Columna de Rodrigo Severín: Pedrito y el lobo al revés

Cuando la verdad sale a la luz y se nos aparece prístina, estando en juego nuestros afectos,  sentimos, con mayor o menor intensidad, que ocurre un fenómeno casi fisiológico, como de alivio instantáneo, mal que nos pese, así como de un cierto sentido reivindicativo en no pocas ocasiones. Y surgen espontáneas emociones de distinta naturaleza. Y luego viene el entendimiento y el juicio (válido o no.) El sistema gástrico se alivia.

No obstante, la insensibilización generalizada por el raudo acontecer de nuestro ritmo vital prevalece, y el olvido aceita el carril que nos lleva vertiginosamente sobre el tren de la frivolidad, hacia un futuro ciertamente ridículo. No nos hacemos cargo de ella más que superficialmente a fin de cuentas y, quizá,  sea porque cuando se democratiza la percepción pareciera que decae el entendimiento.

No sé por qué se me vinieron los matinales a la cabeza, acechando allí, en el momento ideal, cuando la guardia está baja y deambulamos como zombies, arrastrando las chalupas del embobamiento y la torpeza.

Sin embargo, la mentira que nos afecta, siempre produce irritación; y cuánto mayor el desengaño si unos muchos nos percatamos simultáneamente del conjuro de unos otros pocos.

La historia de Pedrito y el lobo me resulta paradigmática y paradojal para el sentido común: atrofiado el de todos ya. Nos deja, desde mi óptica, una moraleja más nefasta que esa “superficial” que nos pretenden enseñar los educadores de la moral, a saber, que la gente quiere o prefiere creer más bien en las mentiras, que no en la verdad, a nivel subconsciente, se entiende. El peligro radica en que de acuerdo a los sicoanalistas, éste vendría siendo el motor que orienta nuestra voluntad…

Este hallazgo se me presentó al corroborar que la fabulación en la que me hallaba sumido era una suerte de Pedrito y el lobo al revés.

En la pesadilla, decía la verdad sistemáticamente, pero todos se negaban a creerme, hasta que un día me di cuenta de que el crédito destinado a mí por la comunidad emanaba de su sed perversa de escuchar mentiras verosímiles, para mayor el morbo. Antes, siempre que hablé, recibía miradas suspicaces, veía los codazos y las risillas detrás de una manita nerviosona. En cambio, el día del experimento de la mentira fui vitoreado; incluso gané posición en la sociedad.

Al despertar transpiraba, y constaté turbado y con profundo alivio, que por virtud de una especie de proyección identificativa, yo no era mi alter ego, el protagonista de la pesadilla, sino que un enemigo de mí mismo, un alienígena que devoraba desde mis entrañas su interior.

Concluí que al vulgo se nos hace muy difícil, sino imposible, creer en mentiras con nuestro sistema de creencias, porque la verdad no está constituida para sustentar su tolerancia en el desengaño. La gente dispone sus grandes orejas para la dulce lisonja de la falacia; la verdad le produce náuseas.

El matinal del sueño fue esta semana. Después de despertar, dudando ya de todo, me encontré con un  doodle que anunciaba el día mundial del retrete. Como amanecí con la tripa revuelta, fui a depositar mi obra de la mañana mientras leía la historia del W.C. Me levanto y petrificado observo que se me había acabado el papel confort. La pesadilla se me había adelantado.

Las opiniones expresadas aquí no son responsabilidad de Publimetro