Columna de Lily Pérez: Colusión política; el pánico a la competencia

Para muchos, la palabra colusión es relativamente nueva. Este término no había tomado mayor relevancia en la sociedad chilena sino hasta el año 2008, cuando el caso de las empresas farmacéuticas coludidas hizo noticia nacional. Con el pasar de los años, se fueron sumando causas similares, como la de los pollos, navieras y recientemente el cartel del confort, por nombrar algunos.

Sin embargo, la colusión económica no es la única que hay. Existe otro tipo, que funciona bajo la misma lógica y secretismo. Una que afecta a todos por igual y pretende, de misma forma que su “hermana económica” mantener el poder entre algunos a costa del resto, la colusión política.

El fenómeno es simple; partidos antiguos y tradicionales (de ambos lados) se unen de manera privada o secreta para, independiente de sus ideales u opiniones de sus militantes, tomar decisiones en conjunto para mantener el statu quo y eliminar por completo la competencia.

Decisiones como, por ejemplo, trabar las propuestas de la comisión Engel para mantener así un binominal por secretaría. Binominal encubierto, que por su parte, es la expresión máxima de colusión.

Temas como el refichaje de sus militantes o el miedo a que las regiones saquen la voz son compartidos y enfrentados con muchísima fuerza, independiente si se está a la izquierda o a la derecha. Los que en el papel (o los panfletos) son rivales, pasan a ser mejores amigos, desplazando a los intereses de las personas a una posición relegada, casi en el olvido.

La inconsecuencia, por lo tanto, es gigantesca. Quienes sancionan y rasgan vestiduras con la colusión económica son los mismos que defienden con uñas y dientes la colusión política, con la diferencia que lo primero lo hacen frente a cámaras, micrófonos y diarios, mientras que lo segundo entre cuatro paredes y varios candados.

Duele, la verdad es que duele  mucho. El descrédito que sufre la política derivado de estos actos ilegales e inmorales es gigantesco. Por culpa de algunos que tienen pesadillas con la competencia, caemos todos quienes siempre nos hemos regido por el respeto a las leyes y la vocación de servicio.

La defensa corporativa ha sido altísima, acarreando por ende a todos quienes estamos en el Congreso. Esto, no sólo es una falta a la verdad enorme, sino que un daño generalizado a toda la actividad política que se ve manchada por casos que unos intentan mantener.

Pero si bien duele y sinceramente da mucha rabia, está en cada uno analizar el panorama y somos algunos los que preferimos ver esto como una oportunidad de cambio. Existimos quienes sabemos que la gente es capaz de descifrar quiénes son los que le tienen miedo al cambio y a la competencia, y quiénes somos los que queremos poner un fin a los abusos, colusiones e irregularidades.

Sabemos que las personas ven la diferencia entre quienes proponemos cárcel efectiva para los coludidos y quienes siguen diciendo que “hay que esperar que la justicia actúe”.

Mi mensaje por lo tanto es para todas y todos los que quieren un país donde sus destinos políticos no están determinados por interpretaciones legales, un binominal por secretaría o acuerdos entre cuatro paredes.

Para todos los que creen que la competencia viene a entregar nuevas oportunidades, nuevos aires y a poner fin a los males que hace tanto se arrastran. Para ellos mi llamado es a la participación. Ya no es hora de preocuparse, sino que de ocuparse por el futuro de nuestro país. Está en todos dejar que lo que hoy es una vergonzosa noticia, quede en el pasado.

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