Columna de Joel Poblete: "Él me nombró Malala", documental en deuda

Por joel poblete

Aunque ya hace mucho que su rol a nivel de expresión artística y plataforma de reflexión y análisis sobre las más diversas temáticas está asentado en la cultura mundial, la cartelera chilena siempre está en deuda con los documentales.

Si bien los festivales y muestras de cine locales permiten estar al día con los títulos más recientes y elogiados, es raro que estos lleguen a estrenarse en salas comerciales, y cuando eso sucede lo que se está haciendo cada vez más habitual es que sea sólo por uno o dos días y en una sola cadena de multisalas, como por ejemplo ocurrió recientemente con la estremecedora “Amy”, de Asif Kapadia.

Y si llegan a quedarse por más tiempo, es exclusivamente en el circuito de salas de arte, como pasa a veces con cineastas como Wim Wenders, de quien actualmente aún se exhibe la hermosa “La sal de la tierra”.

Pero a pesar del prestigio o los premios, ni pensar en ver estrenados en multisalas los largometrajes de Herzog o Joshua Oppenheimer, los que sólo apreciamos en pantalla grande en instancias como Fidodocs; al menos en el apartado chileno, el programa Miradoc está impulsando una notable difusión de nuevos documentales locales a lo largo del país, el más reciente de ellos “Chicago Boys”, actualmente en cartelera.

Por eso, siempre será buena noticia que un documental extranjero llegue a un circuito más masivo, como ocurre ahora con “Él me nombró Malala”. El problema es que no está a la altura de las circunstancias.

En 2006 el realizador estadounidense Davis Guggenheim llamó la atención internacional gracias a “Una verdad incómoda”, ganadora del Oscar como mejor documental, un premio que recibió más que nada por su temática, centrada en la amenaza del calentamiento global a partir de la campaña de Al Gore.

Luego seguirían trabajos como “It Might Get Loud” y en 2010 “Waiting for Superman”, y ya sea con la ecología, la música o la educación, Guggenheim siempre logra dar que hablar con sus documentales, aunque más allá de los temas que toca, en lo estrictamente cinematográfico su aporte no sea demasiado relevante.

Justamente eso ocurre en este caso, con este filme centrado en Malala Yousafzai, la joven estudiante y activista pakistaní que denunciaba en un blog los abusos del régimen talibán, quien saltó a la fama mundial en 2012 cuando le dispararon en un atentado, y cuya lucha por la libertad de enseñanza incluso la llevó a ganar el Nobel de la Paz 2014.

Porque si bien el personaje que aborda y la realidad que simboliza son muy importantes, en lo formal como documental es tremendamente convencional y hasta podría confundirse perfectamente con un especial televisivo, tiene escaso vuelo y espesor -desde la forma en que se desarrolla hasta cómo está subrayado emocionalmente por la predecible música de Thomas Newman- e incluso se llega a hacer monótono, pese a que dura menos de una hora y media.

Considerando que habitualmente no se estrenan buenos documentales en cartelera comercial, es algo decepcionante que sí lleguen producciones como ésta, por mucho que su mensaje sea valioso y merezca ser difundido.

“La voz en off”
En su tercer largometraje, estrenado mundialmente el año pasado en los festivales de Toronto y San Sebastián -en este último como parte de la competencia oficial-, el director Cristián Jiménez vuelve a escoger Valdivia y sus atractivas locaciones para ambientar otra historia que entrecruza las relaciones sentimentales y personales de sus personajes con observaciones sobre algunos rasgos reconocibles en la sociedad chilena. Como en “Ilusiones ópticas” y “Bonsái”, la mirada de Jiménez, que lo distingue entre los realizadores de su generación, opta por un acercamiento frío y distanciado, donde siempre está presente una suerte de humor absurdo, que ni divierte demasiado ni tampoco cautiva como sí ocurre con producciones europeas o estadounidenses que abordan un tono similar. El elenco incluye a algunos buenos actores a los que no se les saca suficiente partido, tal vez por la dirección o simplemente porque a pesar de los diálogos ágiles y fluidos, sus roles no son demasiado interesantes ni permiten que el espectador empatice con ellos, o que al menos le interese lo que les pasa.

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