ayuda permanente, como es el caso de quienes necesitan aprender nuestro idioma. Ante cualquier requerimiento, ahí están los jesuitas tendiéndoles la mano. Los puntos de encuentro espiritual son las parroquias La Santa Cruz y Jesús Obrero de Estación Central.

¿Qué atrae a los haitianos a Chile? “Es un país ordenado, donde existe una cultura de acogida. En general, esa expectativa se satisface porque Santiago es muy distinto a Puerto Príncipe. Aunque el idioma los limita mucho y como son negros, no está la costumbre de verlos, pero hay una disposición de humanidad. A veces aparece el racismo, lo mismo que se da cuando hay mapuches. Pero al final, la humanidad se impone”, afirma Galaz.

Así, pese a estar alejados del cálido clima de Haití, que difiere radicalmente de los fríos inviernos de Santiago, los haitianos encuentran calor en esa mano amiga que les tiende la comunidad jesuita.

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